imagen de www.culturandalucia.com
Érase una vez una ciudad muy hermosa. Sus calles eran estrechas y empinadas, y presumía de sus antiguos y preciosos palacios. Miraba hacia el mar en el estuario del río Tajo. Se sentía orgullosa de contar con el puente Vasco da Gama, el más largo de Europa, con sus 18 kms. La habían construido sobre siete colinas, formadas por antiguos volcanes.
En un pueblecito cercano, a cinco kilómetros de la gran ciudad, en un lugar verde y lleno de árboles, vivía Flor, una niña muy alegre y traviesa.
Aquel día había salido al campo a dar un paseo.Le gustaba tener siempre un jarrón lleno de flores frescas en su casa. Hacía un día primaveral: los almendros la saludaban al pasar, abrían sus flores y se cubrían con ellas como si fuera una túnica de nieve. El prado era una explosión de colores.
Flor se agachaba a recoger amapolas, margaritas y violetas; las avejas revoloteaban a su lado, protestando porque ella les impedía recoger el polen para hacer la miel.
Pero al llegar la tarde, el día cambió súbitamente y se puso tormentoso y oscuro. Una nube negra entró por el océano y cubrió el cielo, alcanzando en seguida la ciudad. El viento se levantó muy fuerte y azotaba sin piedad a la niña, tumbándola en el suelo y esparciendo su ramo de flores, que salió volando y se perdió a lo lejos.
La niña quiso levantarse y entonces lo vio:
Era un ser gigantesco; tenía puesta una máscara que ocultaba su rostro deforme. Tres agujeros señalaban el lugar de los ojos, que eran redondos y despedían llamaradas de fuego, y su boca, una hendidura sanguinolenta y baboseante. Iba montado en un caballo negro, vestido también de negro, con su capa manchada de sangre ondeando al viento.
La niña, asustada, echó a correr dando gritos; el caballo la seguía relinchando y levantando sus patas delanteras para aplastarla. Entre los relámpagos y los truenos se escuchaba la fuerte risa del monstruo,"¡Ja,ja,ja,ja! Soy el dios del Terror", decía, blandiendo en la mano una espada ancha y curvada.
La niña, agotada, no pudo más y cayó al suelo. A lo lejos, el “Puente del 25 de Abril” se perdía entre la niebla. El jinete se inclinó a un lado, la aferró por un brazo, tiró de ella y la puso delante de él en su montura. Entonces espoleó a su caballo y éste voló por el aire, cruzó valles y montañas, dejando atrás Sintra sumida en las tinieblas.
Llegaron a la colina de Monsanto, antiguo volcán, y el monstruo se apeó de su montura, cogió a Flor en sus brazos y entró por un viejo y oscuro crater. Caminó con ella en brazos varios metros en la oscuridad.
De pronto se encendió la luz. Estaban en el interior de un salón grande, como el de un palacio. Al fondo había un trono precioso y dorado; grandes cortinajes adornaban las paredes, y todo el suelo estaba cubierto por una gran alfombra persa. En medio de la sala había una enorme cama cubierta con sábanas de seda color rosa. El monstruo depositó muy despacio a Flor en ella y le dijo que no tuviera miedo que él entraría en su cuepo sin hacerle daño. Y comenzó a acariciarla y a darle besos…
A Flor le daba asco sentir sus babosos labios y su rasposa lengua rozando su piel. Y comenzó a chillar. El monstruo le dijo: “No temas, niña, ya te dejo.No tengo prisas. Hasta mañana”. Y se fue.
La niña buscó por la cueva y encontró una gran cocina llena de toda clase de productos, y vio una estantería repleta de objetos raros: cuchillos, alambiques, platos, balanzas, un bote de veneno de vibora, otro de escorpiones, otro de avejas; otro de setas, de frutas… Había botes de matarratas.
Y Flor recordó lo que había leído en el cuento de
Cogió el bote de veneno de víbora y se untó en el vientre, los senos, la cara y las nalgas: todos los lugares que el monstruo había besado o lamido antes. Y luego se acostó en la cama.
Al día siguiente regresó el ser monstruoso, se acercó a ella y acarició su cara, la besó y lamió; luego se arrodilló y comenzó a oler, besar y lamer todo su cuerpo. De pronto se levantó un poco mareado, y salió a la calle a respirar hasta el día siguiente.
Flor se untó de nuevo el cuerpo con un brebaje donde mezcló el mismo veneno del día anterior con el de setas y escorpiones, y se acostó a esperar a ver qué sucedía.
Cuando llegó el monstruo parecía muy cansado, pues arrastraba los pies y caminaba con su cuerpo encorvado. Se arrodilló y comenzó a acariciarla y tocarla como siempre: lamía todo su cuerpo, acariciaba con sus zarpas sus genitales, mordía sus juveniles senos y besaba sus mejillas. De pronto se levantó y se puso en pie mareado, no se mantenía derecho, se tambaleaba, dio dos pasos atrás y cayó de espaldas. La niña corrió hasta la cocina, cogió un cuchillo grande y se lo clavó en el pecho. Cuando se quedó quieto, Flor le quitó la máscara y se asustó al verlo: era horrible, aquello no era un rostro sino una masa deforme con una llaga en lugar de boca.
En la frente llevaba grabado un nombre: Cáncer.
La niña se lavó muy bien para quitarse el veneno del cuerpo, pero su piel también había absorbido un poco y ella también se sentía débil. Comenzó a correr mucho y a dar saltos para entrar en calor y sudar. Y cada vez que sudaba, el veneno salía de sus poros, y Flor se metía en la ducha y lo eliminaba.
Poco a poco su cuerpo quedó limpio y fue recuperando su lozanía y belleza. Al fin salió de la cueva y admiró la gran ciudad abajo, junto al río, con sus dos puentes cruzando
Flor aún está convaleciente; pero es feliz porque siendo una persona tan frágil y tan débil, ha vencido al monstruo.





























