sábado, diciembre 31, 2005

MI VIAJE A RONDA




Ronda es una ciudad preciosa, toda ella está invadida por los turistas. Su economía gira en torno de éstos y sus calles están plagadas de comercios para recibirlos: museos, restaurantes y bares, tiendas de arte, cerámicas, ropas, muebles autóctonos, aparcamientos… Y sobre todo, el tajo: un enorme barranco que la divide en dos partes, unidas por su famosísimo puente.
Los turistas que llegan proceden de la Costa del Sol. Son dirigidos desde sus hoteles de Málaga o Marbella en cientos de autobuses fletados por las agencias de viajes, que han introducido una visita a Ronda entre las actividades de sus ociosas ofertas.
Todo está invadido por ellos, todos viven de ellos, se encarece por ellos, se cometen abusos hacia ellos que todos los sufrimos por ellos…
Ayer volví a Ronda después de cuatro meses y noté una diferencia en los precios en relación a mi anterior visita. Más caro aún. En el parque, una banda de niñatos arrojaban petardos al lado de nuestro grupo, impidiendo que escuchásemos al guía turístico. Una taza de porcelana con el nombre de la ciudad, que el verano pasado costaba 4 Euros –ya demasiado cara-, costaba ahora 5 Euros. El menú del día en el mismo sitio que comimos la última vez no sólo había aumentado, sino que la bebida, el pan y el café no entraban en dicho menú y se cobró aparte, lo que hizo que el precio aumentase un 40% sobre el anunciado en la entrada.
Todos sabemos que los museos en España ya no son gratis y hay que pagar por entrar en ellos; pero lo que no sabíamos es que se pueda llamar Museo a cualquier cosa. Ronda es una ciudad situada en medio de la Sierra que lleva su nombre, y ha sido cuna y refugio del bandolerismo andaluz. Por eso no es de extrañar que si te dan un folleto donde te indican la existencia de un museo dedicado a los bandoleros, la gente acuda. Eso hice yo, acompañado de mi familia.
El mencionado museo es una casa pequeña, en cuya puerta hay un pequeño mostrador atendido por una bonita muchacha que te pide 3 Euros por entrar y te señala un cartel donde dice que no se permite hacer fotografías ni grabaciones en el interior del museo. ¿Museo? Lo que allí se encuentra son multitud de libros, recortes de prensa, tebeos y revistas que tratan sobre los famosos bandidos que fueron utilizados como héroes en el cine y la televisión:”Pasos Largos”, José María el Tempranillo, Luís Candelas. Recordemos la serie televisiva de “Curro Jiménez”.
Unos maniquíes, vestidos con las ropas típicas de los bandoleros, y una colección de cuchillos y escopetas antiguas. Eso es todo lo que encierra el “museo”. ¿El precio de la entrada? : 3 Euros por persona, casi la misma que la de El Prado en Madrid.
Te cobran una entrada por visitar cualquier cosa: La casa del Bosco: 2 E; la plaza de toros: 6 E. El jardín del Moro otros 6, ect… Sumando solamente las cantidades pagadas por entrar en cada una de estas “maravillas” -visita que se realiza en menos de un cuarto de hora en cada sitio-, te puedes dejar los 60 Euros en menos de dos horas entrando en los diferentes lugares recomendados en los folletos turísticos.
Me acordé del cuento de “La gallina de los huevos de oro” y pensé que aquí en Ronda al final lograrán matarla. Es una lástima, porque la ciudad es bellísima.

viernes, diciembre 23, 2005

MERCEDES ES UNA AMIGA MÍA.


A mi amiga Mercedes le han hecho una entrevista que hace que me sienta honrado y orgulloso de encontrarme entre sus amigos.

Entrevista realizada por Marilyn Ventura para el Diario La Información.

MERCEDES GONZALEZ, UNA ESCRITORA FECUNDA.

Las vivencias y experiencias de la doctora Mercedes González son fuente de inspiración para cualquier generación. Sus años le han enseñado a mirar la vida desde un cristal transparente y lleno de luz.

Reside en los Estados Unidos desde hace 45 años y esto le ha permitido valorar más el país que la vio nacer. Según ella, arrastrará su patria en el alma y en sus pies todavía con­serva el rocío de esta media isla.

