sábado, octubre 29, 2005

EL TABACO






Hay días en que todo te sale mal, te levantas con el pie izquierdo y luego no paras de tropezar.
Un día, hace ya muchos años, fui con una amiga mía a ver la nieve a Chamonix. Nos hospedamos en el Hotel du Bois, situado a los pies del Mont Blanc. Mi amiga me sorprendió al llegar, pues de su coche comenzó a sacar artilugios deportivos de invierno: esquíes, guantes, gorro, botas, gafas de sol, cremas solares, ect. Yo no llevaba nada más que una maletita con un “neceser”, dos mudas de ropa exterior y cuatro interiores, pues sólo íbamos a quedarnos el fin de semana.
El hotel era un edificio acogedor, moderno y bonito. A través de sus grandes ventanales podíamos apreciar el maravilloso paisaje de la montaña helada, de sus pistas de hielo y de sus contrastes claroscuros a la luz del sol. Al día siguiente, después de un buen desayuno, comencé a sacar fotos mientras mi compañera se montaba en una telesilla y se elevaba rápidamente hacia la cima, cargada con su equipo deportivo. La fui siguiendo con el zoom de la cámara hasta que su imagen se difuminó. Luego entré muerto de frío en el hotel y me recosté en la barra del bar, ¡eso era lo mío: un buen cubata de ron Barceló con Cola y no menos de 23º de temperatura! A mi lado sólo había un señor leyendo el periódico y fumándose un puro, cuyo olor y humo invadía la sala. Todo el mundo se había marchado en el teleférico a disfrutar de la nieve. El camarero me observaba como a un bicho raro, pues no es normal llegar hasta una lejana estación de esquí para quedarse en el bar mientras mi compañera se marchaba sola a la montaña, donde abundaban los merodeadores humanos que sólo venían a ligarse a la primera fémina que se pusiese a tiro.
Al cabo de un rato y sin poder soportar más el silencio del local, le dije al señor que leía el periódico, para cortar el hielo, nunca mejor dicho:
– Huele bien ese puro, ¿de qué marca es?
– Es de la casa Cohíba. No son comercializados: se fabrican muy pocos de éstos. Están numerados, y me los envía exclusivamente a mí un amigo desde La Habana, en Cuba.
– ¿Y vale mucho un puro de esos?
– Seis francos suizos.
– ¡Caray! Un poco caritos, ¿no cree usted?
– Sí; son caros.
¡El tío no gastaba mucha saliva hablando, que digamos! Pero eso no me iba a disuadir: yo era un cliente del hotel, y tenía derecho a molestar a quien sea; para eso pagaba.
– Y… ¿Cuántos se fuma usted cada día?
– Cinco puros.
Yo encendí mi calculadora mental y calculé: 5X6= 30 Francos S. al día, ¡una barbaridad!
– ¿Fuma usted desde hace mucho tiempo?
– Desde hace cuarenta años.
Mi calculadora vuelve a entrar en acción: 40x30x365= 440000 FS.
– ¿Se da usted cuenta? Si hubiese usted guardado ese dinero, hoy sería usted el dueño de este hotel.
– Sí; es cierto. ¿Usted fuma?
Entonces vi la ocasión soñada desde hacía tiempo, ¡siglos!, de poder expresar mi desprecio a los fumadores:
– ¿Fumar yo?, ¿llenar las habitaciones de humo y de mal olor?, ¿obligar a tragar el humo que ha recorrido el estómago y los pulmones llenos de microbios a bebés, ancianos y niños sin preocuparme de ellos?, ¿impregnar las ropas de la gente con ese asqueroso olor? ¡Jamás!
– Entonces…, es usted el dueño del hotel
– No…, no.

El hombre se llevó el puro a la boca, aspiró un momento el humo y luego lo expulsó, y mirándome a la cara dijo:
– Yo sí
Me dejó cortado .Subí a mi habitación y me puse a ver la tele hasta que mi amiga volvió. Le conté lo sucedido y le dije que el tío me había dejado completamente helado. Entonces ella sonrió y me dio todo su calor. Menos mal, que si no…

martes, octubre 25, 2005

MI TRABAJO













Hoy, 25 de octubre de 2005 es el “Día de Internet” y, como para celebrarlo, no funciona el portal en donde yo participo habitualmente en sus foros, www.bibliotecasvirtuales.com. Es el colmo de la desidia. Desde hace tiempo me pregunto por qué sigo en ese portal tan desesperadamente lento. Sé la razón: hay muy buena gente dentro, que, como yo, deben de sufrir la incompetencia de los organizadores.
También es un día triste, porque a partir de hoy me he quedado sin trabajo.
Mi obra se va, se va cargada en un barco que se ha hundido en la Bahía de Cádiz para cogerla en brazos y partir con ella a lejanos mares. Se va al Norte, al mar de Barents, y ya nadie sabrá que es mi obra y la de mis compañeros. También éstos se han quedado parados y preocupados por la situación laboral.Todos sufrimos de la misma enfermedad, una muy contagiosa: debemos de comer tres veces al día, o por lo menos dos, si no, todo se derrumba, todo se descontrola: las letras de las hipotecas llueven, los niños lloran, las esposas te acosan a preguntas: ¿Y ahora qué? ¿Qué vas a hacer? ¿Adónde irás?, como dice la canción.
Y uno se encoge de hombros porque no tiene respuestas; se compra el periódico aun sabiendo que no hallará nada interesante, no tendrá ninguna oferta de trabajo y sí numerosos cursillos de pago, impartidos por agencias que prometen solucionar tu problema; pero eso es mentira: sólo soluciona el problema de ellos, de quienes imparten el cursillo, que ven así cómo suben sus ingresos a costa de la desgracia del que pierde su empleo.
Observo cómo mi obra avanza, llevada casi arrastras por tres remolcadores hasta el centro de la Bahía. El barco rojo ya está hundido, esperando que la gran mole de acero pase sobre él. Entonces se levantará, cual felino que salta sobre su presa, y levantará el fruto de mi trabajo a tres metros sobre el nivel del mar. Luego tocará la sirena para despedirse de Cádiz y partirá rumbo al Norte, a un lugar en que las noches duran seis meses, lo mismo que  los días. Un lugar donde las temperaturas descienden hasta -40ºC.
Mi obra llevará el gas natural a millones de personas desconocidas para mí, como yo lo soy para ellas.¡Pero ahí está! Yo he participado en su creación, en su parto, en todo.
¡Y ahora me quedo sin trabajo! Nadie me preguntará si necesito algo, si me puede ayudar.No,yo ya no existo, no soy nadie; mi obra me supera y se marcha para siempre a un lejano mar, a cumplir con su cometido.
¡Así es la vida!

domingo, octubre 23, 2005

LA MARCHA VOLANTE


“LA MARCHA VOLANTE”

Mes de junio de 1959. Estancia en el campamento de la IX Promoción de la Escuela de Formación Profesional “Francisco Franco”. Málaga.

