sábado, junio 24, 2006

MALDITO INTERNET

Hola, permítanme que me presente, soy nuevo en estos lares: Mi nombre ya lo saben, está escrito arriba, o al lado dá igual. Mi edad no viene a cuento, de todas formas soy libre de poner la que quiera, será una falsedad. Digamos que tengo las pilas bien cargadas. Todas las pilas. Mi dirección, esa sí que jamás la sabrán, ya me cuidaré yo.
El motivo de escribirles es porque dicen que el desahogarse es bueno para la salud, de eso sabe mucho mi siquiatra, que pasa muchas horas escuchando los desahogos de los pacientes. Bueno, sin más dilación paso al objeto que ha conseguido que ahorita mismo me estén ustedes leyendo:
Resulta que mi  mujer se pasaba el día con la cara seria, mustia, con un rictus torcido como sonrisa, quejándose de que la vida era un asco, una rutina: trabajar, trabajar y trabajar todos los días del año. Cuando llegaba la noche me daba la espalda y nunca me deseaba, “Estoy muy cansada”, decía.
Un día me pidió que le explicase la forma de entrar en la Red, una herramienta fundamental para mí, que me dedico a promocionar, vender los productos y atender los pedidos de los clientes de una conocida marca bodeguera. Soy trabajador autónomo y trabajo a comisión. Pero esto no importa, no era eso lo que quería contarles.
Me rogó que la enseñase a comunicarse con sus amigas por Internet, o sea: a chatear.
Yo acepté, muy contento de poder complacerla en algo, ya que nada parecía conseguirlo. Le dejaba el PC durante una hora después de cenar, mientras yo miraba las noticias y mi serie preferida en televisión. Luego necesitó dos horas, tres, cuatro…
Llegó a pasar toda la noche sentada ante la pantalla, comunicándose con alguien del otro lado del mundo. Tenían las horas cambiadas, decía ella: cuando mi esposa se acostaba, la amiga se levantaba y solamente podían coincidir madrugando una y trasnochando la otra. Difícil arreglo tenía el asunto.
Un día comenzó a sacar fotos antiguas y a escanearlas para enviárselas a su amiga, fotos de diez o quince años de antigüedad. Le dio por guardar en un CD las fotos que recibía de su amiga para que yo no la conociese: “No sea que te guste y quieras también charlar con ella”, me dijo.
Ella no sabía que yo me había convertido en un experto en informática, y que para mí descubrir la clave de su correo electrónico fue un juego de niños. Entré en su correo y… ¡me quedé de piedra!
Su amiga se llamaba Ramón, ¡RAAAMÓOOON! Tenía 40 años y decía que ella (mi esposa) era lo único en su vida, su sueño, su alegría, sus ganas de vivir, que moría de amor por ella y que tenía orgasmos mirándola en las fotografías. El tío era bajo, más bien gordo y medio calvo, y me había suplantado a mí, que medía 1´90 y tenía un cuerpo modelado durante muchos años en el gimnasio, y conservaba todo mi cabello largo y plateado.
¿Qué buscaba mi mujer? ¿En qué le había fallado yo? Esas fueron las preguntas que me acosaron en los días y noches siguientes.
Me dediqué a observarla con atención. Parecía otra: se vestía como las dieciochoañeras, vestidos de la talla treinta y ocho; se cambió de peinado y tenía una sonrisa permanente en sus labios. El otro día, al salir del ascensor, nos cruzamos con unos vecinos del 2º y se quedaron mirándola. La vecina no pudo contener su admiración y le dijo: “Chica, que guapa estás, pareces enamorada”, y ella se sonrojó como un clavel de la feria de Sevilla.
Me propuse llegar hasta el final en mi investigación, ¡al cuerno con la Ética!, qué cojones, a nadie le gusta que le pongan cuernos, aunque sean digitales o como se llamen.
Abrí su correo y me fui derecho a la “papelera”, puse un CD en su sitio y copié todo lo que ella había eliminado para leerlo con tranquilidad, si se puede tener tranquilidad cuando alguien obeso y medio calvo se está trajinando a tu mujer desde el lado opuesto del globo. ¡Y menos aún si éste se llama Ramón! ¿Os imagináis a vuestra esposa diciéndole a un extraño “Ramoncín…te amo, soy tuya…?”¡Qué horror!