Desde muy niña tuvo inclinación por el arte y la literatura; sus primeros pasos en estos menesteres fueron en la pintura con el profesor Yoryi Morel, donde tuvo como com­pañero a don Guillo Pérez.

En una visita a este diario recordó con nos­talgia que su primer artículo fue publicado en LA INFORMACION hace ya más de sesenta años.
Escribió el libro "Pinceladas Folklóricas Dominicanas", el cual es una recopilación de cuentos europeos y dominicanos, canciones, juegos y refranes para niños.

También redactó "La Luna fue Testigo", y actualmente se encuentra dándole las últimas pinceladas a su novela "María Luisa", la cual se pondrá a circular en noviembre de este año.

"María Luisa, se desarrolla en Sábana Iglesia, donde frecuentaba a pasar mis vaca­ciones y allí conocí a esta joven que no quería vivir en la pobreza como sus hermanas y alrededor de esto se forman muchas situa­ciones interesantes, al final encuentra su des­tino, se casa con un médico y vive felizmente en La Florida", narró Mercedes.

La escritora es una dama bastante activa, porque además redacta cuentos semanales para la página de Astrolabio en Internet, escribe "Cosas de Mujeres", trabaja en pro­gramas de radio y televisión en la ciudad de New York con Rafael Motolío en el canal 35, donde ayuda a personas que tengan problemas de inmigración.
Pero su trabajo no sólo ha sido en la parte literaria, sino que fue voluntaria por muchos años de NUCUSANNY, una institución de los Estados Unidos que se encargaba de traer ayuda al país a personas y entidades necesi­tadas como los hospicios, los no videntes y a cientos de niños de escasos recursos.
Además, Mercedes fue madre de más de veinte niños, que quedaron a su cargo de una fundación para la cual colaboraba, y a los que tuvo que criar hasta que se hicieron profesionales universitarios.
Confiesa que su vida ha sido muy accidentada en Estados Unidos, pero a este país le debe sus cuatro tesoros, que son sus hijos: Mayra, Milagros, Francisco, María Teresa y Virginia.
Esta mujer está llena de vivencias y anécdotas. Es doctora en Farmacia, y prácticamente su vida la ha dedicado a escribir y ayudar a los más desposeídos.
En sus años mozos pintó un cuadro para el Hospital Monte Sinaí en Estados Unidos, el cual aún se conserva. Plasmó en su lienzo un juego en el parque con niños de diferentes razas.
Agradece sobremanera a Dios, quien dice le ha dado la fuerza y el talento para poder escribir lo que siente y piensa.
No quiso dejar de mencionar a la licencia­da Mary Jerez, quien es su fiel amiga y quien le ayuda en las correcciones de sus obras y artículos.
Mercedes es de esas dominicanas que un buen día salen de su país a buscar un mejor futuro, pero que siempre han puesto en alto nuestra bandera y nuestras costumbres.
Tiene una gran vocación poética y un amplio potencial literario, su genio y su talento sobresalen al conversar con ella, es una mujer de muchas palabras, pero todas con una sapiencia que te ayudan a comprender más la vida.
En resumidas cuentas: Mercedes González nació en Santiago y se graduó de doctora en Farmacia en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Sus primeros cuentos fueron publicados en el periódico LA NFORMACIÓN de Santiago y en Vanguardia, de la ciudad de Pimentel.
Desde hace 45 años reside en New York, donde fue miembro del Círculo de Escritores y Poetas Santiago y se graduó de doctora en Iberoamericanos (CEPI).
Trabajó como voluntaria en Godard Education. Perteneció a la directive de Strikers Bay Community Plarining Project. Escribió artícu­los en la revista Merengue y Ahora y en el periódico La Prensa. Fue presidenta por varios años del Núcleo Cultural de Santiagueses en Nueva York.
Es pintora y poetisa y ha incursionado en el periodismo y la televisión.
Publicó un libro de cuentos: "La Luna fue Testigo" y uno de los cuentos "El Péndulo" obtuvo mención honorífica y "El Sueño de Juan" ganó un segundo premio en La Esquina de las Letras en la ciudad de Nueva York.

martes, diciembre 20, 2005

¿ADÓNDE VAS, ESPAÑA?



