sábado, diciembre 31, 2005

MI VIAJE A RONDA




Ronda es una ciudad preciosa, toda ella está invadida por los turistas. Su economía gira en torno de éstos y sus calles están plagadas de comercios para recibirlos: museos, restaurantes y bares, tiendas de arte, cerámicas, ropas, muebles autóctonos, aparcamientos… Y sobre todo, el tajo: un enorme barranco que la divide en dos partes, unidas por su famosísimo puente.
Los turistas que llegan proceden de la Costa del Sol. Son dirigidos desde sus hoteles de Málaga o Marbella en cientos de autobuses fletados por las agencias de viajes, que han introducido una visita a Ronda entre las actividades de sus ociosas ofertas.
Todo está invadido por ellos, todos viven de ellos, se encarece por ellos, se cometen abusos hacia ellos que todos los sufrimos por ellos…
Ayer volví a Ronda después de cuatro meses y noté una diferencia en los precios en relación a mi anterior visita. Más caro aún. En el parque, una banda de niñatos arrojaban petardos al lado de nuestro grupo, impidiendo que escuchásemos al guía turístico. Una taza de porcelana con el nombre de la ciudad, que el verano pasado costaba 4 Euros –ya demasiado cara-, costaba ahora 5 Euros. El menú del día en el mismo sitio que comimos la última vez no sólo había aumentado, sino que la bebida, el pan y el café no entraban en dicho menú y se cobró aparte, lo que hizo que el precio aumentase un 40% sobre el anunciado en la entrada.
Todos sabemos que los museos en España ya no son gratis y hay que pagar por entrar en ellos; pero lo que no sabíamos es que se pueda llamar Museo a cualquier cosa. Ronda es una ciudad situada en medio de la Sierra que lleva su nombre, y ha sido cuna y refugio del bandolerismo andaluz. Por eso no es de extrañar que si te dan un folleto donde te indican la existencia de un museo dedicado a los bandoleros, la gente acuda. Eso hice yo, acompañado de mi familia.
El mencionado museo es una casa pequeña, en cuya puerta hay un pequeño mostrador atendido por una bonita muchacha que te pide 3 Euros por entrar y te señala un cartel donde dice que no se permite hacer fotografías ni grabaciones en el interior del museo. ¿Museo? Lo que allí se encuentra son multitud de libros, recortes de prensa, tebeos y revistas que tratan sobre los famosos bandidos que fueron utilizados como héroes en el cine y la televisión:”Pasos Largos”, José María el Tempranillo, Luís Candelas. Recordemos la serie televisiva de “Curro Jiménez”.
Unos maniquíes, vestidos con las ropas típicas de los bandoleros, y una colección de cuchillos y escopetas antiguas. Eso es todo lo que encierra el “museo”. ¿El precio de la entrada? : 3 Euros por persona, casi la misma que la de El Prado en Madrid.
Te cobran una entrada por visitar cualquier cosa: La casa del Bosco: 2 E; la plaza de toros: 6 E. El jardín del Moro otros 6, ect… Sumando solamente las cantidades pagadas por entrar en cada una de estas “maravillas” -visita que se realiza en menos de un cuarto de hora en cada sitio-, te puedes dejar los 60 Euros en menos de dos horas entrando en los diferentes lugares recomendados en los folletos turísticos.
Me acordé del cuento de “La gallina de los huevos de oro” y pensé que aquí en Ronda al final lograrán matarla. Es una lástima, porque la ciudad es bellísima.

viernes, diciembre 23, 2005

MERCEDES ES UNA AMIGA MÍA.


A mi amiga Mercedes le han hecho una entrevista que hace que me sienta honrado y orgulloso de encontrarme entre sus amigos.

Entrevista realizada por Marilyn Ventura para el Diario La Información.

MERCEDES GONZALEZ, UNA ESCRITORA FECUNDA.

Las vivencias y experiencias de la doctora Mercedes González son fuente de inspiración para cualquier generación. Sus años le han enseñado a mirar la vida desde un cristal transparente y lleno de luz.

Reside en los Estados Unidos desde hace 45 años y esto le ha permitido valorar más el país que la vio nacer. Según ella, arrastrará su patria en el alma y en sus pies todavía con­serva el rocío de esta media isla.

Desde muy niña tuvo inclinación por el arte y la literatura; sus primeros pasos en estos menesteres fueron en la pintura con el profesor Yoryi Morel, donde tuvo como com­pañero a don Guillo Pérez.

En una visita a este diario recordó con nos­talgia que su primer artículo fue publicado en LA INFORMACION hace ya más de sesenta años.
Escribió el libro "Pinceladas Folklóricas Dominicanas", el cual es una recopilación de cuentos europeos y dominicanos, canciones, juegos y refranes para niños.

También redactó "La Luna fue Testigo", y actualmente se encuentra dándole las últimas pinceladas a su novela "María Luisa", la cual se pondrá a circular en noviembre de este año.

"María Luisa, se desarrolla en Sábana Iglesia, donde frecuentaba a pasar mis vaca­ciones y allí conocí a esta joven que no quería vivir en la pobreza como sus hermanas y alrededor de esto se forman muchas situa­ciones interesantes, al final encuentra su des­tino, se casa con un médico y vive felizmente en La Florida", narró Mercedes.

La escritora es una dama bastante activa, porque además redacta cuentos semanales para la página de Astrolabio en Internet, escribe "Cosas de Mujeres", trabaja en pro­gramas de radio y televisión en la ciudad de New York con Rafael Motolío en el canal 35, donde ayuda a personas que tengan problemas de inmigración.
Pero su trabajo no sólo ha sido en la parte literaria, sino que fue voluntaria por muchos años de NUCUSANNY, una institución de los Estados Unidos que se encargaba de traer ayuda al país a personas y entidades necesi­tadas como los hospicios, los no videntes y a cientos de niños de escasos recursos.
Además, Mercedes fue madre de más de veinte niños, que quedaron a su cargo de una fundación para la cual colaboraba, y a los que tuvo que criar hasta que se hicieron profesionales universitarios.
Confiesa que su vida ha sido muy accidentada en Estados Unidos, pero a este país le debe sus cuatro tesoros, que son sus hijos: Mayra, Milagros, Francisco, María Teresa y Virginia.
Esta mujer está llena de vivencias y anécdotas. Es doctora en Farmacia, y prácticamente su vida la ha dedicado a escribir y ayudar a los más desposeídos.
En sus años mozos pintó un cuadro para el Hospital Monte Sinaí en Estados Unidos, el cual aún se conserva. Plasmó en su lienzo un juego en el parque con niños de diferentes razas.
Agradece sobremanera a Dios, quien dice le ha dado la fuerza y el talento para poder escribir lo que siente y piensa.
No quiso dejar de mencionar a la licencia­da Mary Jerez, quien es su fiel amiga y quien le ayuda en las correcciones de sus obras y artículos.
Mercedes es de esas dominicanas que un buen día salen de su país a buscar un mejor futuro, pero que siempre han puesto en alto nuestra bandera y nuestras costumbres.
Tiene una gran vocación poética y un amplio potencial literario, su genio y su talento sobresalen al conversar con ella, es una mujer de muchas palabras, pero todas con una sapiencia que te ayudan a comprender más la vida.
En resumidas cuentas: Mercedes González nació en Santiago y se graduó de doctora en Farmacia en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Sus primeros cuentos fueron publicados en el periódico LA NFORMACIÓN de Santiago y en Vanguardia, de la ciudad de Pimentel.
Desde hace 45 años reside en New York, donde fue miembro del Círculo de Escritores y Poetas Santiago y se graduó de doctora en Iberoamericanos (CEPI).
Trabajó como voluntaria en Godard Education. Perteneció a la directive de Strikers Bay Community Plarining Project. Escribió artícu­los en la revista Merengue y Ahora y en el periódico La Prensa. Fue presidenta por varios años del Núcleo Cultural de Santiagueses en Nueva York.
Es pintora y poetisa y ha incursionado en el periodismo y la televisión.
Publicó un libro de cuentos: "La Luna fue Testigo" y uno de los cuentos "El Péndulo" obtuvo mención honorífica y "El Sueño de Juan" ganó un segundo premio en La Esquina de las Letras en la ciudad de Nueva York.

martes, diciembre 20, 2005

¿ADÓNDE VAS, ESPAÑA?



España. Año 2010.
Carlos se hallaba mirando un expediente en su despacho de la planta 29 de la Torre de Madrid cuando, de pronto, escuchó un ruido raro en la fachada del edificio. Vio el helicóptero parado frente a él durante unos segundos; luego, el aparato fue ascendiendo, hasta perderlo de vista sobre su cabeza. Carlos se preguntó qué estaba ocurriendo. Desde hacía unos días, notaba algo raro en la conducta de sus compañeros, que apenas le dirigían la palabra, esquivando su mirada y su compañía con pretextos torpes, inventados deprisa sobre la marcha. De pronto, un hombre enmascarado con una capucha y vestido totalmente de negro irrumpió en su despacho, dando una patada en el cristal de la ventana, que saltó hecho pedazos. Casi al mismo tiempo, escuchó unas carreras en el pasillo exterior de la oficina, seguidas de una pequeña explosión, que hizo trizas la puerta de entrada a su departamento. ¡Joder!, exclamó. Carlos se levantó rapidamente y corrió hacia el cuarto de baño. Apenas tuvo tiempo de lanzar el objeto al interior del water, cuando fue empujado bruscamente y lanzado contra la pared.
No había tenido tiempo de tirar de la cisterna y el agente del grupo especial de operaciones (GEO), sonrió al ver flotando en el agua la prueba del delito. Se puso unos guantes de látex e introdujo su mano en el receptáculo, cogió el diminuto objeto, lo miró detenidamente y sonrió diciendo:
–Ya te tenemos, de ésta no te libras.
– Eso no es mío; lo has puesto tú ahí dentro - contestó, desafiante, Carlos.
El agente le propinó un rodillazo en el bajo vientre que le hizo doblarse en dos con un gemido. Luego le puso las esposas y le empujó hacia fuera del cuarto.
– Ya veremos lo que dices cuando encontremos tu ADN en esa prueba.
– ¿Sí? ¿Podrá sacarla estando empapada de agua?-dijo Carlos, con una sonrisa irónica.
El agente le dio un puñetazo en el estómago y otro en el costado. Procuraba pegar donde no dejase marcas: no deseaba enfrentarse a una demanda judicial por el detenido. Carlos cayó al suelo hecho un ovillo. En eso llegó otro de los agentes que habían entrado por la ventana y con una sonrisa mostró un objeto, prueba irrefutable del delito.
–Lo he encontrado dentro de una carpeta de archivos, en el armario-dijo, enseñándole a su jefe la cosa que llevaba dentro de una bolsita de plástico transparente.
– ¡Perfecto!- dijo el jefe de la operación.
Al ver aquello, Carlos se desmoronó, no tenía escapatoria posible: la prueba era contundente, irrefutable, condenatoria. Pensó que todo había terminado: su vida en la comunidad, su trabajo en una importante empresa, sus amigos, su familia… Todo se había ido al carajo por no ser capaz de controlarse.
– Sí, es mío-confesó-. Pero no lo uso, lo guardaba como un recuerdo, como un objeto para coleccionistas. Dentro de unos años, tendrá un valor incalculable…
– Eso se lo cuentas al Juez. Vamos. ¡Andando!-dijo el policía, empujándole.
Todos los agentes abandonaron el despacho de Carlos, cruzaron el pasillo que comunicaba con el resto de las oficinas de la planta 29 y se dirigieron a los ascensores. Mientras esperaba la llegada del elevador, Carlos vio cómo se abrían todas las puertas de las oficinas contiguas y los empleados se asomaban para mirarle, sonriendo con cara de satisfacción por su detención. Algunos incluso aplaudieron a los agentes. Uno de los GEOS llevaba cuidadosamente en la mano la bolsita de plexiglás que contenía la prueba acusatoria: un paquete de tabaco, de la marca Ducados.