El gran número de escorpiones y tarántulas que había en la zona, obligó a las autoridades a montar el campamento sobre una plataforma de arena de cien metros de larga, cincuenta de ancha y dos metros de altura, construida en medio de encinas, alcornoques y lentiscos en la cima de la sierra. En la parte norte se hallaban las tiendas de los jefes y el botiquín; en la parte izquierda se contaban siete tiendas de campaña, y otras tantas en el lado derecho. Cada una de ellas estaba ocupada por una “escuadra”, es decir: siete personas, componentes de cada una de las 14 escuadras que juntas formaban la “Centuria Guerrero Castillo.” En medio se alzaba un mástil de quince metros de altura que sujetaba ondeando a la bandera de España.




Eran las cuatro de la mañana cuando la corneta tocó diana. Nos levantamos apresuradamente, preguntándonos qué demonios sucedía para que nos convocasen tan temprano.
Cinco minutos más tarde, los cien miembros de la centuria se presentaban firmes delante de sus respectivas tiendas de campaña. El jefe pasó revista de una punta a otra del campamento.”Sin novedad”, le decían los jefes de escuadras al pasar por delante de sus respectivas tiendas. Una vez pasada la revista, el jefe de centuria leyó la Orden del Día:
“Después de desayunar marcharemos hasta la Cueva de las Piletas, sita en Benahoján, a unos treinta kilómetros del campamento. Cada escuadra llevará los utensilios necesarios para la marcha: platos, vaso, cubiertos, y agua. La comida se facilitará en el lugar de destino por el Ayuntamiento de la ciudad anfitriona. Los componentes de cada escuadra, se turnarán en la labor de transportar los utensilios que usarán sus compañeros.”
Luego se comenzó a izar la bandera mientras todos nosotros cantábamos el “Cara al Sol” con el brazo extendido a la altura de los ojos. Al grito de “¡Rompan filas!”, cada cual se fue corriendo a las duchas y a los servicios. A las cinco en punto, con el desayuno completado, iniciamos la marcha hacia la cueva.
Mi tienda era la última de la derecha y como se comenzó a formar la fila por la parte de la izquierda, resultó que nosotros éramos los últimos de una fila de cadetes que caminaban por la vereda hacia el destino programado.
Poco a poco me fui quedando detrás de todos. La orden era de relevar al camarada que fuese cargado con el macuto de los utensilios cada media hora, pero como me quedé detrás con la carga, nadie venía a relevarme. La distancia se fue ampliando y llegó un momento que me quedé solo, sin ver a nadie, sin saber por dónde estaba el resto del grupo.
Me preocupé mucho al verme solo en la montaña, cargado y con una rozadura dentro de la bota que me hacía imposible el continuar andando. Estaba ya amaneciendo, el sol aparecía ya por encima de la línea de la sierra de Ronda, llenando el paisaje de tonos anaranjados. No se veía a nadie delante de mí. Calculé en unos dos kilómetros la distancia que me separaban de mis compañeros, pues ésta era, más o menos, la longitud de la senda que aparecía ante mí sin rastro de ellos. Pensé que éstos se habían dado cuenta de mi ausencia, pero como a ellos les beneficiaba, porque así no tenían que relevarme de mi carga, no se daban por enterados.
No podía más. Decidí sentarme a descansar y abandonar la visita a la cueva. A la vuelta me encontrarían en el mismo sitio que me había detenido, pensé. Fue en ese momento que me resbalé y caí rodando por la pendiente del monte. Me detuve a unos diez metros de la senda.
Sentía un fuerte dolor en la pierna y en la cabeza, sangraba por la nariz y tenía arañazos en los brazos. Tuve miedo de no poder salir de allí, y comencé a llorar. No podía mover la pierna derecha, el tobillo se me había hinchado y me dolía terriblemente. Una hora más tarde, quizás para espantar al miedo comencé a cantar en voz alta una canción que cantábamos en los desfiles del Instituto:

“Canciones que llegan al alma,
y el viento las lleva por ahí.
¡Que en España, en España,
comienza a amanecer!
Al cielo se alzan felices promesas
Y hasta las estrellas encienden mi fe.
¡Gloria, gloria! ¡Gloria y victoria!
Con el cuerpo y con el alma,
con las armas en la mano.
Por la Patria.”

De pronto me asusté al sentir un ruido; pensé que algún animal salvaje venía a atacarme, y grité: ¡Socorrooo!

– ¡No temas, camarada, aquí estamos!
Miré hacia arriba, hacia el camino, y vi a un grupo de compañeros que bajaban a recogerme. El jefe de centuria me examinó y vio el estado en que me hallaba. Miró alrededor y vio que no había ramas ni ningún material apto para construir una camilla. Entonces gritó:
– ¡Un voluntario para llevar a cuestas al camarada!
– ¡Presente! –, gritaron cien voces a la vez.
Uno de ellos, de diecisiete años, me puso sobre sus hombros, con una pierna colgando a cada lado de su pecho, y me llevó así durante media hora; luego, otro le relevaba, y así llegamos hasta la cueva.
La Cueva de las Piletas era una maravilla recién descubierta, cuya entrada se hacía por arriba y una vez dentro se bajaba hasta cuatro plantas. Contenía pinturas murales y preciosas figuras de estalactitas y estalagmitas que semejaban a personas y animales. El agua era abundante y formaba grandes pilas, de ahí su nombre. Acostada en un nicho de la tercera planta se hallaba el esqueleto fosilizado de una mujer, cuya antigüedad calculaban en unos diez mil años.
El Ayuntamiento de Benahoján nos obsequió con un almuerzo y luego regresamos en tren hasta la estación de Cortes.
Al llegar a la estación, el jefe de campamento me dijo que iba a llamar a un taxi para que me llevase hasta el campamento, pero yo le dije que preferiría irme con mis compañeros de tienda.
– ¡Pero si no puedes andar!–, exclamó él.
– Nos arreglaremos, camarada–, le dijo mi jefe de tienda.
Y así regresamos. Atado a una cuerda por la cintura y remolcado por mis compañeros, subí los ocho kilómetros que separaban la estación de RENFE del campamento.