España. Año 2010.
Carlos se hallaba mirando un expediente en su despacho de la planta 29 de la Torre de Madrid cuando, de pronto, escuchó un ruido raro en la fachada del edificio. Vio el helicóptero parado frente a él durante unos segundos; luego, el aparato fue ascendiendo, hasta perderlo de vista sobre su cabeza. Carlos se preguntó qué estaba ocurriendo. Desde hacía unos días, notaba algo raro en la conducta de sus compañeros, que apenas le dirigían la palabra, esquivando su mirada y su compañía con pretextos torpes, inventados deprisa sobre la marcha. De pronto, un hombre enmascarado con una capucha y vestido totalmente de negro irrumpió en su despacho, dando una patada en el cristal de la ventana, que saltó hecho pedazos. Casi al mismo tiempo, escuchó unas carreras en el pasillo exterior de la oficina, seguidas de una pequeña explosión, que hizo trizas la puerta de entrada a su departamento. ¡Joder!, exclamó. Carlos se levantó rapidamente y corrió hacia el cuarto de baño. Apenas tuvo tiempo de lanzar el objeto al interior del water, cuando fue empujado bruscamente y lanzado contra la pared.
No había tenido tiempo de tirar de la cisterna y el agente del grupo especial de operaciones (GEO), sonrió al ver flotando en el agua la prueba del delito. Se puso unos guantes de látex e introdujo su mano en el receptáculo, cogió el diminuto objeto, lo miró detenidamente y sonrió diciendo:
–Ya te tenemos, de ésta no te libras.
– Eso no es mío; lo has puesto tú ahí dentro - contestó, desafiante, Carlos.
El agente le propinó un rodillazo en el bajo vientre que le hizo doblarse en dos con un gemido. Luego le puso las esposas y le empujó hacia fuera del cuarto.
– Ya veremos lo que dices cuando encontremos tu ADN en esa prueba.
– ¿Sí? ¿Podrá sacarla estando empapada de agua?-dijo Carlos, con una sonrisa irónica.
El agente le dio un puñetazo en el estómago y otro en el costado. Procuraba pegar donde no dejase marcas: no deseaba enfrentarse a una demanda judicial por el detenido. Carlos cayó al suelo hecho un ovillo. En eso llegó otro de los agentes que habían entrado por la ventana y con una sonrisa mostró un objeto, prueba irrefutable del delito.
–Lo he encontrado dentro de una carpeta de archivos, en el armario-dijo, enseñándole a su jefe la cosa que llevaba dentro de una bolsita de plástico transparente.
– ¡Perfecto!- dijo el jefe de la operación.
Al ver aquello, Carlos se desmoronó, no tenía escapatoria posible: la prueba era contundente, irrefutable, condenatoria. Pensó que todo había terminado: su vida en la comunidad, su trabajo en una importante empresa, sus amigos, su familia… Todo se había ido al carajo por no ser capaz de controlarse.
– Sí, es mío-confesó-. Pero no lo uso, lo guardaba como un recuerdo, como un objeto para coleccionistas. Dentro de unos años, tendrá un valor incalculable…
– Eso se lo cuentas al Juez. Vamos. ¡Andando!-dijo el policía, empujándole.
Todos los agentes abandonaron el despacho de Carlos, cruzaron el pasillo que comunicaba con el resto de las oficinas de la planta 29 y se dirigieron a los ascensores. Mientras esperaba la llegada del elevador, Carlos vio cómo se abrían todas las puertas de las oficinas contiguas y los empleados se asomaban para mirarle, sonriendo con cara de satisfacción por su detención. Algunos incluso aplaudieron a los agentes. Uno de los GEOS llevaba cuidadosamente en la mano la bolsita de plexiglás que contenía la prueba acusatoria: un paquete de tabaco, de la marca Ducados.