Fin


El 1 de enero de 2006 entró en vigor la Ley Contra el Tabaco en los espacios públicos y los centros de trabajo. Los bares y restaurantes tuvieron que dividir su espacio entre los fumadores y no fumadores, habilitando salones separados entre unos y otros. Las empresas no aceptaron crear salas para fumar durante las horas de trabajo y prefirieron prohibir tajantemente fumar dentro de ellas. Hubo enfrentamientos en lugares públicos entre fumadores y no fumadores; los bares no respetaban la Ley y las sanciones no parecían acobardar a nadie. El Gobierno, que ya no consideraba rentable su Monopolio de Tabacalera, al comprobar que los ingresos de éste no superaban a los gastos en sanidad pública que las enfermedades del tabaco producían, optó por endurecer las penas a los fumadores, cambiando las sanciones económicas por condenas en la cárcel.

martes, diciembre 13, 2005

HISTORIAS DE NAVIDAD



COLEGIO DEL PALACIO DE LA SAGRA. CHAPINERÍA (MADRID)
El día de Nochebuena de 1955 fue algo especial en el colegio. Por la tarde no hubo clases y asistimos a un partido de fútbol entre el equipo del pueblo y el nuestro. Al terminar el partido se entregó el trofeo por el Sr. Alcalde; después las niñas completaron la tarde con una demostración de coros y danzas populares: jotas, sevillanas, malagueñas, ect. La cena fue algo excepcional: un menú especial que culminaba con unos postres buenísimos confeccionados por las monjas del centro.
Después de cenar la madre superiora me llamó y me dijo que esa noche la misa del gallo se iba a celebrar en la capilla del colegio y no en la iglesia del pueblo, como era costumbre, y que mi compañero Anselmo y yo oficiaríamos una vez más de monaguillos en aquella ceremonia cristiana. Nos llevó hasta la sacristía y nos dio las instrucciones de todo lo que debíamos de realizar: tocar la campana de la iglesia del pueblo, mantener la bandeja en el sitio apropiado en el besa pies del Niño Jesús, ayudar a las personas mayores que no pudiesen levantarse del reclinatorio al arrodillarse para dar el beso...
Nos pusimos un traje de monaguillo de terciopelo todo blanco y preparamos las jarritas del vino y del agua para la misa (qué bueno estaba el vino del cura, una mezcla de Moscatel y Cream). Luego nos fuimos a reunirnos con el resto de escolares al salón de actos para esperar la hora de la misa cantando villancicos y acompañando con panderetas y zambombas. También se ponían dos cucharas de espaldas apretadas una contra la otra y por en medio se hacía pasar continuamente el mango de otra cuchara. Eso producía un sonido que armonizaba con las panderetas.
A las once y media de la noche los dos monaguillos salimos del colegio y entramos en la iglesia, situada al otro lado de la plaza. Braulio, el sacristán, nos estaba esperando. Una vez dentro fuimos hasta la escalera que subía hasta la torre, miramos hacia arriba por el hueco libre y cogimos cada uno una de las sogas que bajaban desde la cumbre y comenzamos a tirar con fuerza de ellas. Las cuerdas nos levantaban del suelo a cada vuelta de las campanas. No hacíamos ningún esfuerzo, la inercia del movimiento nos hacía subir y bajar durante los tres minutos que tardaba cada toque: el primero a las once y media; el segundo a las doce menos cuarto y el tercero a las doce en punto. Casi todo el pueblo acudió a la misa del colegio. Como no cabían todos abrieron las puertas de la capilla, que comunicaba con el salón de actos, y se habilitaron bancos y sillas para los asistentes.
La misa comenzó y continuó su curso en latín hasta el “Ite misa est” final. En ese momento el cura bajó hasta el reclinatorio central con el Niño Jesús en las manos, mientras el coro del colegio entonaba los villancicos.El Alcalde, don Juan, fue el primero en arrodillarse para besar los pies del Niño; luego se levantó, dejó un billete de 25 pesetas en la bandeja dorada que yo mantenía a su derecha y se fue a su asiento. Al instante se formó una fila y todos los asistentes imitaron a su Alcalde. Unos ponían un billete de cinco pesetas, otros dos, una peseta, veinte… Nadie superaba al Alcalde. Mi compañero y yo llevábamos la cuenta de quienes eran los que más habían dado: el boticario, el zapatero, el de los ultramarinos Casa Duque, los maestros del colegio público, los guardias, ect.
Una ancianita dejó un billete en la bandeja y se le cayó otro al suelo: ella no se dio cuenta y cuando se fue me agaché y lo recogí. Me lo guardé en la mano y con disimulo lo metí en el bolsillo de mi sotanita. Miré si alguien me había visto, pero todos estaban pendientes del avance de la fila. Además, la luz en donde yo estaba era escasa y sólo estaba iluminado el altar mayor con una docena de cirios. Nadie me había visto, pero los ojos del niño Jesús parecían decirme lo contrario. Me miraba fijamente, con las manos extendidas y una sonrisa en la boca. Me dio vergüenza de lo que había hecho y saqué el billete del bolsillo y lo puse en la bandeja. Entonces vi con horror que la Superiora me estaba observando y me había visto devolver el dinero. Pensé que ya estaba listo, que al día siguiente sería expulsado del centro. Me puse muy nervioso, tanto que la bandeja temblaba en mis manos. Respiré con alivio cuando la fila llegó a su fin y me pude volver de espaldas a todo el mundo: no podía sostener la mirada de la Superiora.
La misa terminó y el sacerdote cogió el cáliz y salimos los tres hacia la sacristía.Una vez dentro fuimos separando los billetes cada uno según su valor y contando las monedas. Acabado el recuento el cura le dio un duro a mi compañero y otro a mí, y nos quitamos el traje. Luego nos fuimos a nuestros dormitorios. En el reloj del pasillo pasaban algunos minutos de las dos. Todos los compañeros estaban ya acostados cuando llegamos nosotros.
Al día siguiente, cuando estábamos desayunando en el comedor, llegó la Madre Superiora y nos pidió un momento de atención. Todos callamos. Ella me dijo que me levantase y fuese a su lado; yo obedecí, muerto de miedo. Entonces dijo:
– Quiero que miréis a Juan un momento. Anoche sacó de su bolsillo el poco dinero que tenía y se lo entregó al Niño Jesús. Ese dinero se lo había dado su familia para otras cosas, sin duda, y él prefirió donarlo. Nos dio un gran ejemplo de solidaridad. Demos un aplauso a nuestro compañero. Y todos aplaudieron.
¡Yo no salía de mi asombro! Me puse muy colorado mientras todos me miraban y aplaudían, y recordé la sonrisa del Niño Santo. Parecía un milagro: ¡Apenas había nacido y ya me había perdonado! ¡Cosas de la Navidad!

¡FELICES FIESTAS NAVIDEÑAS Y AÑO NUEVO PARA TODOS USTEDES!

viernes, diciembre 02, 2005

Cuento de Navidad


Tenía poco más de diez años, y llevaba dos meses en el Centro de Acogida. Desde que llegó, tenía pesadillas y se despertaba aterrorizado cada noche; una tos persistente le sacudía dolorosamente sus pequeños y castigados bronquios. Tenía el pelo negro y rizado; su piel era oscura. Se llamaba Mohamed.
Sus padres se habían ahogado en el Estrecho, junto a otras treinta personas, al volcar la patera en la que viajaban. Fueron los guardias españoles los que rescataron al niño cuando, extenuado y a punto de perder el conocimiento, flotaba con su salvavidas de plástico en las frías aguas, no muy lejos del lugar del naufragio.
Ahora estaba acostado en un rincón de la sala y temblaba de frío bajo la única manta que le habían entregado. Se había despertado en el momento justo en que el monstruo marino iba a devorarle. Se sentó en la cama y miró hacia aquella extraña luz que iluminaba de vez en cuando la ventana. Observó que giraba continuamente, dando destellos alargados e intermitentes hacia el mar, indicándoles el camino a otros emigrantes que, como él, huían del hambre y de la miseria. Era la luz del faro de Tarifa, la misma que había guiado a la barca en la que él venía con sus padres.
Un poco antes de acostarse le habían dado un trozo de turrón y una taza de chocolate. Le habían explicado que era Nochebuena y que hacía ya muchos años, en una noche fría como aquella, otro niño nació en Belén, en un pesebre. También le dijeron que una luz alargada y brillante, como la del faro, apareció en el cielo y dirigió los pasos de unos reyes magos desde el lejano Oriente hasta la cuna del niño, donde pudieron adorarle porque, según habían visto en sus libros de magia, ese niño era Dios. Le habían dicho en el albergue que si le pedía un deseo al niño, que se llamaba Jesús, seguramente se lo concedería ¡sí, sí, seguro!, aunque él no fuese cristiano. Y Mohamed estaba pensando en qué era lo que le podía pedir ¡tenía tantas cosas en la cabeza! Lo que más deseaba era que volviesen sus padres, pero sabía que ese deseo sería muy difícil de conseguir, aun para aquel niño Jesús. Le habían dicho que La Junta de Andalucía se ocuparía de él, que le buscarían unos nuevos padres y un hogar confortable; pero Mohamed sabía que no sería lo mismo. Él no se imaginaba a una madre que no fuese la suya, con la misma cara, el mismo cariño, los mismos gestos, la misma voz... Antes del viaje sus padres hablaban entre ellos de las dificultades a las que, sin duda alguna, tendrían que enfrentarse: los abusos de avarientos patronos, quienes les obligarían a trabajar desde el amanecer hasta la puesta del sol por muy poco sueldo. El odio de los trabajadores locales hacia los inmigrantes, porque éstos les quitaban el trabajo que antes hacían ellos. También esperaban sufrir la marginación social, por ser personas de diferentes razas y costumbres. Decían sus padres que sería difícil encontrar una escuela para él en España, porque muchos padres creen que es una ofensa para ellos el hecho de que sus hijos estudien junto a los negros o los moros. Incluso hubo un lugar en el que los padres se negaron a llevar a sus hijos al colegio hasta que no se fueran los niños inmigrantes. Todo esto se lo había oído decir a sus padres unos días antes del viaje, mientras él estaba viendo la televisión. Sin duda, pensaron que él no escuchaba o no entendía lo que decían. Y recordando esto, Mohamed se asustó al pensar en la vida que le esperaba fuera de aquella casa, sin sus padres, sin ningún amigo con quien jugar y marginado en la escuela...
En el Centro de Acogida trataban de tranquilizarlo, diciéndole que el Gobierno había aprobado leyes para proteger a los niños de los malos tratos; pero Mohamed pensó que debía de haber mucho odio fuera del albergue para que alguien necesitara hacer leyes que obligasen a las personas a respetar a los niños.
No sabía qué pedirle a ese tal Jesús, ni se podía creer que tuviera tanto poder para realizar los deseos de tanta gente. Finalmente, le pidió al niño Dios, por probar, que los jefes del albergue le regalasen un perrito que veía desde su ventana deambulando por la calle. Estaba seguro de que tampoco tenía a nadie que lo quisiera. Pero tenía muchas dudas de que esto sucediera.
De pronto vio pasar a mucha gente por la calle, cantando y tocando panderetas. Y algunas personas llevaban a niños en brazos o cogidos de la mano. Mohamed se sintió muy solo y se acostó de nuevo. Y antes de dormirse, mientras millones de niños celebraban la Navidad fuera de aquella casa, Mohamed pensaba en sus padres, y se preguntaba si no hubiese sido mejor que él se hubiera ahogado junto a ellos.
Tardó mucho en dormirse, pero al final lo consiguió. Soñó que caminaba rodeado de cabras por un campo cubierto de hierba fresca y de juncos a la orilla de un riachuelo. Un poco apartada de ellos vio a su madre junto al río, lavando la ropa de la familia.
Lo despertó un extraño ruido, algo así como si alguien estuviera arañando la puerta, y el niño se asustó un poco, pero la curiosidad pudo más que él y se levantó para ver qué sucedía. Apenas había girado la llave, cuando la puerta se abrió de golpe y un perrito se abalanzó sobre él, y dando saltos trataba de lamerle la cara. Luego encontró una de sus zapatillas y con ella en la boca saltó sobre la cama y se quedó tumbado, mordisqueándola. ¡Mohamed no se podía creer lo que estaba viendo! ¡Era el mismo perro que había visto unas horas antes por la ventana! ¿Cómo había llegado hasta su habitación? ¿Quién sabía que él quería tener aquél perro?
Mohamed se sentó a su lado y comenzó a acariciarlo y a jugar con él. Entonces se acordó de lo que le habían dicho durante la cena y llegó a la conclusión de que ese niño Jesús de la Nochebuena tenía unos poderes muy güais.