FIN

jueves, octubre 20, 2005

DIVINA ASAMBLEA


DIVINA ASAMBLEA

Aquella tarde, nos extrañó a Eva y a mí, que nos convocasen a una asamblea en el centro del Paraíso, justo donde se cruzan los ríos Éufrates y el otro, ¡vaya, no me acuerdo el nombre!, ya no soy perfecto desde aquel día en que probé la manzana de Eva, quiero decir: la que había cogido ella del árbol, no seáis mal pensados. ¡El Tigris, ya me acuerdo!
Cuando Eva y yo llegamos al lugar de la reunión, Dios estaba sentado y rodeado de una miríada de ángeles, que le hacían la pelota volando alrededor y riéndole todas las gracias. Abajo había una representación de algunas especies de animales de pie ante el trono. Dios nos vio enseguida y mandó callar a todos; luego, mirándome muy serio a mí (no sé por qué a mí, si la culpable era Eva), me dijo:
Voy a dictar las normas por las que se regirán a partir de ahora todos los seres que viven en la Tierra. Comenzaré por la vaca. Vaca : "Tendrás que ir a los campos de los campesinos, sufrir todo el día al sol, parir continuamente y dejarte exprimir cuanta leche sea posible. Tus hijos morirán en las plazas de toros Así pues, te concedo una esperanza de vida de 60 años". La Vaca contestó: "¿De verdad quieres que viva una vida así de desgraciada durante 60 años? Mira, creo que con 20 tengo más que suficiente, así que quédate tú con los otros 40". Y así fue. Luego, Dios se dirigió al perro y le dijo:"Tendrás que estar sentado todo el día detrás de la puerta de entrada de la casa del Hombre, ladrando a cualquier persona que se acerque. O cazando para que el Hombre se coma el fruto de tu caza. Así pues, te concedo una esperanza de vida de 20 años". El Perro contestó: "¿De verdad quieres que viva 20 años tocándole los huevos a los demás y dejando que los demás me los toquen a mí? Mira, creo que con 10 tengo más que suficiente, así que quédate tú con los otros 10". Y así fue. El tercer animal que llamó Dios fue al Mono. Dios lo miró de arriba abajo y le dijo: "Tendrás que divertir a la gente, hacer el tonto y adoptar las expresiones más idiotas que te puedas imaginar para hacerles reír. Así pues, te concedo una esperanza de vida de 20 años". El Mono objetó: "¿De verdad quieres que viva 20 años haciendo el tonto? Mira, me agrego a la opinión del Perro y te devuelvo 10 años". Y así fue. Al final, Dios se dirigió a mí y me dijo: "Tú no trabajarás, no harás otra cosa que no sea comer, dormir, hacer el amor, divertirte y emborracharte. Así pues, te concedo 20 años de vida".
Yo me puse a temblar, y no de frío precisamente (en el Edén no hacía frío ni calor, aunque no salía nunca el Sol y sólo llegaba la claridad a través de la capa de nubes que rodeaba la Tierra, produciendo una neblina húmeda que bastaba para hacer que las plantas crecieran tan maravillosas como en un invernadero. Ver Génesis). Como de todas formas ya estaba condenado, me atreví a quejarme:
–¿De verdad quieres que disfrute sólo 20 años de esta bendición? Mira, me he enterado de que la Vaca te ha devuelto 40 años, el Perro 10 y el Mono otros 10, sumados a mis 20 serían 80, ¿por qué no me los das todos a mí? Y así fue.Dios me dijo:
"Adán, hijo mío: De ahora en adelante, podrás comer de todo, hacer deporte, jugar, hacer todo lo que te dé la gana, sin límites. Puedes criar, amar o matar a los animales; nadie te pedirá cuentas; lo mismo puedes hacer con la vegetación: cuidarla o aniquilarla. Pero no pasarás de los 80 años". La asamblea se disolvió alegremente y cada cuál retornó a sus quehaceres. Ahora ya podéis entender porqué los primeros 20 años de nuestra vida no hacemos otra cosa que comer, dormir, jugar, joder, disfrutar y no hacer una mierda. Durante los sucesivos 40 años trabajamos como animales para mantener la familia, los siguientes 10 hacemos el tonto para divertir a los nietos y los últimos 10 los pasamos tocando los huevos a todos los que están a nuestro alrededor.

lunes, octubre 17, 2005

MI NIETECITA



Hace cinco meses, cuando mi hija me llamó por el móvil y me dijo: “Papá, estoy embarazada”, creí que el cielo se me caía encima.

La noticia de una hija soltera, sin empleo estable, residiendo con unas amigas a ochocientos kilómetros de mi casa me aplastó. Luego pensé en la criatura y comencé a hacerle un sitio en mi corazón: la pobre no tenía culpa de la mala cabeza ni de las imprevisiones de su madre.

Mi esposa, llena de alegría desde un primer momento, comenzó a comprar lanas y a hacer trajecitos de color rosa y azul, mantillas y jerseys de diferentes tamaños, previendo su rápido crecimiento.

De vez en cuando se cruzaban los mensajes y las llamadas al móvil buscando la información deseada: ¿Cómo está la mamá?, ¿te hace falta algo, hija? Te he comprado un canastito para el transporte. ¿Por qué lo has hecho, mamá?, todavía es muy pronto y eso trae mala suerte. ¡Bah, no hagas caso de las supersticiones! Será una niña, ya lo verás. ¿Y por qué lo dices? Por que yo lo sé; será una niña.

A los tres meses nos llega la noticia:
– Mamá, es una niña
– ¡Ya lo sabía, nunca me equivoco!
–Eres una bruja, mami.
–Bueno, y ¿cómo está ella?
–Muy bien, se parece al papá en la boca: tiene el labio superior reboleao.

Y llego yo del trabajo y me lo cuentan. Me pongo muy contento y los ojos se vuelven lagrimosos. No sé por qué. Qué tontería, ¿verdad?

Nos alegramos todos, olvidando que esa niña es un problema añadido a los que ya tiene mi hija: se le acabó el contrato hace dos meses y como ahora está embarazada no se lo renovarán. No podrá pagarse los gastos, aunque sus compañeras de piso le han dicho que no se preocupe, que cuando encuentre trabajo ya les pagará. Le dije que se viniese a su casa, que su habitación permanecía a su disposición tal como la dejó ; que los abuelos criarían a la niña. Pero ella no quiere volver: no quiere ser una carga para nosotros y dice que, como aún le queda paro, espera encontrar algo antes de que se le agote la ayuda.

Y ayer, domingo 16 de octubre, me suena el móvil y me avisa de un mensaje MMS. Lo abro y me encuentro una mancha clara-oscura y un texto: “Papi, esta es tu nieta. Se parece a ti.”