Fin


El 1 de enero de 2006 entró en vigor la Ley Contra el Tabaco en los espacios públicos y los centros de trabajo. Los bares y restaurantes tuvieron que dividir su espacio entre los fumadores y no fumadores, habilitando salones separados entre unos y otros. Las empresas no aceptaron crear salas para fumar durante las horas de trabajo y prefirieron prohibir tajantemente fumar dentro de ellas. Hubo enfrentamientos en lugares públicos entre fumadores y no fumadores; los bares no respetaban la Ley y las sanciones no parecían acobardar a nadie. El Gobierno, que ya no consideraba rentable su Monopolio de Tabacalera, al comprobar que los ingresos de éste no superaban a los gastos en sanidad pública que las enfermedades del tabaco producían, optó por endurecer las penas a los fumadores, cambiando las sanciones económicas por condenas en la cárcel.

martes, diciembre 13, 2005

HISTORIAS DE NAVIDAD



COLEGIO DEL PALACIO DE LA SAGRA. CHAPINERÍA (MADRID)
El día de Nochebuena de 1955 fue algo especial en el colegio. Por la tarde no hubo clases y asistimos a un partido de fútbol entre el equipo del pueblo y el nuestro. Al terminar el partido se entregó el trofeo por el Sr. Alcalde; después las niñas completaron la tarde con una demostración de coros y danzas populares: jotas, sevillanas, malagueñas, ect. La cena fue algo excepcional: un menú especial que culminaba con unos postres buenísimos confeccionados por las monjas del centro.
Después de cenar la madre superiora me llamó y me dijo que esa noche la misa del gallo se iba a celebrar en la capilla del colegio y no en la iglesia del pueblo, como era costumbre, y que mi compañero Anselmo y yo oficiaríamos una vez más de monaguillos en aquella ceremonia cristiana. Nos llevó hasta la sacristía y nos dio las instrucciones de todo lo que debíamos de realizar: tocar la campana de la iglesia del pueblo, mantener la bandeja en el sitio apropiado en el besa pies del Niño Jesús, ayudar a las personas mayores que no pudiesen levantarse del reclinatorio al arrodillarse para dar el beso...
Nos pusimos un traje de monaguillo de terciopelo todo blanco y preparamos las jarritas del vino y del agua para la misa (qué bueno estaba el vino del cura, una mezcla de Moscatel y Cream). Luego nos fuimos a reunirnos con el resto de escolares al salón de actos para esperar la hora de la misa cantando villancicos y acompañando con panderetas y zambombas. También se ponían dos cucharas de espaldas apretadas una contra la otra y por en medio se hacía pasar continuamente el mango de otra cuchara. Eso producía un sonido que armonizaba con las panderetas.
A las once y media de la noche los dos monaguillos salimos del colegio y entramos en la iglesia, situada al otro lado de la plaza. Braulio, el sacristán, nos estaba esperando. Una vez dentro fuimos hasta la escalera que subía hasta la torre, miramos hacia arriba por el hueco libre y cogimos cada uno una de las sogas que bajaban desde la cumbre y comenzamos a tirar con fuerza de ellas. Las cuerdas nos levantaban del suelo a cada vuelta de las campanas. No hacíamos ningún esfuerzo, la inercia del movimiento nos hacía subir y bajar durante los tres minutos que tardaba cada toque: el primero a las once y media; el segundo a las doce menos cuarto y el tercero a las doce en punto. Casi todo el pueblo acudió a la misa del colegio. Como no cabían todos abrieron las puertas de la capilla, que comunicaba con el salón de actos, y se habilitaron bancos y sillas para los asistentes.
