jueves, abril 26, 2007

YA ESTÁ MI NOVELA EN FORMATO PAPEL Y FORMATO ELECTRÓNICO

Formato electrónico y en edición de papel:
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YA ESTÁ MI NOVELA PUBLICADA EN SOPORTE DE PAPEL.

sábado, abril 21, 2007

Los frescos del torreón de Albalate de Cinca

Fotos cedidas por Manuel Pons




Estas pinturas misteriosas me inspiraron para escribir el relato que sigue abajo, totalmente ficticio y producto de mi imaginación perversa. Toda similitud con la realidad es producto del azar.

viernes, abril 20, 2007

Mural del Torreón de Albalate de Cinca, Foto cedida por Manuel Pons
Relato dedicado a la familia propietaria del hostal CASA SANTOS, en Albalate, muy agradecido por sus atenciones.

EL MISTERIO DE ALBALATE DE CINCA

El todoterreno avanzaba rápidamente por la estrecha carretera, en dirección a Albalate, donde se celebraba la Semana Santa. Una de las curiosidades de este pueblo es que el Viernes Santo sacan el santo Entierro en procesión, y cuando llegan a la plaza lo colocan en el suelo y hacen pasar a todos los niños nacidos ese año en el pueblo por encima del ataúd santo, en la creencia de que serán protegidos durante toda la vida. Muchos niños nacidos en la comarca también son pasados sobre “La tumba”, tal como la llaman.

Albalate es un pueblo de 1200 habitantes. Está enclavado en la margen del río Cinca, al sureste de Huesca, Tiene una torre de construcción árabe en su plaza, junto al palacio medieval de los Eril, que luego fue de los Moncada.

El vehículo pasó junto al monumento a Fleta –nacido en el pueblo y primer tenor español que conquistó la Scala de Milán–, torció a la izquierda y se detuvo ante el hostal.

Desde hacía cinco años, Carlos, un hombre de treinta años, soltero, bien parecido e hijo de un empresario de Huesca, acudía a pasar la Semana Santa en esta zona del Cinca Medio, y aprovechaba para visitar las Ripas –una montaña de trescientos metros de altura, cortada a cuchillo verticalmente en su vertiente Este, en cuya base se ubica el pueblo de Alcolea de Cinca–, y lanzarse en parapente desde la cima. En el todo terreno llevaba el equipo necesario para practicar este deporte.

Carlos había reservado una habitación en el hostal del pueblo, famoso por su exquisito plato “patatas de Casa Santos”, especialidad de la casa que muchos clientes venían a devorar desde Barcelona. Su receta había sido transmitida desde siglos antes, de generación en generación, y constituía un secreto guardado celosamente por los actuales herederos de la casa, Inés y su esposo Ramón.

Carlos se instaló en su habitación y durante los días que siguieron se lanzó varias veces desde las cimas arcillosas de Las Ripas con los miembros del club de parapente del pueblo.

También tuvo tiempo de entablar amistad con una de las camareras del hostal: Dorotha.

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La Luna llena reflejaba su luz en la pared y resaltaba las líneas oscuras del mural pintado tres siglos antes en la cal cubierta de humedades. Carlos, que permanecía desde hacía rato sentado en el suelo en un rincón, se quedó mirando las imágenes sorprendido: ¡Parecían cobrar vida! ¡Las figuras se movían y Carlos escuchó sus risas! Una mujer joven le vio y se adelantó a sus doncellas, vino hacia él con paso felino, sonriendo y abriendo con sus finas y largas manos el corpiño de su vestido. ¡No puede ser!, exclamó Carlos, que sabía que no había bebido tanto como para alucinar de esa forma. Sin embargo…

La joven bajó del muro e inició una danza muy sensual, que acabó de rodillas frente a él; entonces le acarició sus cabellos y la mejilla con dulzura; luego se sentó a su lado, se giró hacia Carlos, le sujetó la cara entre las manos y lo besó despacio, cogiendo sus labios entre los suyos, introduciendo su lengua en la boca, hurgando en ella, intercambiando fluidos… Carlos sentía un cosquilleo en su bajo vientre, mientras la abrazaba y respondía a las tiernas caricias. Pronto notó la presión de su miembro viril que forzaba por salir de su encierro. La chica posó suavemente su mano entre las piernas, moldeando el bulto que se había formado, notando su extremada dureza, y entonces se levantó y se quitó el vestido, quedándose completamente desnuda. Carlos se alzó rápido y se situó de rodillas ante ella, abrazándola y pegando la mejilla a su vientre, cubriéndola de besos y bocados tiernos. Pronto estuvieron desnudos y entrelazados en el frío suelo. La ninfa se arrodilló y separó sus muslos, quedando a horcajadas sobre su vientre y echada hacia delante; puso las manos a ambos lados de la cabeza de Carlos, mientras oscilaba con mágicos movimientos que le producían dulces sensaciones. Carlos admiraba sus senos, cálidos, que oscilaban sobre su cara y los tomaba entre sus manos y besaba; apresaba entre sus labios aquellos pezones endurecidos que se disputaban las caricias y sentía estremecerse al tacto de sus manos el cuerpo de la muchacha. Carlos sentía un placer inmenso, increscendo, que acabó sacudiendo su cuerpo con espasmos increíblemente placenteros que le sumieron en la nada, con la respiración agitada y descontrolada.