Y la miro y remiro, le doy vueltas al móvil buscando la mejor posición para ver eso que me dice la niña que se parece a mí. No entiendo nada de ecografías, pero al final sí creo ver una cabecita donde se distingue una carita, los ojos y la boca, o es que es tanta la ilusión que tengo que lo adivino mejor que verla.
¡Qué alegría siento! La miro y le hablo dándole la bienvenida, animándola a portarse bien y a no darle muchos problemas a su madre, que se queja de que no la deja dormir con sus pataditas.
– ¡Bienvenida seas, nietecilla!- , le dije. Y la besé.

jueves, octubre 13, 2005

EL AUTOBÚS DE LA MUERTE




Melilla, a media mañana. Una fila de autobuses espera en la frontera con España a que sean completamente llenados por los viajeros, unos seres de color negro que asoman sus cabezas por las ventanillas. Se ve el desaliento en sus caras tostadas; algunos, incluso lloran como niños, pidiendo justicia a los inclementes guardias que rodean los vehículos. Unas manos encadenadas asoman por una ventanilla y la imagen es fotografiada y da la vuelta al mundo: ¿son esclavos?, ¿ladrones?, ¿asesinos? ¿Qué crimen han cometido?
Son personas que huyen del hambre. Sólo eso.
Por eso han abandonado sus respectivos hogares y familias en países lejanos, a cientos, miles de kilómetros de Melilla, la llave de la puerta de entrada al Paraíso. Hasta llegar aquí, han debido de cruzar bosques y desiertos, llanos y montañas; se han aventurado en pateras asesinas, de las que han sido rescatados cuando navegaban a la deriva exhaustos, sedientos, delirantes por las fiebres, temblorosos por el frío. Y ahora están aquí, detrás de una valla que los separa del sueño de sus vidas: España, puerta de Europa. Se han encontrado con una valla imprevista, construida con premura y precipitación para contener la avalancha. Se les ha consentido construir escaleras de maderas y palos para alcanzar la cima y tirarse al otro lado asumiendo los golpes, arañazos y disparos de no se sabe qué policía o ejército. Y unos cuantos cientos de ellos lo han conseguido, ¡han entrado en el país y ya tienen derechos!
Los otros…ahí están, dentro de los autobuses de la muerte, o del infierno. Los llevan encadenados, esposados unos a otros hacia el Sur, al límite de Marruecos, al desierto cruel. Sin agua, sin alimentos… están condenados a morir solos, abandonados a un terrible sufrimiento físico y psíquico. Algunos de entre ellos tienen sus papeles en regla para obtener asilo político, huyen de los gobiernos dictatoriales que les han condenado por disidentes. Pero no se les piden los papeles, se les ha apresado y metido en el autobús sin oírles, sin dejar que expliquen sus problemas…
Y las imágenes terribles, interesadas, tomadas por la prensa afín al partido de la oposición de turno, han dado la vuelta al mundo, levantando los ánimos, enfrentando unas naciones con otras, unos ciudadanos contra otros. Los unos a favor del Gobierno, los otros pidiendo dimisiones. Y yo en medio.
Yo no quiero que vengan más inmigrantes a España, ya no caben. España es un país que comienza a levantar cabeza, aún está muy por detrás de los países fundadores de la Unión Europea. Comenzábamos a ver el final del túnel, tras largos años de penuria y oscurantismo cuando nos alcanzó la llamada “Globalización”, el libre comercio, el libre tránsito de capitales que permite que los empresarios abandonen sus países y se instalen en los que más beneficio les reportan, aún a riesgo de no respetar los derechos humanos, contratando a familias enteras para que trabajen a bajo costo en sus miserables viviendas para que produzcan artículos que luego se venderán con marcas carísimas en las tiendas más renombradas de las grandes ciudades.¿He dicho contratando? ¡Qué va!.. Ni siquiera eso. No hay contrato de por medio, se paga por pieza producida, sin derecho a descansos, vacaciones, jubilaciones, seguros médicos… ¡Nada de eso!
Por eso los empresarios españoles despiden a sus obreros y los sustituyen por inmigrantes; tienen menor coste, su beneficio es neto. Por eso yo estoy ya sin trabajo.
No, no quiero que vengan más inmigrantes a mi país, lo confieso, porque el futuro de mis hijos está en riesgo.
Sin embargo me rebelo ante esas manos encadenadas, ante esas miradas de súplica, ante el sufrimiento de esos SERES HUMANOS, que son transportados como animales en transportes superllenos como si fueran carne de matadero. ¿Pero, qué hacer, Dios mío, para solucionar esto?
Me pregunto por qué no se hace un seguimiento de adónde van las ayudas que los gobiernos de esos países que dejan morir de hambre a sus ciudadanos reciben de la Unión Europea y de los países que la componen ¿Cómo se permite que un reyezuelo gaste todo el dinero recibido en ayudas en beneficio propio y de su familia? ¿ Cómo se permite que un monarca se construya una mezquita valorada en varios miles de millones de dólares mientras sus súbditos se ven obligados para mantener a sus familias a exponer sus vidas saltando una valla llena de púas de alambre y custodiadas por gendarmes que no dudan en disparar a matar? ¿Por qué se le envían en ayudas millones de Euros al dictador Obiang, en Guinea, cuando se sabe que él se queda con todo y que lo utiliza para sofocar las protestas de los guineanos? ¿A cambio de qué se aceptan esas lacras? ¿Por recibir sus favores en las concesiones de sus recursos? En ese caso el dinero que se le envía no es una ayuda, es un soborno. ¿Por qué se permite que en nuestro siglo se continúe con tradiciones tales como la del reyezuelo que cada año se pesaba y recibía en oro la misma cantidad que marcaba la báscula? Me da asco ver cómo un reyezuelo de Dahomey (Benin) se dirigía a su pueblo usando un gran micrófono de oro macizo. Dahomey, por ejemplo, un país que fue francés y que mantiene su “protección" a cambio de ser el administrador de sus riquezas básicas. ¿No ocurre lo mismo en Mali, Ghana, Senegal, Mauritania…?
En resumen, sólo la intervención de los países fuertes y ricos puede hacer que esta avalancha de hambrientos cese: nadie puede ponerle puertas al hombre hambriento; las derribará, por muy seguras que sean. La solución es erradicar el hambre en los países de origen. Pero, cómo, ¿instalando fábricas e industrias en ellos? No, ya las tienen desde siempre y eso les ha obligado a emigrar. Se trata de darles un salario digno que les permita vivir sin tener que desplazarse, en lugar de darles, como ahora, ¡cinco Euros al mes!

domingo, octubre 09, 2005

Viaje al Santuario de La Virgen de la Cabeza























El día 10 de octubre del año 2004, a las siete de la mañana, salimos de casa hacia Andújar (Jaén), en donde está situado el Santuario. Carmen protestaba porque quería dormir un poco más y decía que era muy temprano; pero yo sabía que había más de cuatrocientos kilómetros, es decir: ocho horas de viaje - ida y vuelta-como mínimo, por lo que debíamos de madrugar si queríamos disfrutar de algunas horas libres para visitar los lugares. 