La misa comenzó y continuó su curso en latín hasta el “Ite misa est” final. En ese momento el cura bajó hasta el reclinatorio central con el Niño Jesús en las manos, mientras el coro del colegio entonaba los villancicos.El Alcalde, don Juan, fue el primero en arrodillarse para besar los pies del Niño; luego se levantó, dejó un billete de 25 pesetas en la bandeja dorada que yo mantenía a su derecha y se fue a su asiento. Al instante se formó una fila y todos los asistentes imitaron a su Alcalde. Unos ponían un billete de cinco pesetas, otros dos, una peseta, veinte… Nadie superaba al Alcalde. Mi compañero y yo llevábamos la cuenta de quienes eran los que más habían dado: el boticario, el zapatero, el de los ultramarinos Casa Duque, los maestros del colegio público, los guardias, ect.
Una ancianita dejó un billete en la bandeja y se le cayó otro al suelo: ella no se dio cuenta y cuando se fue me agaché y lo recogí. Me lo guardé en la mano y con disimulo lo metí en el bolsillo de mi sotanita. Miré si alguien me había visto, pero todos estaban pendientes del avance de la fila. Además, la luz en donde yo estaba era escasa y sólo estaba iluminado el altar mayor con una docena de cirios. Nadie me había visto, pero los ojos del niño Jesús parecían decirme lo contrario. Me miraba fijamente, con las manos extendidas y una sonrisa en la boca. Me dio vergüenza de lo que había hecho y saqué el billete del bolsillo y lo puse en la bandeja. Entonces vi con horror que la Superiora me estaba observando y me había visto devolver el dinero. Pensé que ya estaba listo, que al día siguiente sería expulsado del centro. Me puse muy nervioso, tanto que la bandeja temblaba en mis manos. Respiré con alivio cuando la fila llegó a su fin y me pude volver de espaldas a todo el mundo: no podía sostener la mirada de la Superiora.
La misa terminó y el sacerdote cogió el cáliz y salimos los tres hacia la sacristía.Una vez dentro fuimos separando los billetes cada uno según su valor y contando las monedas. Acabado el recuento el cura le dio un duro a mi compañero y otro a mí, y nos quitamos el traje. Luego nos fuimos a nuestros dormitorios. En el reloj del pasillo pasaban algunos minutos de las dos. Todos los compañeros estaban ya acostados cuando llegamos nosotros.
Al día siguiente, cuando estábamos desayunando en el comedor, llegó la Madre Superiora y nos pidió un momento de atención. Todos callamos. Ella me dijo que me levantase y fuese a su lado; yo obedecí, muerto de miedo. Entonces dijo:
– Quiero que miréis a Juan un momento. Anoche sacó de su bolsillo el poco dinero que tenía y se lo entregó al Niño Jesús. Ese dinero se lo había dado su familia para otras cosas, sin duda, y él prefirió donarlo. Nos dio un gran ejemplo de solidaridad. Demos un aplauso a nuestro compañero. Y todos aplaudieron.
¡Yo no salía de mi asombro! Me puse muy colorado mientras todos me miraban y aplaudían, y recordé la sonrisa del Niño Santo. Parecía un milagro: ¡Apenas había nacido y ya me había perdonado! ¡Cosas de la Navidad!