FIN

Del libro “Cuentos de la Vida”. Registrado en el R.P.I. de Cádiz con el nº 5000

jueves, diciembre 01, 2005

NAVIDAD, DULCE NAVIDAD.


Faltaban unas horas para la Nochebuena.Las luces del escaparate de la tienda más importante de la ciudad destacaban sobre el alumbrado de la calle; el interior de las grandes vitrinas estaba lleno de juguetes y regalos; una música pegadiza se escuchaba por los altavoces, situados en la cornisa que cubría totalmente la acera a todo lo largo del escaparate.Sobre ella, con letras grandes e iluminadas, se leía: ¡Feliz Navidad!
La canción navideña, acompañada de campanillas, panderetas y zambombas, se escuchaba en toda la calle:

¡Parrampín, parrampín parrampíaaaaa!
¡Parrampín, parrampín parrampánnnnn!
Que en Belén, con José y María
Hay un niño en el portal…

En un lado, junto a la entrada del establecimiento, una estrella de luces atraía a los paseantes hacia un Belén viviente: José le daba paja al burro; María amamantaba al niño Jesús, que movía las manitas nervioso porque, quizás, la leche de la madre no llegaba con la cantidad que él deseaba.Frente al cristal del escaparate, varios padres con sus hijos miraban sonrientes y emocionados la escena. Entre ellos estaba Laura, una niña de ocho años, que cogida de la mano de su madre sonreía y señalaba al niño Jesús, que pataleaba cuando se le escapaba el pezón del seno de María.
De pronto, un niño de diez años, de tez oscura, vestido con un chándal del Real Madrid y con un ramo de claveles rojos en la mano, se acercó a la niña y le dijo:
– ¿Tú comprar uno? Sólo me quedar este ramo para me poder ir a casa con padres.
La niña lo miró; vio como temblaba de frío; tenía las manos moradas y los labios cortados por el viento glacial que soplaba en aquella calle. Laura sacó un pequeño monedero de su bolsillo y le dio un Euro al niño a cambio de una flor. El chico le dio las gracias y se fue a ofrecerle otro clavel a una señora que estaba mirando sola el Belén; pero ésta le dijo que no quería nada. El chico continuó ofreciendo sus flores a otras personas por la acera.
– Mamá– dijo la Laura –: ese chico no puede irse a su casa hasta que no venda todas las flores. Aún le quedan muchas… ¿Tú puedes comprarle algunas más para que él pueda celebrar también la nochebuena con su familia?
Y la madre, enternecida por el corazón tan bueno de su niñita, llama al chico y le compra el ramo de claveles. El niño miró a la niña y a la madre, y les dijo:
-¡Muchas gracias, muchas!
–Feliz navidad- le dijo la niña.
Madre e hija se fueron caminando hacia su casa, contentas de haber hecho una buena obra: esa noche el niño también cantaría villancicos al lado de su familia.
Los altavoces continuaban proclamando la música del villancico. Antes de volver la esquina, Laura se volvió para ver por última vez las luces de la tienda, justo en el momento que un hombre grande y fuerte, de unos cuarenta años, le arreaba un tortazo al niño, que se cubría la cabeza con los brazos, y le obligaba a coger en sus manos otro ramo de claveles. La niña tiró del brazo de su madre, mientras un grito se le escapó de la garganta:
–¡Mamá, mira!
Vieron al niño ofreciendo una flor a una señora, vigilado desde la acera de enfrente por su padre, que se apoyaba en la pared mientras fumaba.
La música continuaba, ajena al drama:
¡Parrampín, parranpín, parrampía…!
¡Parrampín, parrampín, parrampán…!
Que en Belén, con José y María
Hay un niño en el portal…

La mujer le puso la mano en el hombro a su hija y le dijo:
- Vamos, cariño. No podemos hacer nada. No podemos evitarlo...
Laura miró de nuevo al chico y, con los ojos bañados por las lágrimas,musitó:
- ¿No podemos, mamá? ¿De verdad no podemos?

viernes, noviembre 25, 2005

RELIGIÓN EN LA ESCUELA








Hace una semana, las calles de Madrid se vieron colapsadas por una masiva manifestación de personas que reclamaba libertad de enseñanza, y para decir NO a la reforma del Gobierno en materia de Educación. Los informativos de las televisiones privadas españolas, y las páginas de la prensa escrita publican notas a favor de la inclusión de la Religión al mismo nivel que las otras asignaturas en todos los centros docentes del territorio español. Apelan para ello al "derecho constitucional de los padres a proporcionarles a sus hijos una educación religiosa acorde con sus creencias y a elegir libremente el centro educativo" para recibir la enseñanza elegida. Por ello acusan al Gobierno de todos los españoles de actuar de forma anticonstitucional porque ha decidido que la educación religiosa es una cosa personal y no colectiva, y que por ello el que la quiera tener que se la pague de su bolsillo, además de declarar la asignatura como opcional y sin relevancia en cuanto a la nota final del curso escolar. Hoy, viernes 25 de noviembre, los representantes de la Iglesia, de los padres, y de los partidos políticos que convocaron la manifestación –una cita a la que acudieron cientos de miles de personas–, han roto las negociaciones.
Viendo el panorama, no dejo de preguntarme cómo puede haber tanta caradura y tanta desfachatez para exigirle esas cosas a este Gobierno. Intento comprender el por qué de las cosas que están sucediendo y llego a las siguientes conclusiones:

1º Hay que remontarse a los hechos ocurridos en España en la mitad del pasado siglo para entender mejor lo que está sucediendo en nuestros días en relación a este tema.
Hay que decir por qué la asignatura de Religión estaba evaluada anteriormente con la misma potencia, con las mismas consecuencias para el alumno, que las Matemáticas, la Física o cualquier otra asignatura.

2º Hay que decir también el porqué de que el Estado financie a los profesores de Religión, aunque éstos no tengan el título oficial universitario para poder impartir esas clases en los centros escolares (son sacerdotes o miembros de la Iglesia los que imparten la asignatura).

3º También hay que conocer lo que dicen las leyes y acuerdos salidos del Parlamento para saber si se están cumpliendo en relación con esta materia.

Retomando los puntos anteriores uno a uno, encuentro que:
1º En los años inmediatamente posteriores a la segunda Guerra Mundial, los países aliados vetaron la entrada de España en la ONU y la dejaron en estado de aislamiento cultural, político y comercial por haber ayudado y pactado con los representantes máximos del fascismo, Hitler y Mussolini, enviándo tropas para luchar junto a los alemanes contra todos los ejércitos aliados: La División Azul.
Anteriormente, en nuestra horrible Guerra Civil, la Iglesia se puso a lado del Dictador, que aprovechó esa ayuda para presentarse ante los españoles como el salvador del país en una Cruzada contra los infieles ateos y comunistas. En muchos centros escolares religiosos se colgaban cuadros en los que se ve a Franco vestido con el uniforme de los cruzados y con la espada, rodeado de símbolos celestiales y religiosos tales como el caballo del Apocalipsis, que el cielo le envía para acometer su lucha exterminadora.
En los colegios religiosos, al menos en el que yo estuve durante siete años, se hacían oraciones y peticiones a Dios a favor de “Nuestro glorioso Caudillo”.
No se aceptaba el culto de otras religiones. A los testigos de Jehová, principalmente, por su eficaz labor de proselitismo, se les metía en la cárcel y se arengaba desde los púlpitos a los creyentes para que los expulsaran de sus casa y los denunciasen a la policía cuando les viesen llegar. Incluso los tildaban de traidores, porque estaban en contra de las guerras y se negaban a hacer el servicio militar. Fueron los primeros objetores de conciencia que fueron a la cárcel por ese motivo. Luego la objeción se extendió a otras organizaciones.
No se aceptaba la celebración de bodas de otras confesiones religiosas hasta la llegada de la Ley de Libertad Religiosa, en octubre de 1967. Hasta esa fecha, a esos contrayentes no se les consideraba casados legalmente, sino "arrejuntados". No se reconocían tampoco ni los derechos ni la validez de los matrimonios que no fuesen celebrados por la Iglesia Católica. Un matrimonio civil no tenía derecho a cobrar los puntos por matrimonio ni por los hijos nacidos en ese matrimonio (Como si el dinero de esas ayudas sociales fuese de la Iglesia en lugar de las cotizaciones de los trabajadores a las arcas del Estado). No tenían derecho a solicitar viviendas protegidas, ni a ser enterrados en el cementerio común (Como si el campo santo le perteneciera a la Iglesia en lugar de al Ayuntamiento), y eran enterrados en un lugar aparte, junto a los ajusticiados, suicidas y protestantes.