Paramos a desayunar y para ir al servicio en un hostal nuevo, situado pocos kilómetros antes de llegar a Écija. Allí compramos la lotería de Navidad, un décimo por 23 Euros. 
Serían las diez cuando pasamos por Córdoba, y le dije a Carmen que aún faltaba una hora de viaje para llegar al cerro del Cabezo, a 32 kilómetros al norte de Andujar, el lugar exacto donde está la Virgen de la Cabeza.
Llegamos a la ciudad y entramos por la entrada norte, al lado de Carrefour. Unos metros más adelante está el cruce donde un letrero indica: Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza. Los primeros diez kilómetros fueron penosos, porque la carretera estaba en obras y se encontraba con el asfalto levantado y llena de hoyos. Luego, el camino era agradable y el paisaje precioso, con sus espesos bosques de pinos y monte bajo; el aire era limpio y sano, con un agradable olor a pinos, eucaliptos y romero, según los lugares que íbamos pasando.
Cuando llegamos nos llevamos una sorpresa: no éramos los únicos que habían acudido a ver a la Virgen ese día. No encontrábamos aparcamiento y, después de dar una vuelta por toda la aldea, tuvimos que dejar el Ibiza en un sitio bastante apartado, cosa que no me agradaba lo más mínimo.
La subida por la cuesta del rosario hasta el Santuario estaba repleta de peregrinos, que subían con esfuerzo la empinada pendiente del camino, como Carmen, que casi se me muere: Me volví para grabarla en video y me la encontré parada y con los ojos grandes abiertos y la lengua afuera. Me asusté de verdad y le reñí por no avisarme de que subíamos muy deprisa para ella, que sufre de poca resistencia cardiaca. Una vez fue al hospital de Puerto Real para que le hicieran unas pruebas y la montaron en una cinta andadora con tal mala suerte que casi se les queda allí muerta. Entonces le recomendaron de no hacer esfuerzos, de andar despacio, sobretodo en las subidas de puentes o calles empinadas. Finalmente, llegamos a la plaza del Santuario. Desde allí se divisa un paisaje muy bonito en un radio de cincuenta kilómetros, pues estábamos a más de seiscientos metros de altura, y el cerro en el que nos encontramos es el más alto de todos los que hay en la zona. 

Estábamos en el corazón de Sierra Morena. Si pudiéramos trazar un círculo con una cinta métrica a nuestro alrededor, estaríamos a unos cien kilómetros de Córdoba, a cien de Puertollano, a cien de Jaén, y todo el centro del círculo ocupado por la Sierra Morena.
La plaza del Santuario estaba llena de gente esperando que acabase la misa para poder entrar en la iglesia, pues dentro de ésta no cabía ni un alfiler más. Nosotros entramos por la pequeña puerta lateral que conduce a la primera planta hasta el camerino de la Virgen.

 Subimos en fila india, apretados entre la gente que venía con ramos de flores para ofrecérsela a la Señora. Dentro del camerino apenas podíamos movernos, pues estaba lleno y sólo pudimos avanzar lentamente, pero sin pararnos, por una fila que pasaba por delante de la venerada imagen y salía por otra puerta. Yo no pude apenas grabar nada. Una mujer sentada en una silla cantaba canciones y poemas y también rezaba en voz alta. Vi a Carmen llorando y le pregunté qué le pasaba, y me contestó que se había emocionado al escuchar a la mujer que cantaba. No sé si sería esta la razón, pues el motivo de la visita al santo lugar era por que Carmen me había dicho que sintió un escalofrío al ver por televisión un reportaje de la Romería al Santuario de la Cabeza. Me dijo que había sentido algo raro y que se le erizó todo el vello. Me pidió que la llevase en cuanto tuviera ocasión y así lo he hecho. A mí también me ocurrió algo curioso hace ya muchos años:

En el año 1985, trabajaba yo en una parada de la central térmica de Puente Nuevo, cerca de Espiel (Córdoba), pero iba todos los días a dormir a Córdoba, en una casa particular en la que alquilaban camas. Éramos tres trabajadores de El Puerto que habíamos decidido irnos a la capital a pasar las noches, porque en el hostal en el que parábamos antes, situado un poco antes de llegar a la central térmica, en el cruce de Villaharta, no se podía dormir debido a que estaba abierto las veinticuatro horas, y no cesaban de llegar camiones y autocares durante la noche, y se oían los gritos y el jaleo de la gente que no respetaban el sueño de los residentes del hostal.
Por la tarde, cuando llegábamos a Córdoba, nos duchábamos y nos íbamos a tapear por la ciudad. Así cenábamos, pues los precios que veíamos en los restaurantes no eran aptos para trabajadores. Pedíamos unas rondas de cerveza y unas tapas, o alguna ración o plato combinado, y luego nos volvíamos a la casa a dormir, pues había que levantarse a las seis de la mañana para llegar a tiempo después de recorrer los cincuenta kilómetros que nos separaban de la central, por una carretera estrecha y llena de curvas que subía por la sierra y pasaba por delante del centro de instrucción militar de Ovejo y Cerro Muriano hasta llegar a Espiel.