¡FELICES FIESTAS NAVIDEÑAS Y AÑO NUEVO PARA TODOS USTEDES!

viernes, diciembre 02, 2005

Cuento de Navidad


Tenía poco más de diez años, y llevaba dos meses en el Centro de Acogida. Desde que llegó, tenía pesadillas y se despertaba aterrorizado cada noche; una tos persistente le sacudía dolorosamente sus pequeños y castigados bronquios. Tenía el pelo negro y rizado; su piel era oscura. Se llamaba Mohamed.
Sus padres se habían ahogado en el Estrecho, junto a otras treinta personas, al volcar la patera en la que viajaban. Fueron los guardias españoles los que rescataron al niño cuando, extenuado y a punto de perder el conocimiento, flotaba con su salvavidas de plástico en las frías aguas, no muy lejos del lugar del naufragio.
Ahora estaba acostado en un rincón de la sala y temblaba de frío bajo la única manta que le habían entregado. Se había despertado en el momento justo en que el monstruo marino iba a devorarle. Se sentó en la cama y miró hacia aquella extraña luz que iluminaba de vez en cuando la ventana. Observó que giraba continuamente, dando destellos alargados e intermitentes hacia el mar, indicándoles el camino a otros emigrantes que, como él, huían del hambre y de la miseria. Era la luz del faro de Tarifa, la misma que había guiado a la barca en la que él venía con sus padres.
Un poco antes de acostarse le habían dado un trozo de turrón y una taza de chocolate. Le habían explicado que era Nochebuena y que hacía ya muchos años, en una noche fría como aquella, otro niño nació en Belén, en un pesebre. También le dijeron que una luz alargada y brillante, como la del faro, apareció en el cielo y dirigió los pasos de unos reyes magos desde el lejano Oriente hasta la cuna del niño, donde pudieron adorarle porque, según habían visto en sus libros de magia, ese niño era Dios. Le habían dicho en el albergue que si le pedía un deseo al niño, que se llamaba Jesús, seguramente se lo concedería ¡sí, sí, seguro!, aunque él no fuese cristiano. Y Mohamed estaba pensando en qué era lo que le podía pedir ¡tenía tantas cosas en la cabeza! Lo que más deseaba era que volviesen sus padres, pero sabía que ese deseo sería muy difícil de conseguir, aun para aquel niño Jesús. Le habían dicho que La Junta de Andalucía se ocuparía de él, que le buscarían unos nuevos padres y un hogar confortable; pero Mohamed sabía que no sería lo mismo. Él no se imaginaba a una madre que no fuese la suya, con la misma cara, el mismo cariño, los mismos gestos, la misma voz... Antes del viaje sus padres hablaban entre ellos de las dificultades a las que, sin duda alguna, tendrían que enfrentarse: los abusos de avarientos patronos, quienes les obligarían a trabajar desde el amanecer hasta la puesta del sol por muy poco sueldo. El odio de los trabajadores locales hacia los inmigrantes, porque éstos les quitaban el trabajo que antes hacían ellos. También esperaban sufrir la marginación social, por ser personas de diferentes razas y costumbres. Decían sus padres que sería difícil encontrar una escuela para él en España, porque muchos padres creen que es una ofensa para ellos el hecho de que sus hijos estudien junto a los negros o los moros. Incluso hubo un lugar en el que los padres se negaron a llevar a sus hijos al colegio hasta que no se fueran los niños inmigrantes. Todo esto se lo había oído decir a sus padres unos días antes del viaje, mientras él estaba viendo la televisión. Sin duda, pensaron que él no escuchaba o no entendía lo que decían. Y recordando esto, Mohamed se asustó al pensar en la vida que le esperaba fuera de aquella casa, sin sus padres, sin ningún amigo con quien jugar y marginado en la escuela...
En el Centro de Acogida trataban de tranquilizarlo, diciéndole que el Gobierno había aprobado leyes para proteger a los niños de los malos tratos; pero Mohamed pensó que debía de haber mucho odio fuera del albergue para que alguien necesitara hacer leyes que obligasen a las personas a respetar a los niños.
No sabía qué pedirle a ese tal Jesús, ni se podía creer que tuviera tanto poder para realizar los deseos de tanta gente. Finalmente, le pidió al niño Dios, por probar, que los jefes del albergue le regalasen un perrito que veía desde su ventana deambulando por la calle. Estaba seguro de que tampoco tenía a nadie que lo quisiera. Pero tenía muchas dudas de que esto sucediera.
De pronto vio pasar a mucha gente por la calle, cantando y tocando panderetas. Y algunas personas llevaban a niños en brazos o cogidos de la mano. Mohamed se sintió muy solo y se acostó de nuevo. Y antes de dormirse, mientras millones de niños celebraban la Navidad fuera de aquella casa, Mohamed pensaba en sus padres, y se preguntaba si no hubiese sido mejor que él se hubiera ahogado junto a ellos.
Tardó mucho en dormirse, pero al final lo consiguió. Soñó que caminaba rodeado de cabras por un campo cubierto de hierba fresca y de juncos a la orilla de un riachuelo. Un poco apartada de ellos vio a su madre junto al río, lavando la ropa de la familia.
Lo despertó un extraño ruido, algo así como si alguien estuviera arañando la puerta, y el niño se asustó un poco, pero la curiosidad pudo más que él y se levantó para ver qué sucedía. Apenas había girado la llave, cuando la puerta se abrió de golpe y un perrito se abalanzó sobre él, y dando saltos trataba de lamerle la cara. Luego encontró una de sus zapatillas y con ella en la boca saltó sobre la cama y se quedó tumbado, mordisqueándola. ¡Mohamed no se podía creer lo que estaba viendo! ¡Era el mismo perro que había visto unas horas antes por la ventana! ¿Cómo había llegado hasta su habitación? ¿Quién sabía que él quería tener aquél perro?
Mohamed se sentó a su lado y comenzó a acariciarlo y a jugar con él. Entonces se acordó de lo que le habían dicho durante la cena y llegó a la conclusión de que ese niño Jesús de la Nochebuena tenía unos poderes muy güais.