2º Fue en 1955 cuando Franco firma un acuerdo con el Vaticano (El Concordato) por el cuál la Iglesia se compromete a publicar oficialmente su reconocimiento y la legitimación del Régimen, a cambio de que el Estado le concediese un lugar preponderante en los Consejos del Estado, financiase todos los gastos de personal y del mantenimiento de los edificios religiosos, y la actualización de los privilegios que siempre había gozado la Iglesia Católica en España: excepción de impuestos, impartir estudios en centros propios a todos los niveles de enseñanza, otorgando títulos universitarios reconocidos con el mismo valor que los estatales (Universidades del Opus Dei).
3º En los acuerdos firmados durante el consenso constitucional se dejó claro  que el Estado financiaría durante tres años a la Iglesia Católica y que a partir de ahí serían los propios creyentes los que, asignando una cruz en una casilla determinada de su declaración de la renta, financiarían a la Iglesia, aceptando ésta la obligación de autofinanciarse.
Este acuerdo no se ha cumplido al día de hoy, treinta años después de la firma: la iglesia continúa recibiendo sus tres mil millones de euros anuales del erario público, motivo éste de quejas de los ciudadanos y partidos políticos no creyentes, que exigen que se les retire la subvención y que ésta se destine a otros fines sociales: “El que quiera religión que se la pague”, es el lema común.
Además, ¿no tienen el mismo derecho las otras religiones de recibir el mismo trato que los católicos?, ¿no son sus fieles creyentes ciudadanos que pagan sus impuestos al igual que los católicos?, ¿por qué el dinero se le concede solamente a la Iglesia Católica?
Resumiendo: ¿Qué derechos reclaman éstos cuando ellos jamás han reconocido el derecho de los demás? ¿Qué trato de favor esperaban de un Gobierno cuyos miembros vienen de un partido político a cuyos militantes persiguieron hasta la muerte durante los años felices que la Iglesia vivió junto al Dictador?

No hay nada más que ver las fotos de la época para comprender que, como dice la Biblia: “Cada uno cargará con su propia responsabilidad”. La Iglesia sufre desde el advenimiento de la Democracia, las consecuencias de sus actos en contra de las libertades de los españoles.

Para más informacion, ver http://www.fuenterrebollo.com/Gobiernos/iglesia-franco.htmldonde están publicadas los originales de las fotos de este artículo.

martes, noviembre 15, 2005

Los Caños de Meca




En las cercanías de esta playa salvaje del término municipal de Barbate (Cádiz), quiere su Ayuntamiento, en complot con una inmobiliaria, construir unos hoteles y un campo de golf. Uno más. Ya existen en la bahía de Cádiz media docena en funcionamiento.Este año de 2005, cada municipio de la provincia, incluso los que están situados en lo alto de la sierra, tiene un campo de golf en proyecto o en construcción.¡Claro! ¿Por qué tú lo vas a tener y yo no?, parecen decirse entre ellos.Luego nos dicen que ahorremos agua los gaditanos, porque no llueve y los embalses están a la mitad.

MIS CUADROS

































Un día, ya lejano, fui de visita a casa de un tío de mi esposa.Éste trabajaba en una prestigiosa bodega de Jerez, en la casa Garvey, donde tenía un cargo mediocre, pero que le hacía creer que era Dios. También era pintor en sus ratos libres y en las paredes de su casa tenía algunos lienzos preciosos. Yo, que acababa de comprar mi apartamento, que parecía un hospital robado por la escasez de muebles, le pedí que me pintase un lienzo para el salón. No quiso:"Una obra de arte no se regala; son muchos días pensando, estudiando , pintando, retocando...hasta que aparece la Obra para que luego acabe en un rincón anónimo de una casa cualquiera", me dijo. Aquello me dolió tanto, que le dije a mi esposa: mañana mismo compro un lienzo y te pinto yo un cuadro. Ella me miró sorprendida: nunca había pintado yo otra cosa que las paredes de nuestra nueva vivienda. Con el paso de los años, pintando y repintando sobre los mismos lienzos para ahorrarme dinero en comprarlos, llegué poco a poco a llenar mi casa de cuadros pintados por mí mismo, sin necesidad de recurrir a gente tan pija como mi tío. Estos son mis cuadros,¿les gustan ?

lunes, noviembre 14, 2005

SOLEDAD

Qué solos están los muertos
en sus tumbas silenciosas:
sin vida, sin ilusiones,
sin ver cosas hermosas.

Qué solo me encuentro yo
en mi habitación silenciosa,
pensando en tu cara bonita,
soñando sólo en tus cosas.

Quisiera vivir contigo
la vida que tanto sueño:
admirarte durante el día
y amarte aquí, en mi lecho.

Y en mi habitación oscura
besar tu bonito cuerpo
a la luz de la Luna
¡Cuánto te quiero, mi vida!
¡Qué vida ésta… tan dura!

sábado, octubre 29, 2005

EL TABACO






Hay días en que todo te sale mal, te levantas con el pie izquierdo y luego no paras de tropezar.
Un día, hace ya muchos años, fui con una amiga mía a ver la nieve a Chamonix. Nos hospedamos en el Hotel du Bois, situado a los pies del Mont Blanc. Mi amiga me sorprendió al llegar, pues de su coche comenzó a sacar artilugios deportivos de invierno: esquíes, guantes, gorro, botas, gafas de sol, cremas solares, ect. Yo no llevaba nada más que una maletita con un “neceser”, dos mudas de ropa exterior y cuatro interiores, pues sólo íbamos a quedarnos el fin de semana.
El hotel era un edificio acogedor, moderno y bonito. A través de sus grandes ventanales podíamos apreciar el maravilloso paisaje de la montaña helada, de sus pistas de hielo y de sus contrastes claroscuros a la luz del sol. Al día siguiente, después de un buen desayuno, comencé a sacar fotos mientras mi compañera se montaba en una telesilla y se elevaba rápidamente hacia la cima, cargada con su equipo deportivo. La fui siguiendo con el zoom de la cámara hasta que su imagen se difuminó. Luego entré muerto de frío en el hotel y me recosté en la barra del bar, ¡eso era lo mío: un buen cubata de ron Barceló con Cola y no menos de 23º de temperatura! A mi lado sólo había un señor leyendo el periódico y fumándose un puro, cuyo olor y humo invadía la sala. Todo el mundo se había marchado en el teleférico a disfrutar de la nieve. El camarero me observaba como a un bicho raro, pues no es normal llegar hasta una lejana estación de esquí para quedarse en el bar mientras mi compañera se marchaba sola a la montaña, donde abundaban los merodeadores humanos que sólo venían a ligarse a la primera fémina que se pusiese a tiro.
Al cabo de un rato y sin poder soportar más el silencio del local, le dije al señor que leía el periódico, para cortar el hielo, nunca mejor dicho:
– Huele bien ese puro, ¿de qué marca es?
– Es de la casa Cohíba. No son comercializados: se fabrican muy pocos de éstos. Están numerados, y me los envía exclusivamente a mí un amigo desde La Habana, en Cuba.
– ¿Y vale mucho un puro de esos?
– Seis francos suizos.
– ¡Caray! Un poco caritos, ¿no cree usted?
– Sí; son caros.
¡El tío no gastaba mucha saliva hablando, que digamos! Pero eso no me iba a disuadir: yo era un cliente del hotel, y tenía derecho a molestar a quien sea; para eso pagaba.
– Y… ¿Cuántos se fuma usted cada día?
– Cinco puros.
Yo encendí mi calculadora mental y calculé: 5X6= 30 Francos S. al día, ¡una barbaridad!
– ¿Fuma usted desde hace mucho tiempo?
– Desde hace cuarenta años.
Mi calculadora vuelve a entrar en acción: 40x30x365= 440000 FS.
– ¿Se da usted cuenta? Si hubiese usted guardado ese dinero, hoy sería usted el dueño de este hotel.
– Sí; es cierto. ¿Usted fuma?
Entonces vi la ocasión soñada desde hacía tiempo, ¡siglos!, de poder expresar mi desprecio a los fumadores:
– ¿Fumar yo?, ¿llenar las habitaciones de humo y de mal olor?, ¿obligar a tragar el humo que ha recorrido el estómago y los pulmones llenos de microbios a bebés, ancianos y niños sin preocuparme de ellos?, ¿impregnar las ropas de la gente con ese asqueroso olor? ¡Jamás!
– Entonces…, es usted el dueño del hotel
– No…, no.

El hombre se llevó el puro a la boca, aspiró un momento el humo y luego lo expulsó, y mirándome a la cara dijo:
– Yo sí
Me dejó cortado .Subí a mi habitación y me puse a ver la tele hasta que mi amiga volvió. Le conté lo sucedido y le dije que el tío me había dejado completamente helado. Entonces ella sonrió y me dio todo su calor. Menos mal, que si no…

martes, octubre 25, 2005

MI TRABAJO













Hoy, 25 de octubre de 2005 es el “Día de Internet” y, como para celebrarlo, no funciona el portal en donde yo participo habitualmente en sus foros, www.bibliotecasvirtuales.com. Es el colmo de la desidia. Desde hace tiempo me pregunto por qué sigo en ese portal tan desesperadamente lento. Sé la razón: hay muy buena gente dentro, que, como yo, deben de sufrir la incompetencia de los organizadores.
También es un día triste, porque a partir de hoy me he quedado sin trabajo.
Mi obra se va, se va cargada en un barco que se ha hundido en la Bahía de Cádiz para cogerla en brazos y partir con ella a lejanos mares. Se va al Norte, al mar de Barents, y ya nadie sabrá que es mi obra y la de mis compañeros. También éstos se han quedado parados y preocupados por la situación laboral.Todos sufrimos de la misma enfermedad, una muy contagiosa: debemos de comer tres veces al día, o por lo menos dos, si no, todo se derrumba, todo se descontrola: las letras de las hipotecas llueven, los niños lloran, las esposas te acosan a preguntas: ¿Y ahora qué? ¿Qué vas a hacer? ¿Adónde irás?, como dice la canción.
Y uno se encoge de hombros porque no tiene respuestas; se compra el periódico aun sabiendo que no hallará nada interesante, no tendrá ninguna oferta de trabajo y sí numerosos cursillos de pago, impartidos por agencias que prometen solucionar tu problema; pero eso es mentira: sólo soluciona el problema de ellos, de quienes imparten el cursillo, que ven así cómo suben sus ingresos a costa de la desgracia del que pierde su empleo.
Observo cómo mi obra avanza, llevada casi arrastras por tres remolcadores hasta el centro de la Bahía. El barco rojo ya está hundido, esperando que la gran mole de acero pase sobre él. Entonces se levantará, cual felino que salta sobre su presa, y levantará el fruto de mi trabajo a tres metros sobre el nivel del mar. Luego tocará la sirena para despedirse de Cádiz y partirá rumbo al Norte, a un lugar en que las noches duran seis meses, lo mismo que  los días. Un lugar donde las temperaturas descienden hasta -40ºC.
Mi obra llevará el gas natural a millones de personas desconocidas para mí, como yo lo soy para ellas.¡Pero ahí está! Yo he participado en su creación, en su parto, en todo.
¡Y ahora me quedo sin trabajo! Nadie me preguntará si necesito algo, si me puede ayudar.No,yo ya no existo, no soy nadie; mi obra me supera y se marcha para siempre a un lejano mar, a cumplir con su cometido.
¡Así es la vida!

domingo, octubre 23, 2005

LA MARCHA VOLANTE


“LA MARCHA VOLANTE”

Mes de junio de 1959. Estancia en el campamento de la IX Promoción de la Escuela de Formación Profesional “Francisco Franco”. Málaga.

