viernes, abril 28, 2006

¡VUELA,PAJARITA !


Un día de marzo, paseaba por el campo y me encontré un pajarillo que no podía volar; lo cogí con sumo cuidado entre mis manos y lo observé: era un avecilla blanca. El animal temblaba de miedo y miraba hacia todos lados, buscando una salida. Besé despacito el plumaje de su cabecita y lo miré directamente a los ojos.
Sentía su pequeño cuerpo temblar a  través de mis manos y me lo llevé a mi casa. Lo puse junto a Currito, un pajarito muy bonito que tenía enjaulado. La llamé Clarita, por su plumaje.
Durante unos días el ave estuvo triste y apenas comía. Llamé a un amigo que criaba pájaros, y éste  me enseñó a darle de comer con una jeringuilla y con un palillo. Al cabo de unas semanas comenzó a aletear y cantar cuanto sabía; revoloteaba cuando me veía, ¡ yo creí que me quería!
 Le tomé mucho cariño al avecilla. Encontrándome solo, le contaba todas mis cosas, como si ella me entendiera; pero el animalito no hacía otra cosa que piar o cantar y no nos entendíamos, a pesar de mis cuidados y de que yo hacía todo por su bienestar.
Pasaron unas semanas y cada vez la notaba triste más triste. Miraba siempre hacia la ventana, agitándose cuando otras aves se posaban en el alféizar.
 Un día la cogí entre mis manos, le di un beso en la cabecita y la solté. El pájaro no sabía qué hacer al principio, dudaba sobre qué dirección tomar; se volvía hacia la ventana y se posaba en el alféizar, piando y mirándome desconcertado. Yo me quedé quieto, esperando a que se decidiera. Entonces echó a volar y se perdió entre los árboles.
Me dio mucha pena perderla, ella me hacía compañía y me alegraba el corazón; pero sabía que ella no era feliz en mi casa y la dejé vivir en libertad. No se puede retener a un ser contra su voluntad, ni se le puede obligar a amar;  eso debe salir del corazón.
 El saber que es feliz entre los suyos alegrará mi alma, que sin ella quedó sola, abandonada a los recuerdos.

domingo, abril 23, 2006

NO SOMOS NADA

Te he visto llegar desde lejos; venías con prisas, mirando adelante muy seria y altiva, sin prestar atención a la gente que se cruza contigo, sin mirarlos siquiera. Sabes que eres hermosa y que estás muy buena, y eso te hace sentir diferente, te llena de orgullo y te obliga a vivir en una burbuja de gloria, inaccesible a cualquiera…
Has estado a mi lado junto al semáforo y ni siquiera te has dado cuenta de los sentimientos que me has provocado; me has mirado de soslayo durante un segundo y en ese tiempo me has analizado y me has valorado; luego has cruzado la calle con pasos ligeros, ondulantes, calculados… para atraer las miradas de los mortales: las de ellas, que se fijarán en tus ropas caras, tu perfume y tus andares para intentar imitarte dentro de sus posibilidades; las de ellos, como la mía, de admiración y deseo.
Tú pasas sin ver nada, despreciando lo que sin duda vas buscando: sentirte amada, deseada y poseída, pues para eso te has preparado al salir de tu casa así tan bella.
No sabes que cada segundo que pasa es un tiempo perdido del que te resta de vida; que no te vas a llevar ningún abalorio ni vestido; que lo que no disfrutes ahora será para siempre perdido. Has pasado junto a mí y ni siquiera me has visto… ¡Lástima! Hubieras pasado un buen rato conmigo y te hubiese hecho feliz para comenzar el día con otra cara, más humana, sin arrogancia, más atractiva aún si cabe.Pero tú lo has querido así; tú te lo pierdes, princesa.