FIN

Del libro “Cuentos de la Vida”. Registrado en el R.P.I. de Cádiz con el nº 5000

jueves, diciembre 01, 2005

NAVIDAD, DULCE NAVIDAD.


Faltaban unas horas para la Nochebuena.Las luces del escaparate de la tienda más importante de la ciudad destacaban sobre el alumbrado de la calle; el interior de las grandes vitrinas estaba lleno de juguetes y regalos; una música pegadiza se escuchaba por los altavoces, situados en la cornisa que cubría totalmente la acera a todo lo largo del escaparate.Sobre ella, con letras grandes e iluminadas, se leía: ¡Feliz Navidad!
La canción navideña, acompañada de campanillas, panderetas y zambombas, se escuchaba en toda la calle:

¡Parrampín, parrampín parrampíaaaaa!
¡Parrampín, parrampín parrampánnnnn!
Que en Belén, con José y María
Hay un niño en el portal…

En un lado, junto a la entrada del establecimiento, una estrella de luces atraía a los paseantes hacia un Belén viviente: José le daba paja al burro; María amamantaba al niño Jesús, que movía las manitas nervioso porque, quizás, la leche de la madre no llegaba con la cantidad que él deseaba.Frente al cristal del escaparate, varios padres con sus hijos miraban sonrientes y emocionados la escena. Entre ellos estaba Laura, una niña de ocho años, que cogida de la mano de su madre sonreía y señalaba al niño Jesús, que pataleaba cuando se le escapaba el pezón del seno de María.
De pronto, un niño de diez años, de tez oscura, vestido con un chándal del Real Madrid y con un ramo de claveles rojos en la mano, se acercó a la niña y le dijo:
– ¿Tú comprar uno? Sólo me quedar este ramo para me poder ir a casa con padres.
La niña lo miró; vio como temblaba de frío; tenía las manos moradas y los labios cortados por el viento glacial que soplaba en aquella calle. Laura sacó un pequeño monedero de su bolsillo y le dio un Euro al niño a cambio de una flor. El chico le dio las gracias y se fue a ofrecerle otro clavel a una señora que estaba mirando sola el Belén; pero ésta le dijo que no quería nada. El chico continuó ofreciendo sus flores a otras personas por la acera.
– Mamá– dijo la Laura –: ese chico no puede irse a su casa hasta que no venda todas las flores. Aún le quedan muchas… ¿Tú puedes comprarle algunas más para que él pueda celebrar también la nochebuena con su familia?
Y la madre, enternecida por el corazón tan bueno de su niñita, llama al chico y le compra el ramo de claveles. El niño miró a la niña y a la madre, y les dijo:
-¡Muchas gracias, muchas!
–Feliz navidad- le dijo la niña.
Madre e hija se fueron caminando hacia su casa, contentas de haber hecho una buena obra: esa noche el niño también cantaría villancicos al lado de su familia.
Los altavoces continuaban proclamando la música del villancico. Antes de volver la esquina, Laura se volvió para ver por última vez las luces de la tienda, justo en el momento que un hombre grande y fuerte, de unos cuarenta años, le arreaba un tortazo al niño, que se cubría la cabeza con los brazos, y le obligaba a coger en sus manos otro ramo de claveles. La niña tiró del brazo de su madre, mientras un grito se le escapó de la garganta:
–¡Mamá, mira!
Vieron al niño ofreciendo una flor a una señora, vigilado desde la acera de enfrente por su padre, que se apoyaba en la pared mientras fumaba.
La música continuaba, ajena al drama:
¡Parrampín, parranpín, parrampía…!
¡Parrampín, parrampín, parrampán…!
Que en Belén, con José y María
Hay un niño en el portal…

La mujer le puso la mano en el hombro a su hija y le dijo:
- Vamos, cariño. No podemos hacer nada. No podemos evitarlo...
Laura miró de nuevo al chico y, con los ojos bañados por las lágrimas,musitó:
- ¿No podemos, mamá? ¿De verdad no podemos?