El gran número de escorpiones y tarántulas que había en la zona, obligó a las autoridades a montar el campamento sobre una plataforma de arena de cien metros de larga, cincuenta de ancha y dos metros de altura, construida en medio de encinas, alcornoques y lentiscos en la cima de la sierra. En la parte norte se hallaban las tiendas de los jefes y el botiquín; en la parte izquierda se contaban siete tiendas de campaña, y otras tantas en el lado derecho. Cada una de ellas estaba ocupada por una “escuadra”, es decir: siete personas, componentes de cada una de las 14 escuadras que juntas formaban la “Centuria Guerrero Castillo.” En medio se alzaba un mástil de quince metros de altura que sujetaba ondeando a la bandera de España.




Eran las cuatro de la mañana cuando la corneta tocó diana. Nos levantamos apresuradamente, preguntándonos qué demonios sucedía para que nos convocasen tan temprano.
Cinco minutos más tarde, los cien miembros de la centuria se presentaban firmes delante de sus respectivas tiendas de campaña. El jefe pasó revista de una punta a otra del campamento.”Sin novedad”, le decían los jefes de escuadras al pasar por delante de sus respectivas tiendas. Una vez pasada la revista, el jefe de centuria leyó la Orden del Día:
“Después de desayunar marcharemos hasta la Cueva de las Piletas, sita en Benahoján, a unos treinta kilómetros del campamento. Cada escuadra llevará los utensilios necesarios para la marcha: platos, vaso, cubiertos, y agua. La comida se facilitará en el lugar de destino por el Ayuntamiento de la ciudad anfitriona. Los componentes de cada escuadra, se turnarán en la labor de transportar los utensilios que usarán sus compañeros.”
Luego se comenzó a izar la bandera mientras todos nosotros cantábamos el “Cara al Sol” con el brazo extendido a la altura de los ojos. Al grito de “¡Rompan filas!”, cada cual se fue corriendo a las duchas y a los servicios. A las cinco en punto, con el desayuno completado, iniciamos la marcha hacia la cueva.
Mi tienda era la última de la derecha y como se comenzó a formar la fila por la parte de la izquierda, resultó que nosotros éramos los últimos de una fila de cadetes que caminaban por la vereda hacia el destino programado.
Poco a poco me fui quedando detrás de todos. La orden era de relevar al camarada que fuese cargado con el macuto de los utensilios cada media hora, pero como me quedé detrás con la carga, nadie venía a relevarme. La distancia se fue ampliando y llegó un momento que me quedé solo, sin ver a nadie, sin saber por dónde estaba el resto del grupo.
Me preocupé mucho al verme solo en la montaña, cargado y con una rozadura dentro de la bota que me hacía imposible el continuar andando. Estaba ya amaneciendo, el sol aparecía ya por encima de la línea de la sierra de Ronda, llenando el paisaje de tonos anaranjados. No se veía a nadie delante de mí. Calculé en unos dos kilómetros la distancia que me separaban de mis compañeros, pues ésta era, más o menos, la longitud de la senda que aparecía ante mí sin rastro de ellos. Pensé que éstos se habían dado cuenta de mi ausencia, pero como a ellos les beneficiaba, porque así no tenían que relevarme de mi carga, no se daban por enterados.
No podía más. Decidí sentarme a descansar y abandonar la visita a la cueva. A la vuelta me encontrarían en el mismo sitio que me había detenido, pensé. Fue en ese momento que me resbalé y caí rodando por la pendiente del monte. Me detuve a unos diez metros de la senda.
Sentía un fuerte dolor en la pierna y en la cabeza, sangraba por la nariz y tenía arañazos en los brazos. Tuve miedo de no poder salir de allí, y comencé a llorar. No podía mover la pierna derecha, el tobillo se me había hinchado y me dolía terriblemente. Una hora más tarde, quizás para espantar al miedo comencé a cantar en voz alta una canción que cantábamos en los desfiles del Instituto:

“Canciones que llegan al alma,
y el viento las lleva por ahí.
¡Que en España, en España,
comienza a amanecer!
Al cielo se alzan felices promesas
Y hasta las estrellas encienden mi fe.
¡Gloria, gloria! ¡Gloria y victoria!
Con el cuerpo y con el alma,
con las armas en la mano.
Por la Patria.”

De pronto me asusté al sentir un ruido; pensé que algún animal salvaje venía a atacarme, y grité: ¡Socorrooo!

– ¡No temas, camarada, aquí estamos!
Miré hacia arriba, hacia el camino, y vi a un grupo de compañeros que bajaban a recogerme. El jefe de centuria me examinó y vio el estado en que me hallaba. Miró alrededor y vio que no había ramas ni ningún material apto para construir una camilla. Entonces gritó:
– ¡Un voluntario para llevar a cuestas al camarada!
– ¡Presente! –, gritaron cien voces a la vez.
Uno de ellos, de diecisiete años, me puso sobre sus hombros, con una pierna colgando a cada lado de su pecho, y me llevó así durante media hora; luego, otro le relevaba, y así llegamos hasta la cueva.
La Cueva de las Piletas era una maravilla recién descubierta, cuya entrada se hacía por arriba y una vez dentro se bajaba hasta cuatro plantas. Contenía pinturas murales y preciosas figuras de estalactitas y estalagmitas que semejaban a personas y animales. El agua era abundante y formaba grandes pilas, de ahí su nombre. Acostada en un nicho de la tercera planta se hallaba el esqueleto fosilizado de una mujer, cuya antigüedad calculaban en unos diez mil años.
El Ayuntamiento de Benahoján nos obsequió con un almuerzo y luego regresamos en tren hasta la estación de Cortes.
Al llegar a la estación, el jefe de campamento me dijo que iba a llamar a un taxi para que me llevase hasta el campamento, pero yo le dije que preferiría irme con mis compañeros de tienda.
– ¡Pero si no puedes andar!–, exclamó él.
– Nos arreglaremos, camarada–, le dijo mi jefe de tienda.
Y así regresamos. Atado a una cuerda por la cintura y remolcado por mis compañeros, subí los ocho kilómetros que separaban la estación de RENFE del campamento.


FIN

jueves, octubre 20, 2005

DIVINA ASAMBLEA


DIVINA ASAMBLEA

Aquella tarde, nos extrañó a Eva y a mí, que nos convocasen a una asamblea en el centro del Paraíso, justo donde se cruzan los ríos Éufrates y el otro, ¡vaya, no me acuerdo el nombre!, ya no soy perfecto desde aquel día en que probé la manzana de Eva, quiero decir: la que había cogido ella del árbol, no seáis mal pensados. ¡El Tigris, ya me acuerdo!
Cuando Eva y yo llegamos al lugar de la reunión, Dios estaba sentado y rodeado de una miríada de ángeles, que le hacían la pelota volando alrededor y riéndole todas las gracias. Abajo había una representación de algunas especies de animales de pie ante el trono. Dios nos vio enseguida y mandó callar a todos; luego, mirándome muy serio a mí (no sé por qué a mí, si la culpable era Eva), me dijo:
Voy a dictar las normas por las que se regirán a partir de ahora todos los seres que viven en la Tierra. Comenzaré por la vaca. Vaca : "Tendrás que ir a los campos de los campesinos, sufrir todo el día al sol, parir continuamente y dejarte exprimir cuanta leche sea posible. Tus hijos morirán en las plazas de toros Así pues, te concedo una esperanza de vida de 60 años". La Vaca contestó: "¿De verdad quieres que viva una vida así de desgraciada durante 60 años? Mira, creo que con 20 tengo más que suficiente, así que quédate tú con los otros 40". Y así fue. Luego, Dios se dirigió al perro y le dijo:"Tendrás que estar sentado todo el día detrás de la puerta de entrada de la casa del Hombre, ladrando a cualquier persona que se acerque. O cazando para que el Hombre se coma el fruto de tu caza. Así pues, te concedo una esperanza de vida de 20 años". El Perro contestó: "¿De verdad quieres que viva 20 años tocándole los huevos a los demás y dejando que los demás me los toquen a mí? Mira, creo que con 10 tengo más que suficiente, así que quédate tú con los otros 10". Y así fue. El tercer animal que llamó Dios fue al Mono. Dios lo miró de arriba abajo y le dijo: "Tendrás que divertir a la gente, hacer el tonto y adoptar las expresiones más idiotas que te puedas imaginar para hacerles reír. Así pues, te concedo una esperanza de vida de 20 años". El Mono objetó: "¿De verdad quieres que viva 20 años haciendo el tonto? Mira, me agrego a la opinión del Perro y te devuelvo 10 años". Y así fue. Al final, Dios se dirigió a mí y me dijo: "Tú no trabajarás, no harás otra cosa que no sea comer, dormir, hacer el amor, divertirte y emborracharte. Así pues, te concedo 20 años de vida".
Yo me puse a temblar, y no de frío precisamente (en el Edén no hacía frío ni calor, aunque no salía nunca el Sol y sólo llegaba la claridad a través de la capa de nubes que rodeaba la Tierra, produciendo una neblina húmeda que bastaba para hacer que las plantas crecieran tan maravillosas como en un invernadero. Ver Génesis). Como de todas formas ya estaba condenado, me atreví a quejarme:
–¿De verdad quieres que disfrute sólo 20 años de esta bendición? Mira, me he enterado de que la Vaca te ha devuelto 40 años, el Perro 10 y el Mono otros 10, sumados a mis 20 serían 80, ¿por qué no me los das todos a mí? Y así fue.Dios me dijo:
"Adán, hijo mío: De ahora en adelante, podrás comer de todo, hacer deporte, jugar, hacer todo lo que te dé la gana, sin límites. Puedes criar, amar o matar a los animales; nadie te pedirá cuentas; lo mismo puedes hacer con la vegetación: cuidarla o aniquilarla. Pero no pasarás de los 80 años". La asamblea se disolvió alegremente y cada cuál retornó a sus quehaceres. Ahora ya podéis entender porqué los primeros 20 años de nuestra vida no hacemos otra cosa que comer, dormir, jugar, joder, disfrutar y no hacer una mierda. Durante los sucesivos 40 años trabajamos como animales para mantener la familia, los siguientes 10 hacemos el tonto para divertir a los nietos y los últimos 10 los pasamos tocando los huevos a todos los que están a nuestro alrededor.

lunes, octubre 17, 2005

MI NIETECITA



Hace cinco meses, cuando mi hija me llamó por el móvil y me dijo: “Papá, estoy embarazada”, creí que el cielo se me caía encima.

La noticia de una hija soltera, sin empleo estable, residiendo con unas amigas a ochocientos kilómetros de mi casa me aplastó. Luego pensé en la criatura y comencé a hacerle un sitio en mi corazón: la pobre no tenía culpa de la mala cabeza ni de las imprevisiones de su madre.

Mi esposa, llena de alegría desde un primer momento, comenzó a comprar lanas y a hacer trajecitos de color rosa y azul, mantillas y jerseys de diferentes tamaños, previendo su rápido crecimiento.

De vez en cuando se cruzaban los mensajes y las llamadas al móvil buscando la información deseada: ¿Cómo está la mamá?, ¿te hace falta algo, hija? Te he comprado un canastito para el transporte. ¿Por qué lo has hecho, mamá?, todavía es muy pronto y eso trae mala suerte. ¡Bah, no hagas caso de las supersticiones! Será una niña, ya lo verás. ¿Y por qué lo dices? Por que yo lo sé; será una niña.