 Un día, cansado de cenar tapas y volver casi borracho, le dije a la dueña de la casa que si me podía sacar un plato de la misma comida que tenían para ella y su familia, pagándole lo que fuera menester, pues yo era un trabajador y no podía permitirme cenar en bares todos los días. Ella aceptó, y desde aquel día nos hizo la cena a mis compañeros y a mí. No sabía cuánto debía de cobrarnos, pues ella decía que lo que había hecho era echar un poco más de comida en la olla familiar; pero nosotros, que le estábamos muy agradecidos, convinimos en pagarle algo menos de lo que nos hubiera costado cenar en un bar y así ganábamos todos.
Llegado el final de la obra, fui a pagarle a la señora y a despedirme de ella. Me preguntó entonces adónde iba a trabajar cuando me fuera de Córdoba, y yo le respondí que no lo sabía, que tenía que buscar trabajo y que me iría donde fuera necesario, tal como había hecho hasta entonces y tal como había llegado hasta su casa. Le dije que el trabajo en mi pueblo estaba muy mal y que el que encontraba siempre estaba lejos de mi casa, donde permanecían mi esposa y cuatro hijos pequeños que apenas me veían. Entonces la señora me preguntó mi nombre completo y mi edad, y me dijo que esperase un momento que iba a consultar a su madre. Su madre vivía dentro de una habitación en la que no entraba nadie más que su hija; la habitación despedía un fuerte olor a velas e incienso cuando la hija abría la puerta, y según pude ver en aquella ocasión, las paredes estaban repletas de velas encendidas a los lados de cuadros e imágenes de santos. En medio de la habitación había un sillón antiguo y grande, y en el se sentaba la madre de mi patrona. Me daba la espalda y no pude verle la cara; frente a ella, había un altar lleno de flores y de velas con la imagen de una virgen. Todo ello lo pude ver como en un flash, en un segundo, el tiempo de abrir y cerrar la puerta enseguida.

Al cabo de cinco o diez minutos,  volvió a salir la mujer y me dijo: “Me ha dicho la Señora que ahora vas a tener trabajo cerca de tu casa durante mucho tiempo. Vete tranquilo.”
Yo no sabía en aquél momento si reírme o qué, pues no creo en curanderas ni santonas; pero por respeto permanecí serio y le pregunté: ¿Le debo a usted algo por la consulta...?
Ella me contestó: “A mí no me debes nada, agradéceselo a la Señora”. Me quedé sin saber qué decir, pues no sabía cómo debía agradecerle su “gestión” a la señora que permanecía invisible en su habitación. La mujer, adivinando mis pensamientos, me dijo: “ No es a mi madre a quien se lo debes: ve a visitar a Nuestra Señora de la Cabeza y agradéceselo a ella”.
Durante el viaje hacia El Puerto, les conté la anécdota a mis compañeros, y estos se echaron a reír. Yo me olvidé del asunto, y encontré trabajo en La Línea durante un mes, luego me quedé sin trabajo.   A los dos días de llegar a mi hogar me llamaron de una empresa situada en El Puerto, a tres kilómetros de distancia, y me ofrecieron trabajo. Sólo habían transcurrido cuarenta días desde que aquella señora cordobesa me dijo "que encontraría un trabajo cerca de mi casa". En éste permanecí hasta el verano de 1991, seis años de trabajo. Desde entonces me pregunto: ¿Tuvo algo que ver la Señora de la Cabeza?
Durante todos esos años quise ir al Santuario para verla, pero al final sólo quedaba en eso, en el deseo. Sólo fue a los quince años de haber encontrado ese trabajo que, aprovechando un viaje a Madrid para ver a mi nieto, me desvié de la ruta al llegar a Andújar y fui con mi esposa a ver a la Virgen. Mi mujer se emocionó mucho y le ofreció un ramo de flores. Luego continuamos el viaje para ver a Iván, nuestro único nieto hasta el momento. Esa es la historia que quería contar.
Esta vez, salimos del camerino de la Virgen y pasamos por el patio interior de la iglesia, un patio lleno de macetas; pero antes besamos a la imagen de Nuestra Señora y al Niño, una pequeñita imagen de piedra que sustituye a la auténtica imagen fundadora del Santuario, que desapareció en la Guerra Civil. Luego salimos fuera y me indignó ver un monumento (un águila de bronce sobre un pedestal de piedra) que recuerda a las victimas del bando de los vencedores de la Guerra Civil, donde llama "ordas salvajes" a los del bando contrario, compuesto por ciudadanos también españoles, que defendían el sistema legal establecido. ¿Cómo es que aún permanece ese cartel fascista después de veinticinco años de Democracia? Grabamos en video una vez más el paisaje y descendimos el monte hasta el coche. El reloj señalaba la una de la tarde. Teníamos hambre y nos paramos a comer en Andújar, en el restaurante El Botijo, un lugar en el que yo había pernoctado un par de veces al volver a casa desde  Valencia, donde residían mis padres. 
Pedimos una sopa de picadillo, calamares a la plancha, que luego fueron a la romana porque se equivocó el camarero, y una tarta de postre y el café. El camarero no cesaba de pedirnos disculpas por su error y nos invitó luego a unos bombones con una copita de licor de turrón (bebida elaborada en una fábrica situada justo enfrente del restaurante). La comida nos costó 37 Euros en total, incluidos 2 Euros de propina.
Al pasar por la circunvalación de Córdoba, me desvié de mi ruta y entré en la ciudad. Quería darle una sorpresa a Carmen: visitar la Mezquita. Pero lo que vimos allí, no se puede contar; no hay palabras para expresar tanta belleza: hay que verla.

viernes, octubre 07, 2005

MI AMIGO EL MARINERO






Cuando yo vine a vivir en el Puerto de Santa María, en la primavera de 1982, había una flotilla de unos sesenta barcos de pesca. Era ésta una de las mayores industrias de la ciudad. Poco a poco la flota ha ido menguando, prefiriendo los armadores desguazar sus barcos en vez de recomponerlos, pues reciben por ello de manos del Gobierno grandes sumas de dinero.
Tenía yo en aquel tiempo un amigo que era marinero, un compañero del bar adonde yo acudía a diario a degustar unas copas de vino fino después del trabajo. Allí nos encontrábamos a veces, cuando él volvía de la mar, después de varios días sin pisar tierra, lejos de su hogar. Apoyado en el mostrador me contaba, mientras se bebía una copa detrás de otra, hasta que se derrumbaba, el peligro que había corrido, el miedo que había pasado dentro de aquél cascarón, de carcomida madera, al que llamaban barco:
–Imagínate por un momento cómo lo pasábamos, amigo: En un pequeño cuchitril dormíamos diez hombres amontonados, sin contar el patrón, que ése tenía otro cuarto. Cuando estaba en mi litera, en días de temporal, sentía la enorme fuerza de las olas golpear contra la débil madera que me separaba del mar…Y por las viejas juntas de las tablas el agua que a veces entraba mojaba las sábanas de mi cama. No tenemos lavabos ni retretes… Para lavarnos, del mar el agua en un cubo se saca, pues para beber el agua dulce se guarda. Para hacer lo demás, los pantalones te bajas, sacas el culo por la borda y… ¡hala, a soltar en el agua!
–Pero… ¡Eso es increíble! ¿Y en esas condiciones, de nuevo te embarcas? –preguntábale yo, sereno, pues llevaba bebidas muchas menos copas que él.
– ¿Que otra cosa puedo hacer? Yo he nacido marinero, de padres marineros. No sé hacer otra cosa que navegar, echar las redes y pescar. Pasar varios días en la mar y, cuando vuelvo a casa, emborracharme para olvidar… ¿Sabes tú, compañero, cuántos marineros se ha tragado en un golpe la mar cuando estaba solo en la cubierta, con el culo al aire haciendo su necesidad? Pregunta.., sí, pregunta en El Puerto a cuántos marineros se ha llevado la mar… ¡Oye, tú, compañero!-le decía al camarero- Tú no dejes de llenar, que nunca esté vacía mi copa, aunque me veas lleno y que no pueda más..., que ya vendrán los míos para llevarme a casa y meterme en mi cama, de limpias sábanas, para dormir la mona sin pensar en nada, sólo olvidar…-Luego, mirándome a mí, continuó diciendo-: Si tú supieras, amigo, lo que hay que tragar desde que salimos de El Puerto hasta que volvemos a la lonja a descargar… Hay que pagarle al moro, aunque no estés en su mar, para que te dejen pescar. Si no, te llevan a puerto y te detienen, te quitan la carga y te encarcelan hasta que alguien pague la multa por pesca ilegal, aunque el barco se hallase en agua internacional. Pero eso ellos lo niegan, y te encuentras solo; hay que pagar. Y además se quedan con la carga, el fruto de nuestro trabajo. Por eso el patrón, antes de salir de El Puerto, carga su barco de vino, tabaco y dinero. Dinero que en la mar no se puede gastar: son para pagar a los guardias moros que te vienen a abordar.