Lo primero que abrí fueron las cartas de ella y fue lo peor que hice en mi vida: las cosas que ella decía que le hacía a su enamorado no me las ha hecho a mí ni en sueños. Ella, que siente repugnancia hasta de beber en mi mismo vaso, le hacía una felación al enano que lo dejaba tumbado sin sentido. Le mostraba sin pudor cada rincón de su cuerpo, dándole detalles de su forma y situación; le decía lo que deseaba que el otro le hiciese en el momento que leyese lo que ella le estaba escribiendo, cosas que cuando yo quise hacerlas casi se me divorcia porque decía que era un pervertido… Encontré los piropos que le hacía al miembro viril del enamorado, que aquél le había enviado en una foto: un pene feo, más bien delgado y corto: doce centímetros a lo más en estado excitado. Se me nublaron los ojos por la rabia y por la impotencia… ¡Por la impotencia! Esa era la excusa que daba ella por desearle tanto aun estando casada, ¡decía que yo era impotente y que no la satisfacía!¡Yo, que cumplía todos los martes y sábados continuadamente desde que nació nuestro hijo, que ahora tiene veinte años! ¡Impotente yo, que se me ponen las venas de mis 19 centímetros de nabo hinchadas como rabos de lagartos solamente al verla en bragas! ¡Ay, Dios! ¿Qué le ocurre a mi esposa?
Y el otro cabrón diciéndole que su mujer no vale nada comparado con mi niña, porque aquélla tiene las tetas lacias y secas; que si el vientre parece el de una preñada, que si… ¡Por favor! Y mi esposa le sigue el juego y le dice que “desea comérselo con papas, que no le da asco, que todo se lo traga…”
El otro día me pidió que le instalase el Messenger, con micrófono y cámara. No le pregunté por qué, me lo imaginaba… Y comenzó la sesión de “cine amateur”: ella se desnudaba ante la cámara para que su amado se masturbara. ¡Pienso yo que harían eso! Lo hacía cuando yo me acostaba. Me hacía el dormido y la dejaba gozar lo que quisiera, de todas formas peor que antes no sería, cuando ella estaba tan triste, seria y amargada.
De pronto un día todo acabó, ella ya no quiso más Internet, ni más fotos ni más cartas: lo dejaba todo y volvía a mi cama y con amor me abrazaba y besaba. Yo quité la cámara, el micro y el Messenger, que en mi casa nada de eso hacía falta. Y volvieron los años mozos de recién casados, el amor y sus pecados… ¡Todo maravilloso! ¿Qué había pasado?
Pues eso, que por la Web cámara salen todos los defectos, que mi esposa no tiene veinte años como la que aparecía en las fotos que ella había enviado los años no pasan en balde. Y que el enamorado también la había engañado con las fotos, y que era realmente él en persona el que mi esposa veía por el monitor y su picha era mucho más corta aún que en la foto, y claro, pienso yo que fue por eso: nadie cambia una autopista por una vereda, ni una caña de lomo ibérico por una frankfurt. En fin, les he contado todo eso para que sepan que es un peligro grande ese del Internet; muchos matrimonios se han destruido por su culpa.
Ahora mi esposa me ama más que nunca. “Ay, mi amor… Si tú supieras que he estado a punto de abandonarte para irme lejos, muy lejos…”, me dice mientras cruza sus piernas sobre mí. Y yo guardo silencio y me guardo mi secreto mientras la amo.
Ella ahora se va sola a la cama y me deja trabajar tranquilamente en el ordenador. Sabe que me tendrá dos veces a la semana como antes, como siempre…
Desde hace un par de días me escribo con Alicia, una mujer preciosa, de ojos color turquesa y labios que destilan miel. Me ha enviado un par de fotos, es preciosa, ummmm..… ¡pa mojar pan y comer!

FIN