A los tres meses nos llega la noticia:
– Mamá, es una niña
– ¡Ya lo sabía, nunca me equivoco!
–Eres una bruja, mami.
–Bueno, y ¿cómo está ella?
–Muy bien, se parece al papá en la boca: tiene el labio superior reboleao.

Y llego yo del trabajo y me lo cuentan. Me pongo muy contento y los ojos se vuelven lagrimosos. No sé por qué. Qué tontería, ¿verdad?

Nos alegramos todos, olvidando que esa niña es un problema añadido a los que ya tiene mi hija: se le acabó el contrato hace dos meses y como ahora está embarazada no se lo renovarán. No podrá pagarse los gastos, aunque sus compañeras de piso le han dicho que no se preocupe, que cuando encuentre trabajo ya les pagará. Le dije que se viniese a su casa, que su habitación permanecía a su disposición tal como la dejó ; que los abuelos criarían a la niña. Pero ella no quiere volver: no quiere ser una carga para nosotros y dice que, como aún le queda paro, espera encontrar algo antes de que se le agote la ayuda.

Y ayer, domingo 16 de octubre, me suena el móvil y me avisa de un mensaje MMS. Lo abro y me encuentro una mancha clara-oscura y un texto: “Papi, esta es tu nieta. Se parece a ti.”

Y la miro y remiro, le doy vueltas al móvil buscando la mejor posición para ver eso que me dice la niña que se parece a mí. No entiendo nada de ecografías, pero al final sí creo ver una cabecita donde se distingue una carita, los ojos y la boca, o es que es tanta la ilusión que tengo que lo adivino mejor que verla.
¡Qué alegría siento! La miro y le hablo dándole la bienvenida, animándola a portarse bien y a no darle muchos problemas a su madre, que se queja de que no la deja dormir con sus pataditas.
– ¡Bienvenida seas, nietecilla!- , le dije. Y la besé.

jueves, octubre 13, 2005

EL AUTOBÚS DE LA MUERTE




Melilla, a media mañana. Una fila de autobuses espera en la frontera con España a que sean completamente llenados por los viajeros, unos seres de color negro que asoman sus cabezas por las ventanillas. Se ve el desaliento en sus caras tostadas; algunos, incluso lloran como niños, pidiendo justicia a los inclementes guardias que rodean los vehículos. Unas manos encadenadas asoman por una ventanilla y la imagen es fotografiada y da la vuelta al mundo: ¿son esclavos?, ¿ladrones?, ¿asesinos? ¿Qué crimen han cometido?
Son personas que huyen del hambre. Sólo eso.
Por eso han abandonado sus respectivos hogares y familias en países lejanos, a cientos, miles de kilómetros de Melilla, la llave de la puerta de entrada al Paraíso. Hasta llegar aquí, han debido de cruzar bosques y desiertos, llanos y montañas; se han aventurado en pateras asesinas, de las que han sido rescatados cuando navegaban a la deriva exhaustos, sedientos, delirantes por las fiebres, temblorosos por el frío. Y ahora están aquí, detrás de una valla que los separa del sueño de sus vidas: España, puerta de Europa. Se han encontrado con una valla imprevista, construida con premura y precipitación para contener la avalancha. Se les ha consentido construir escaleras de maderas y palos para alcanzar la cima y tirarse al otro lado asumiendo los golpes, arañazos y disparos de no se sabe qué policía o ejército. Y unos cuantos cientos de ellos lo han conseguido, ¡han entrado en el país y ya tienen derechos!
Los otros…ahí están, dentro de los autobuses de la muerte, o del infierno. Los llevan encadenados, esposados unos a otros hacia el Sur, al límite de Marruecos, al desierto cruel. Sin agua, sin alimentos… están condenados a morir solos, abandonados a un terrible sufrimiento físico y psíquico. Algunos de entre ellos tienen sus papeles en regla para obtener asilo político, huyen de los gobiernos dictatoriales que les han condenado por disidentes. Pero no se les piden los papeles, se les ha apresado y metido en el autobús sin oírles, sin dejar que expliquen sus problemas…
Y las imágenes terribles, interesadas, tomadas por la prensa afín al partido de la oposición de turno, han dado la vuelta al mundo, levantando los ánimos, enfrentando unas naciones con otras, unos ciudadanos contra otros. Los unos a favor del Gobierno, los otros pidiendo dimisiones. Y yo en medio.
Yo no quiero que vengan más inmigrantes a España, ya no caben. España es un país que comienza a levantar cabeza, aún está muy por detrás de los países fundadores de la Unión Europea. Comenzábamos a ver el final del túnel, tras largos años de penuria y oscurantismo cuando nos alcanzó la llamada “Globalización”, el libre comercio, el libre tránsito de capitales que permite que los empresarios abandonen sus países y se instalen en los que más beneficio les reportan, aún a riesgo de no respetar los derechos humanos, contratando a familias enteras para que trabajen a bajo costo en sus miserables viviendas para que produzcan artículos que luego se venderán con marcas carísimas en las tiendas más renombradas de las grandes ciudades.¿He dicho contratando? ¡Qué va!.. Ni siquiera eso. No hay contrato de por medio, se paga por pieza producida, sin derecho a descansos, vacaciones, jubilaciones, seguros médicos… ¡Nada de eso!
Por eso los empresarios españoles despiden a sus obreros y los sustituyen por inmigrantes; tienen menor coste, su beneficio es neto. Por eso yo estoy ya sin trabajo.
No, no quiero que vengan más inmigrantes a mi país, lo confieso, porque el futuro de mis hijos está en riesgo.
Sin embargo me rebelo ante esas manos encadenadas, ante esas miradas de súplica, ante el sufrimiento de esos SERES HUMANOS, que son transportados como animales en transportes superllenos como si fueran carne de matadero. ¿Pero, qué hacer, Dios mío, para solucionar esto?
Me pregunto por qué no se hace un seguimiento de adónde van las ayudas que los gobiernos de esos países que dejan morir de hambre a sus ciudadanos reciben de la Unión Europea y de los países que la componen ¿Cómo se permite que un reyezuelo gaste todo el dinero recibido en ayudas en beneficio propio y de su familia? ¿ Cómo se permite que un monarca se construya una mezquita valorada en varios miles de millones de dólares mientras sus súbditos se ven obligados para mantener a sus familias a exponer sus vidas saltando una valla llena de púas de alambre y custodiadas por gendarmes que no dudan en disparar a matar? ¿Por qué se le envían en ayudas millones de Euros al dictador Obiang, en Guinea, cuando se sabe que él se queda con todo y que lo utiliza para sofocar las protestas de los guineanos? ¿A cambio de qué se aceptan esas lacras? ¿Por recibir sus favores en las concesiones de sus recursos? En ese caso el dinero que se le envía no es una ayuda, es un soborno. ¿Por qué se permite que en nuestro siglo se continúe con tradiciones tales como la del reyezuelo que cada año se pesaba y recibía en oro la misma cantidad que marcaba la báscula? Me da asco ver cómo un reyezuelo de Dahomey (Benin) se dirigía a su pueblo usando un gran micrófono de oro macizo. Dahomey, por ejemplo, un país que fue francés y que mantiene su “protección" a cambio de ser el administrador de sus riquezas básicas. ¿No ocurre lo mismo en Mali, Ghana, Senegal, Mauritania…?
En resumen, sólo la intervención de los países fuertes y ricos puede hacer que esta avalancha de hambrientos cese: nadie puede ponerle puertas al hombre hambriento; las derribará, por muy seguras que sean. La solución es erradicar el hambre en los países de origen. Pero, cómo, ¿instalando fábricas e industrias en ellos? No, ya las tienen desde siempre y eso les ha obligado a emigrar. Se trata de darles un salario digno que les permita vivir sin tener que desplazarse, en lugar de darles, como ahora, ¡cinco Euros al mes!

domingo, octubre 09, 2005

Viaje al Santuario de La Virgen de la Cabeza























El día 10 de octubre del año 2004, a las siete de la mañana, salimos de casa hacia Andújar (Jaén), en donde está situado el Santuario. Carmen protestaba porque quería dormir un poco más y decía que era muy temprano; pero yo sabía que había más de cuatrocientos kilómetros, es decir: ocho horas de viaje - ida y vuelta-como mínimo, por lo que debíamos de madrugar si queríamos disfrutar de algunas horas libres para visitar los lugares. 

Paramos a desayunar y para ir al servicio en un hostal nuevo, situado pocos kilómetros antes de llegar a Écija. Allí compramos la lotería de Navidad, un décimo por 23 Euros. 
Serían las diez cuando pasamos por Córdoba, y le dije a Carmen que aún faltaba una hora de viaje para llegar al cerro del Cabezo, a 32 kilómetros al norte de Andujar, el lugar exacto donde está la Virgen de la Cabeza.
Llegamos a la ciudad y entramos por la entrada norte, al lado de Carrefour. Unos metros más adelante está el cruce donde un letrero indica: Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza. Los primeros diez kilómetros fueron penosos, porque la carretera estaba en obras y se encontraba con el asfalto levantado y llena de hoyos. Luego, el camino era agradable y el paisaje precioso, con sus espesos bosques de pinos y monte bajo; el aire era limpio y sano, con un agradable olor a pinos, eucaliptos y romero, según los lugares que íbamos pasando.
Cuando llegamos nos llevamos una sorpresa: no éramos los únicos que habían acudido a ver a la Virgen ese día. No encontrábamos aparcamiento y, después de dar una vuelta por toda la aldea, tuvimos que dejar el Ibiza en un sitio bastante apartado, cosa que no me agradaba lo más mínimo.
La subida por la cuesta del rosario hasta el Santuario estaba repleta de peregrinos, que subían con esfuerzo la empinada pendiente del camino, como Carmen, que casi se me muere: Me volví para grabarla en video y me la encontré parada y con los ojos grandes abiertos y la lengua afuera. Me asusté de verdad y le reñí por no avisarme de que subíamos muy deprisa para ella, que sufre de poca resistencia cardiaca. Una vez fue al hospital de Puerto Real para que le hicieran unas pruebas y la montaron en una cinta andadora con tal mala suerte que casi se les queda allí muerta. Entonces le recomendaron de no hacer esfuerzos, de andar despacio, sobretodo en las subidas de puentes o calles empinadas. Finalmente, llegamos a la plaza del Santuario. Desde allí se divisa un paisaje muy bonito en un radio de cincuenta kilómetros, pues estábamos a más de seiscientos metros de altura, y el cerro en el que nos encontramos es el más alto de todos los que hay en la zona. 

Estábamos en el corazón de Sierra Morena. Si pudiéramos trazar un círculo con una cinta métrica a nuestro alrededor, estaríamos a unos cien kilómetros de Córdoba, a cien de Puertollano, a cien de Jaén, y todo el centro del círculo ocupado por la Sierra Morena.
La plaza del Santuario estaba llena de gente esperando que acabase la misa para poder entrar en la iglesia, pues dentro de ésta no cabía ni un alfiler más. Nosotros entramos por la pequeña puerta lateral que conduce a la primera planta hasta el camerino de la Virgen.