No sé si lo que mi amigo me contaba era cierto o producto de la cantidad de vino que se había bebido, pero esa canción yo la había oído otras veces, cantada por otras personas, y me acordé del refrán “Cuando el río suena…” Lo cierto es que ahora apenas quedan barcos en El Puerto; los han desguazado casi todos en lugar de repararlos. Los armadores, sus buenos dineros han cobrado de Bruselas por hacerlo; los marineros han ido a engrosar el número de parados del pueblo.
En uno de estos viajes, de El Puerto salieron a bordo de uno de esos barcos una docena de marineros y tan solo volvieron dos: uno vivo, el otro muerto… No pudieron utilizar las lanchas salvavidas porque, según dicen, estaban… ¡rotas!
Un barco francés escuchó la llamada de SOS. que hizo el barco en medio de una fuerte tormenta, y acudió a prestarles ayuda. Les echó una red para que trepasen por ella, pero la mar estaba tan agitada, tan fuertes eran sus olas, que la mayoría de los que lo intentaron murieron golpeándose contra el casco del buque mientras subían por la red. En la investigación que siguió, algo debía de haber de oscuro, pues nadie quería hablar de ello.
En memoria de los marineros muertos escribí un poema. Se lo mostré al representante sindical de ellos y me dijo:
–Mejor es que lo rompas que hablar de eso, pues lo que pasó nadie lo sabe; los marineros están muertos…
– Pero uno vive- dije yo, insistiendo.
– –Sí, pero ése no dirá nada: cobrará su dinero y lo olvidará. No, mejor es que rompas eso.

Al año siguiente, la víspera del aniversario de aquella tragedia, por medio de dos magnetófonos, uno grabando mi voz y el otro reproduciendo la obra de Berlioz, “Sueño de un aquelarre”, conseguí una grabación muy imperfecta pero aceptable de mi poema; se podía escuchar bien a pesar del ruido de fondo. La llevé a la emisora de radio de El Puerto y les dije que era un homenaje a los que el día siguiente, el 31 de marzo de 1987, cumplían el primer aniversario de su terrible naufragio. No la retransmitieron. La emisora sólo recordó las circunstancias del naufragio. Al día siguiente fui a recuperar mi cinta, pues aún no había registrado mi poema como Autor, me respondieron:”¿De qué cinta nos habla usted? Aquí nadie nos ha traído ninguna”. Así negaban haberla visto. Al salir de la emisora me pregunté: ¿Habría algo de cierto cuando aquel compañero del sindicato me dijo:”Mejor es que rompas y no hables de eso”?
De todas formas, aquí está mi poema. Lo escribí en memoria de los marineros, de todos ellos: los vivos y los muertos… De todos aquéllos que navegan mar adentro, y del amigo del bar, que por no volverlo a ver, ni conocer el nombre del barco en el que trabajaba, no puedo ahora saber si entre las víctimas se hallaba.
¡Va por vosotros marineros! Y que los responsables de aquel siniestro carguen en sus conciencias con los silencios que siguieron a aquellos hechos, lamentables, en los que tantas vidas se perdieron. Su título es “El naufragio del Calpe Quintan´s” y forma parte de mi libro de poemas “Nostalgia”, registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual con el nº CA-1632


EL NAUFRÁGIO DEL CALPE QUINTAN¨S


Marinero portuense
que te echas a la mar,
arriesgando siempre tu vida
para traer a tu casa el pan.

¿Cuántas veces en tu vida
te lanzaste con valor
a ese mar tan grande y fiero
en un viejo cascarón?

Silba el viento, fuerte.
La noche está oscura.
Olas grandes y negras, cae la lluvia.
El barco, descontrolado y herido
da vueltas y más vueltas. No hay luna.

No era ese tu mar, marinero,
aquél que te vio nacer.
Era un mar extraño, fiero.
Tú no pudiste con él.

¡SOS! La radio llama
¡El barco se hunde, lanzad las lanchas!
¿Las lanchas? ¡Están rotas!
El capitán se alarma...
Y una voz: ¡Hombre al agua!

Un barco, que por allí pasaba,
por más señas francés,
les prestó una ayuda rara:
¡En vez de lanchas, les echó una red!

Con lágrimas en los ojos,
la cara asustada y agarrado a la red,
rompían tu cuerpo las olas ¡Malditas olas!
Contra aquel barco francés.

Que soledad tan grande
en medio de aquellas olas.
Olas grandes, negras. ¡Malditas olas!
¿Qué hacen los del barco?
¿Por qué no se asoman?

Ya no hay barco marinero,
sólo olas, ¡muchas olas!
Y tú sientes mucho frío,
mucho dolor y mucho miedo.

Qué oscuridad más grande
va rodeando tu cuerpo.
Ya no te duelen los golpes,
te duelen tus pensamientos:
“Qué lejos estoy de los míos,
qué lejos estoy de El Puerto...
¿Cuánta gente, allí en mi casa,
por mí, estarán sufriendo?”

Marinero portuense
que te echaste a la mar,
ya no hay luz en tus ojos.
Tampoco hay luz en tu hogar.