 Subimos en fila india, apretados entre la gente que venía con ramos de flores para ofrecérsela a la Señora. Dentro del camerino apenas podíamos movernos, pues estaba lleno y sólo pudimos avanzar lentamente, pero sin pararnos, por una fila que pasaba por delante de la venerada imagen y salía por otra puerta. Yo no pude apenas grabar nada. Una mujer sentada en una silla cantaba canciones y poemas y también rezaba en voz alta. Vi a Carmen llorando y le pregunté qué le pasaba, y me contestó que se había emocionado al escuchar a la mujer que cantaba. No sé si sería esta la razón, pues el motivo de la visita al santo lugar era por que Carmen me había dicho que sintió un escalofrío al ver por televisión un reportaje de la Romería al Santuario de la Cabeza. Me dijo que había sentido algo raro y que se le erizó todo el vello. Me pidió que la llevase en cuanto tuviera ocasión y así lo he hecho. A mí también me ocurrió algo curioso hace ya muchos años:

En el año 1985, trabajaba yo en una parada de la central térmica de Puente Nuevo, cerca de Espiel (Córdoba), pero iba todos los días a dormir a Córdoba, en una casa particular en la que alquilaban camas. Éramos tres trabajadores de El Puerto que habíamos decidido irnos a la capital a pasar las noches, porque en el hostal en el que parábamos antes, situado un poco antes de llegar a la central térmica, en el cruce de Villaharta, no se podía dormir debido a que estaba abierto las veinticuatro horas, y no cesaban de llegar camiones y autocares durante la noche, y se oían los gritos y el jaleo de la gente que no respetaban el sueño de los residentes del hostal.
Por la tarde, cuando llegábamos a Córdoba, nos duchábamos y nos íbamos a tapear por la ciudad. Así cenábamos, pues los precios que veíamos en los restaurantes no eran aptos para trabajadores. Pedíamos unas rondas de cerveza y unas tapas, o alguna ración o plato combinado, y luego nos volvíamos a la casa a dormir, pues había que levantarse a las seis de la mañana para llegar a tiempo después de recorrer los cincuenta kilómetros que nos separaban de la central, por una carretera estrecha y llena de curvas que subía por la sierra y pasaba por delante del centro de instrucción militar de Ovejo y Cerro Muriano hasta llegar a Espiel.

 Un día, cansado de cenar tapas y volver casi borracho, le dije a la dueña de la casa que si me podía sacar un plato de la misma comida que tenían para ella y su familia, pagándole lo que fuera menester, pues yo era un trabajador y no podía permitirme cenar en bares todos los días. Ella aceptó, y desde aquel día nos hizo la cena a mis compañeros y a mí. No sabía cuánto debía de cobrarnos, pues ella decía que lo que había hecho era echar un poco más de comida en la olla familiar; pero nosotros, que le estábamos muy agradecidos, convinimos en pagarle algo menos de lo que nos hubiera costado cenar en un bar y así ganábamos todos.
Llegado el final de la obra, fui a pagarle a la señora y a despedirme de ella. Me preguntó entonces adónde iba a trabajar cuando me fuera de Córdoba, y yo le respondí que no lo sabía, que tenía que buscar trabajo y que me iría donde fuera necesario, tal como había hecho hasta entonces y tal como había llegado hasta su casa. Le dije que el trabajo en mi pueblo estaba muy mal y que el que encontraba siempre estaba lejos de mi casa, donde permanecían mi esposa y cuatro hijos pequeños que apenas me veían. Entonces la señora me preguntó mi nombre completo y mi edad, y me dijo que esperase un momento que iba a consultar a su madre. Su madre vivía dentro de una habitación en la que no entraba nadie más que su hija; la habitación despedía un fuerte olor a velas e incienso cuando la hija abría la puerta, y según pude ver en aquella ocasión, las paredes estaban repletas de velas encendidas a los lados de cuadros e imágenes de santos. En medio de la habitación había un sillón antiguo y grande, y en el se sentaba la madre de mi patrona. Me daba la espalda y no pude verle la cara; frente a ella, había un altar lleno de flores y de velas con la imagen de una virgen. Todo ello lo pude ver como en un flash, en un segundo, el tiempo de abrir y cerrar la puerta enseguida.

Al cabo de cinco o diez minutos,  volvió a salir la mujer y me dijo: “Me ha dicho la Señora que ahora vas a tener trabajo cerca de tu casa durante mucho tiempo. Vete tranquilo.”
Yo no sabía en aquél momento si reírme o qué, pues no creo en curanderas ni santonas; pero por respeto permanecí serio y le pregunté: ¿Le debo a usted algo por la consulta...?
Ella me contestó: “A mí no me debes nada, agradéceselo a la Señora”. Me quedé sin saber qué decir, pues no sabía cómo debía agradecerle su “gestión” a la señora que permanecía invisible en su habitación. La mujer, adivinando mis pensamientos, me dijo: “ No es a mi madre a quien se lo debes: ve a visitar a Nuestra Señora de la Cabeza y agradéceselo a ella”.
Durante el viaje hacia El Puerto, les conté la anécdota a mis compañeros, y estos se echaron a reír. Yo me olvidé del asunto, y encontré trabajo en La Línea durante un mes, luego me quedé sin trabajo.   A los dos días de llegar a mi hogar me llamaron de una empresa situada en El Puerto, a tres kilómetros de distancia, y me ofrecieron trabajo. Sólo habían transcurrido cuarenta días desde que aquella señora cordobesa me dijo "que encontraría un trabajo cerca de mi casa". En éste permanecí hasta el verano de 1991, seis años de trabajo. Desde entonces me pregunto: ¿Tuvo algo que ver la Señora de la Cabeza?
Durante todos esos años quise ir al Santuario para verla, pero al final sólo quedaba en eso, en el deseo. Sólo fue a los quince años de haber encontrado ese trabajo que, aprovechando un viaje a Madrid para ver a mi nieto, me desvié de la ruta al llegar a Andújar y fui con mi esposa a ver a la Virgen. Mi mujer se emocionó mucho y le ofreció un ramo de flores. Luego continuamos el viaje para ver a Iván, nuestro único nieto hasta el momento. Esa es la historia que quería contar.
Esta vez, salimos del camerino de la Virgen y pasamos por el patio interior de la iglesia, un patio lleno de macetas; pero antes besamos a la imagen de Nuestra Señora y al Niño, una pequeñita imagen de piedra que sustituye a la auténtica imagen fundadora del Santuario, que desapareció en la Guerra Civil. Luego salimos fuera y me indignó ver un monumento (un águila de bronce sobre un pedestal de piedra) que recuerda a las victimas del bando de los vencedores de la Guerra Civil, donde llama "ordas salvajes" a los del bando contrario, compuesto por ciudadanos también españoles, que defendían el sistema legal establecido. ¿Cómo es que aún permanece ese cartel fascista después de veinticinco años de Democracia? Grabamos en video una vez más el paisaje y descendimos el monte hasta el coche. El reloj señalaba la una de la tarde. Teníamos hambre y nos paramos a comer en Andújar, en el restaurante El Botijo, un lugar en el que yo había pernoctado un par de veces al volver a casa desde  Valencia, donde residían mis padres. 
Pedimos una sopa de picadillo, calamares a la plancha, que luego fueron a la romana porque se equivocó el camarero, y una tarta de postre y el café. El camarero no cesaba de pedirnos disculpas por su error y nos invitó luego a unos bombones con una copita de licor de turrón (bebida elaborada en una fábrica situada justo enfrente del restaurante). La comida nos costó 37 Euros en total, incluidos 2 Euros de propina.
Al pasar por la circunvalación de Córdoba, me desvié de mi ruta y entré en la ciudad. Quería darle una sorpresa a Carmen: visitar la Mezquita. Pero lo que vimos allí, no se puede contar; no hay palabras para expresar tanta belleza: hay que verla.

viernes, octubre 07, 2005

MI AMIGO EL MARINERO






Cuando yo vine a vivir en el Puerto de Santa María, en la primavera de 1982, había una flotilla de unos sesenta barcos de pesca. Era ésta una de las mayores industrias de la ciudad. Poco a poco la flota ha ido menguando, prefiriendo los armadores desguazar sus barcos en vez de recomponerlos, pues reciben por ello de manos del Gobierno grandes sumas de dinero.
Tenía yo en aquel tiempo un amigo que era marinero, un compañero del bar adonde yo acudía a diario a degustar unas copas de vino fino después del trabajo. Allí nos encontrábamos a veces, cuando él volvía de la mar, después de varios días sin pisar tierra, lejos de su hogar. Apoyado en el mostrador me contaba, mientras se bebía una copa detrás de otra, hasta que se derrumbaba, el peligro que había corrido, el miedo que había pasado dentro de aquél cascarón, de carcomida madera, al que llamaban barco:
–Imagínate por un momento cómo lo pasábamos, amigo: En un pequeño cuchitril dormíamos diez hombres amontonados, sin contar el patrón, que ése tenía otro cuarto. Cuando estaba en mi litera, en días de temporal, sentía la enorme fuerza de las olas golpear contra la débil madera que me separaba del mar…Y por las viejas juntas de las tablas el agua que a veces entraba mojaba las sábanas de mi cama. No tenemos lavabos ni retretes… Para lavarnos, del mar el agua en un cubo se saca, pues para beber el agua dulce se guarda. Para hacer lo demás, los pantalones te bajas, sacas el culo por la borda y… ¡hala, a soltar en el agua!
–Pero… ¡Eso es increíble! ¿Y en esas condiciones, de nuevo te embarcas? –preguntábale yo, sereno, pues llevaba bebidas muchas menos copas que él.
– ¿Que otra cosa puedo hacer? Yo he nacido marinero, de padres marineros. No sé hacer otra cosa que navegar, echar las redes y pescar. Pasar varios días en la mar y, cuando vuelvo a casa, emborracharme para olvidar… ¿Sabes tú, compañero, cuántos marineros se ha tragado en un golpe la mar cuando estaba solo en la cubierta, con el culo al aire haciendo su necesidad? Pregunta.., sí, pregunta en El Puerto a cuántos marineros se ha llevado la mar… ¡Oye, tú, compañero!-le decía al camarero- Tú no dejes de llenar, que nunca esté vacía mi copa, aunque me veas lleno y que no pueda más..., que ya vendrán los míos para llevarme a casa y meterme en mi cama, de limpias sábanas, para dormir la mona sin pensar en nada, sólo olvidar…-Luego, mirándome a mí, continuó diciendo-: Si tú supieras, amigo, lo que hay que tragar desde que salimos de El Puerto hasta que volvemos a la lonja a descargar… Hay que pagarle al moro, aunque no estés en su mar, para que te dejen pescar. Si no, te llevan a puerto y te detienen, te quitan la carga y te encarcelan hasta que alguien pague la multa por pesca ilegal, aunque el barco se hallase en agua internacional. Pero eso ellos lo niegan, y te encuentras solo; hay que pagar. Y además se quedan con la carga, el fruto de nuestro trabajo. Por eso el patrón, antes de salir de El Puerto, carga su barco de vino, tabaco y dinero. Dinero que en la mar no se puede gastar: son para pagar a los guardias moros que te vienen a abordar.

No sé si lo que mi amigo me contaba era cierto o producto de la cantidad de vino que se había bebido, pero esa canción yo la había oído otras veces, cantada por otras personas, y me acordé del refrán “Cuando el río suena…” Lo cierto es que ahora apenas quedan barcos en El Puerto; los han desguazado casi todos en lugar de repararlos. Los armadores, sus buenos dineros han cobrado de Bruselas por hacerlo; los marineros han ido a engrosar el número de parados del pueblo.
En uno de estos viajes, de El Puerto salieron a bordo de uno de esos barcos una docena de marineros y tan solo volvieron dos: uno vivo, el otro muerto… No pudieron utilizar las lanchas salvavidas porque, según dicen, estaban… ¡rotas!
Un barco francés escuchó la llamada de SOS. que hizo el barco en medio de una fuerte tormenta, y acudió a prestarles ayuda. Les echó una red para que trepasen por ella, pero la mar estaba tan agitada, tan fuertes eran sus olas, que la mayoría de los que lo intentaron murieron golpeándose contra el casco del buque mientras subían por la red. En la investigación que siguió, algo debía de haber de oscuro, pues nadie quería hablar de ello.
En memoria de los marineros muertos escribí un poema. Se lo mostré al representante sindical de ellos y me dijo:
–Mejor es que lo rompas que hablar de eso, pues lo que pasó nadie lo sabe; los marineros están muertos…
– Pero uno vive- dije yo, insistiendo.
– –Sí, pero ése no dirá nada: cobrará su dinero y lo olvidará. No, mejor es que rompas eso.

Al año siguiente, la víspera del aniversario de aquella tragedia, por medio de dos magnetófonos, uno grabando mi voz y el otro reproduciendo la obra de Berlioz, “Sueño de un aquelarre”, conseguí una grabación muy imperfecta pero aceptable de mi poema; se podía escuchar bien a pesar del ruido de fondo. La llevé a la emisora de radio de El Puerto y les dije que era un homenaje a los que el día siguiente, el 31 de marzo de 1987, cumplían el primer aniversario de su terrible naufragio. No la retransmitieron. La emisora sólo recordó las circunstancias del naufragio. Al día siguiente fui a recuperar mi cinta, pues aún no había registrado mi poema como Autor, me respondieron:”¿De qué cinta nos habla usted? Aquí nadie nos ha traído ninguna”. Así negaban haberla visto. Al salir de la emisora me pregunté: ¿Habría algo de cierto cuando aquel compañero del sindicato me dijo:”Mejor es que rompas y no hables de eso”?
De todas formas, aquí está mi poema. Lo escribí en memoria de los marineros, de todos ellos: los vivos y los muertos… De todos aquéllos que navegan mar adentro, y del amigo del bar, que por no volverlo a ver, ni conocer el nombre del barco en el que trabajaba, no puedo ahora saber si entre las víctimas se hallaba.
¡Va por vosotros marineros! Y que los responsables de aquel siniestro carguen en sus conciencias con los silencios que siguieron a aquellos hechos, lamentables, en los que tantas vidas se perdieron. Su título es “El naufragio del Calpe Quintan´s” y forma parte de mi libro de poemas “Nostalgia”, registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual con el nº CA-1632


EL NAUFRÁGIO DEL CALPE QUINTAN¨S


Marinero portuense
que te echas a la mar,
arriesgando siempre tu vida
para traer a tu casa el pan.

¿Cuántas veces en tu vida
te lanzaste con valor
a ese mar tan grande y fiero
en un viejo cascarón?

Silba el viento, fuerte.
La noche está oscura.
Olas grandes y negras, cae la lluvia.
El barco, descontrolado y herido
da vueltas y más vueltas. No hay luna.

No era ese tu mar, marinero,
aquél que te vio nacer.
Era un mar extraño, fiero.
Tú no pudiste con él.

¡SOS! La radio llama
¡El barco se hunde, lanzad las lanchas!
¿Las lanchas? ¡Están rotas!
El capitán se alarma...
Y una voz: ¡Hombre al agua!

Un barco, que por allí pasaba,
por más señas francés,
les prestó una ayuda rara:
¡En vez de lanchas, les echó una red!

Con lágrimas en los ojos,
la cara asustada y agarrado a la red,
rompían tu cuerpo las olas ¡Malditas olas!
Contra aquel barco francés.

Que soledad tan grande
en medio de aquellas olas.
Olas grandes, negras. ¡Malditas olas!
¿Qué hacen los del barco?
¿Por qué no se asoman?

Ya no hay barco marinero,
sólo olas, ¡muchas olas!
Y tú sientes mucho frío,
mucho dolor y mucho miedo.

Qué oscuridad más grande
va rodeando tu cuerpo.
Ya no te duelen los golpes,
te duelen tus pensamientos:
“Qué lejos estoy de los míos,
qué lejos estoy de El Puerto...
¿Cuánta gente, allí en mi casa,
por mí, estarán sufriendo?”

Marinero portuense
que te echaste a la mar,
ya no hay luz en tus ojos.
Tampoco hay luz en tu hogar.

Las campanas de la iglesia
están tocando a muerto
y aparecen paños negros
en los balcones de El Puerto.

Los naranjos de la calle Larga
tiran sus flores al suelo,
porque El Puerto está de luto
y hay que vestirse de duelo.
Ya ha tocado la campana
de la iglesia Prioral Mayor.
Se está llenando el templo,
y la plaza... y las calles de alrededor.

Allí acudíamos todos
con la misma devoción.
Señores con buenos trajes
y otros de menos valor.
Y uniformes de todos los colores:
blanco, azul, verde y marrón.

Mujeres había que lloraban
frente al altar mayor.
Era el adiós de un pueblo
unido por el dolor.

Adiós, marinero... marinerito, hermano... ¡Adiós!

PARA MAITE

CRÓNICA DE UN DÍA DE HUELGA

Maite era una muchacha alta, delgada, pelirroja, pecosa y muy simpática. Tenía largos cabellos, que a veces se recogía en una cola larga y trenzada. Sus ojos eran grandes y de color castaño; sus dientes, largos y muy blancos.
Maite era la única hija de una “familia bien”: tenían un hermoso chalet en la urbanización de Valdelagrana, cerca de la playa, y era, además, una recomendada en la fábrica en la que yo trabajaba. Debieron de aceptarla por algún extraño compromiso, un secreto favor, aunque luego nadie sabía adonde ponerla, pues, como secretaria, ya sobraban plazas. Finalmente, la emplearon de telefonista, para atender las llamadas y redirigirlas, rauda, a quien debiera escucharlas. Su trabajo era tan escaso que la joven se aburría, y cuando entraba alguien en la oficina se alegraba tanto que se le notaba: por sus gestos, su sonrisa, su charla… Colmaba de atenciones al visitante, mientras que con una voz susurrante, muy femenina, muy agradable, que encantaba, el motivo de la visita le preguntaba. Y este mismo comportamiento tenía si el visitante venía con un mono azul de trabajo, sucio y con grasa, que si de un señor con traje y corbata se tratara.
. Un día de abril, por la mañana, debido a la firma de un convenio que no llegaba, hacíamos todos huelga en las puertas de la fábrica. Bueno… todos no, que algunos faltaban, los de siempre: el gerente, el director, el contable, las secretarias, los encargados… Esas personas nunca dan la cara en los conflictos, aunque luego, cuando se ganan, les guste también poner la mano y recoger las ganancias… Pero eso lo tenemos asumido: entre los administrativos y el personal obrero existe una valla invisible.
Fue entonces que llegó Maite montada en su ciclomotor y se dispuso a entrar a trabajar. Sus compañeras de oficina, que ya estaban dentro, la animaban a entrar asomadas a las ventanas, pero una jauría de coléricos hombres le cortaron el paso y exigían de mí que yo la arengara diciendo: “Ella no debe de entrar, pues si no estamos todos aquí, se rompe la baraja…”
Como yo era el delegado sindical de aquella fiera manad, me fui derecho hacia ella, hacia aquella asustada y temblorosa muchacha. Ella, al verme, se alegró: ¡Creía que yo iba a protegerla! Lejos de eso, allí, delante de cuarenta hombres, llegué a ponerla morada:
— ¿Qué pasa, Maite?, ¿tú no haces huelga…? ¡Claro, a ti no te hace falta! Tus padres tienen mucho dinero y no sé ni porqué trabajas: le quitas el puesto a otra persona, quizás más necesitada. ¿Qué le has hecho tú a tus jefes para que estés tan bien mirada y no puedas, ni siquiera hoy, estar lejos de ellos, aquí dándoles la espalda?
Mientras todas esas barbaridades decía, la gente escuchaba contenta: tenían su carnada… Y agradecidos de que fuese otro, y no ellos, el que diera la cara, me decían, dándome palmaditas en la espalda: “Oye, delegado… ¡Pero qué bien hablas!”
Yo, cabreado, al ver cómo Maite lloraba, sintiéndome manipulado, les grité a los que bloqueaban la entrada:
— ¡Dejadla entrar; de todas formas no será ella la que ponga en marcha las máquinas!
La gente se apartó, dejando pasar a la chica, no sin dejar de criticarla con groseras palabras.
Unos días más tarde se firmó el convenio. El director me dio la mano y prometió subirnos el sueldo y pagarnos unos atrasos. Todos mis compañeros, incluso los administrativos, me felicitaron: “Eres el mejor delegado”, me decían una y otra vez.
Pero en aquel empeño había ofendido a Maite… y perdí una amiga, la mejor compañera que había en la fábrica… ¡Cuánto me dolía eso!
Un día le pedí perdón por mis palabras, y ella me aseguró que ya las tenía olvidadas, que no sufriera; no pasaba nada. Ella reconocía que yo tenía mucha carga de responsabilidad aquel día, en fin, que lo olvidara… Emocionado yo le di las gracias. Nadie se enteró de que aquel día fui solo a la oficina para pedirle excusas y rogarle que me perdonara; tenía miedo de que los demás me criticaran.
Unos días más tarde le escribí una carta y le dije:
—No me importa que la enseñes, que la coloques en el tablón de anuncios o que la quemes…Haz lo que quieras con ella.
— A nadie le importa esto –me dijo después de leerla-, simplemente, lo que haré será guardarla en recuerdo tuyo –me contestó con una sonrisa la pelirroja muchacha.
— La carta consistía en un poema que llevaba por título su propio nombre:MAITE


Maite:
Una mañana de Mayo
en las puertas de la fábrica,
bajo una gran tensión,
te dije unas palabras
que te hirieron en el alma.

Desde entonces estás triste
y al verme vuelves la cara.
Yo echo de menos
la simpatía que mostrabas.

No fue mi intención primera,
chiquilla de mi alma,
al verte allí parada
decirte esas palabras.

Sólo quería pedirte
que estuvieras, con nosotros,
dando la cara
en las puertas de la fábrica.

Ahora he comprendido
que sólo eres una niña,
una frágil muchacha,
a la que ofendí
con mis palabras.

Quisiera, querida niña,
que me perdonaras.
Sigue viviendo la vida
con alegría... que no pasó nada.

Y cuando me veas,
no bajes la mirada,
que yo te aprecio mucho,
compañera y amiga,
Maite de mi alma.
Sé que, cuando pasen los años
y dejes de ser muchacha,
comprenderás que, a veces,
la huelga es necesaria.

Mientras tanto, perdóname
compañera, mi amiga…
Olvida aquellas palabras
que te hicieron mi enemiga.
Y eso, me duele en el alma.

FIN