Las campanas de la iglesia
están tocando a muerto
y aparecen paños negros
en los balcones de El Puerto.

Los naranjos de la calle Larga
tiran sus flores al suelo,
porque El Puerto está de luto
y hay que vestirse de duelo.
Ya ha tocado la campana
de la iglesia Prioral Mayor.
Se está llenando el templo,
y la plaza... y las calles de alrededor.

Allí acudíamos todos
con la misma devoción.
Señores con buenos trajes
y otros de menos valor.
Y uniformes de todos los colores:
blanco, azul, verde y marrón.

Mujeres había que lloraban
frente al altar mayor.
Era el adiós de un pueblo
unido por el dolor.

Adiós, marinero... marinerito, hermano... ¡Adiós!

PARA MAITE

CRÓNICA DE UN DÍA DE HUELGA

Maite era una muchacha alta, delgada, pelirroja, pecosa y muy simpática. Tenía largos cabellos, que a veces se recogía en una cola larga y trenzada. Sus ojos eran grandes y de color castaño; sus dientes, largos y muy blancos.
Maite era la única hija de una “familia bien”: tenían un hermoso chalet en la urbanización de Valdelagrana, cerca de la playa, y era, además, una recomendada en la fábrica en la que yo trabajaba. Debieron de aceptarla por algún extraño compromiso, un secreto favor, aunque luego nadie sabía adonde ponerla, pues, como secretaria, ya sobraban plazas. Finalmente, la emplearon de telefonista, para atender las llamadas y redirigirlas, rauda, a quien debiera escucharlas. Su trabajo era tan escaso que la joven se aburría, y cuando entraba alguien en la oficina se alegraba tanto que se le notaba: por sus gestos, su sonrisa, su charla… Colmaba de atenciones al visitante, mientras que con una voz susurrante, muy femenina, muy agradable, que encantaba, el motivo de la visita le preguntaba. Y este mismo comportamiento tenía si el visitante venía con un mono azul de trabajo, sucio y con grasa, que si de un señor con traje y corbata se tratara.
. Un día de abril, por la mañana, debido a la firma de un convenio que no llegaba, hacíamos todos huelga en las puertas de la fábrica. Bueno… todos no, que algunos faltaban, los de siempre: el gerente, el director, el contable, las secretarias, los encargados… Esas personas nunca dan la cara en los conflictos, aunque luego, cuando se ganan, les guste también poner la mano y recoger las ganancias… Pero eso lo tenemos asumido: entre los administrativos y el personal obrero existe una valla invisible.
Fue entonces que llegó Maite montada en su ciclomotor y se dispuso a entrar a trabajar. Sus compañeras de oficina, que ya estaban dentro, la animaban a entrar asomadas a las ventanas, pero una jauría de coléricos hombres le cortaron el paso y exigían de mí que yo la arengara diciendo: “Ella no debe de entrar, pues si no estamos todos aquí, se rompe la baraja…”
Como yo era el delegado sindical de aquella fiera manad, me fui derecho hacia ella, hacia aquella asustada y temblorosa muchacha. Ella, al verme, se alegró: ¡Creía que yo iba a protegerla! Lejos de eso, allí, delante de cuarenta hombres, llegué a ponerla morada:
— ¿Qué pasa, Maite?, ¿tú no haces huelga…? ¡Claro, a ti no te hace falta! Tus padres tienen mucho dinero y no sé ni porqué trabajas: le quitas el puesto a otra persona, quizás más necesitada. ¿Qué le has hecho tú a tus jefes para que estés tan bien mirada y no puedas, ni siquiera hoy, estar lejos de ellos, aquí dándoles la espalda?
Mientras todas esas barbaridades decía, la gente escuchaba contenta: tenían su carnada… Y agradecidos de que fuese otro, y no ellos, el que diera la cara, me decían, dándome palmaditas en la espalda: “Oye, delegado… ¡Pero qué bien hablas!”
Yo, cabreado, al ver cómo Maite lloraba, sintiéndome manipulado, les grité a los que bloqueaban la entrada:
— ¡Dejadla entrar; de todas formas no será ella la que ponga en marcha las máquinas!
La gente se apartó, dejando pasar a la chica, no sin dejar de criticarla con groseras palabras.
Unos días más tarde se firmó el convenio. El director me dio la mano y prometió subirnos el sueldo y pagarnos unos atrasos. Todos mis compañeros, incluso los administrativos, me felicitaron: “Eres el mejor delegado”, me decían una y otra vez.
Pero en aquel empeño había ofendido a Maite… y perdí una amiga, la mejor compañera que había en la fábrica… ¡Cuánto me dolía eso!
Un día le pedí perdón por mis palabras, y ella me aseguró que ya las tenía olvidadas, que no sufriera; no pasaba nada. Ella reconocía que yo tenía mucha carga de responsabilidad aquel día, en fin, que lo olvidara… Emocionado yo le di las gracias. Nadie se enteró de que aquel día fui solo a la oficina para pedirle excusas y rogarle que me perdonara; tenía miedo de que los demás me criticaran.
Unos días más tarde le escribí una carta y le dije:
—No me importa que la enseñes, que la coloques en el tablón de anuncios o que la quemes…Haz lo que quieras con ella.
— A nadie le importa esto –me dijo después de leerla-, simplemente, lo que haré será guardarla en recuerdo tuyo –me contestó con una sonrisa la pelirroja muchacha.
— La carta consistía en un poema que llevaba por título su propio nombre:MAITE


Maite:
Una mañana de Mayo
en las puertas de la fábrica,
bajo una gran tensión,
te dije unas palabras
que te hirieron en el alma.

Desde entonces estás triste
y al verme vuelves la cara.
Yo echo de menos
la simpatía que mostrabas.

No fue mi intención primera,
chiquilla de mi alma,
al verte allí parada
decirte esas palabras.

Sólo quería pedirte
que estuvieras, con nosotros,
dando la cara
en las puertas de la fábrica.

Ahora he comprendido
que sólo eres una niña,
una frágil muchacha,
a la que ofendí
con mis palabras.

Quisiera, querida niña,
que me perdonaras.
Sigue viviendo la vida
con alegría... que no pasó nada.

Y cuando me veas,
no bajes la mirada,
que yo te aprecio mucho,
compañera y amiga,
Maite de mi alma.
Sé que, cuando pasen los años
y dejes de ser muchacha,
comprenderás que, a veces,
la huelga es necesaria.

Mientras tanto, perdóname
compañera, mi amiga…
Olvida aquellas palabras
que te hicieron mi enemiga.
Y eso, me duele en el alma.

FIN