Al cabo de unos momentos volvió a la normalidad. Con los ojos cerrados, respirando quedamente, recordó lo sucedido unas horas antes…

Dorotha era una chica joven y rubia, con una trenza que le alcanzaba hasta media espalda; de grandes ojos de color azul claro, metálico, como el cielo raso de Albalate en los días en que azota el Cierzo.

Dorotha había llegado de Polonia dos meses antes, y esa noche del Sábado Santo se había citado con él. Ella, tal como habían convenido, esperó a que se apagasen las luces del restaurante, abrió la ventana de su habitación –ubicada en la planta baja, en la parte trasera del edificio–, y se descolgó hasta la acera. Luego se dirigió, cautelosa, hacia el coche todoterreno, un Suzuki negro y con los cristales tintados, que la esperaba en la calle con su motor encendido, calentando el habitáculo.

Al entrar en el coche, Dorotha sonrió y dijo: “Perdonar, yo no puede venir antes; yo no estar segura de jefa acostada.”

Carlos la abrazó y besó con ansia; ella rechazó el abrazo y dijo: “No; no aquí, poder ver alguien.”

El vehículo arrancó con rapidez, lanzando con fuerza gravillas hacia atrás, y se dirigió hacia Alcolea, al otro lado del río, cruzando el puente construido en medio de un bosque de altos árboles y espesa maleza, reserva de jabalíes y corzos, alegría y despensa de cazadores.

Nada más cruzar el puente, el conductor salió de la carretera y dirigió el vehículo por un camino que lo llevaba al interior del bosque.

– ¿Adónde ir? Aquí no es Alcolea, no hay hotel –exclamó la rubia

–Luego iremos, cariño, antes quiero hacerte el amor en pleno bosque.

– ¡No, no! Tú llevarme a casa, esto no gustarme

– Tranquila, verás como te gusta; luego te llevo al hotel.

La chica estaba asustada y negaba con la cabeza; intentó abrir la puerta del coche en marcha, pero no pudo: el conductor la había bloqueado desde su lado.

Al ver que Dorotha estaba asustada y comprender que ya no podría convencerla, detuvo el vehículo.

Al cabo de unos segundos abrió los ojos, justo el momento preciso para ver el destello de la espada brillar a la luz de la Luna.

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Inés, la dueña del Hostal Casa Santos, marcó el número de Urgencias. Al cabo de unos segundos cogieron la llamada en el cuartel y diez minutos más tarde llegaba ante el hostal el Land Rover de la Guardia Civil. De él descendieron un sargento y un guardia. Isabel salió a recibirlos

– ¿Qué ocurre? ¿Aún no ha aparecido? ¿Han mirado bien en su habitación? ¿Saben si salió con alguien?–el sargento de la Guardia Civil no cesaba en sus preguntas, mientras entraban en el edificio.

–La chica no está en la casa, la hemos buscado por todas las habitaciones y no hay rastro de ella. Ayer acabó su jornada y se fue a su habitación para acostarse. Hoy debía madrugar para preparar los desayunos de unos clientes que se levantan muy temprano para ir a pescar al río. No sabemos de nadie del pueblo que esté relacionado con ella, no tiene amigos: hace poco que trabaja aquí y aún no conoce a nadie, exceptuando a los clientes habituales y sus compañeras de trabajo.

La voz de la desaparición de Dorotea, “la polaca”, se extendió como la pólvora y en poco tiempo la gente se congregó delante del hostal para colaborar en la búsqueda. Un nutrido grupo de hombres se dirigió al río, allí repasaron cada palmo de terreno antes de cruzar el puente y pasar al otro lado. No tardaron en descubrir las huellas de un vehículo pesado, que los condujo hasta un cuerpo medio oculto entre un matorral: era Dorotha.

La Guardia Civil encontró el todoterreno manchado de barro y con restos de hojas y matojos aparcado delante del palacio de los Eril, en la plaza. No había rastro del conductor. Siguieron con la mirada las huellas de las pisadas de barro que comenzaban en el coche y seguían hasta la torre árabe. Se dirigieron a ella.

La torre es conocida por sus frescos medievales de la tercera planta. Ésta consiste en una habitación de 4´50 x 3´80 metros con una única ventana, y cuyas paredes están adornadas con unas pinturas en tonos grises que relatan la historia de Judit y Holofernes –el general enviado por Nabucodonosor en el siglo llV antes de Cristo –, sacada del Antiguo Testamento, donde se narra cómo Judit conquistó al general asirio y lo venció: Cantaba y danzaba para él en su tienda, y le ofrecía vino. Cuando estuvo ebrio y se quedó dormido le cortó la cabeza y la pinchó en una vara; más tarde la plantó ante la puerta de la ciudad sitiada. Esto produjo tal desconcierto en los invasores, que aterrorizados huyeron, abandonando máquinas de guerra y animales. Judit fue ejemplo durante siglos para los débiles: les enseñó a emplear astutamente cualquier medio para lograr la victoria ante el poderoso.

Los guardias encontraron la puerta del torreón cerrada. Cruzaron la plaza y preguntaron en el Ayuntamiento por la llave. El conserje comprobó que ésta no estaba colgada en su lugar y ninguno de los presentes en el Consistorio sabía cómo había desaparecido. Los Guardias volvieron a la torre, forzaron la puerta y subieron las estrechas escaleras. No se escuchaba nada, ni un murmullo, el silencio era doloroso.

El edificio olía a humedad, parecía abandonado, y el hecho de encontrarlo cerrado les hacía pensar que allí no había nadie. Ya desconfiaban de encontrar lo que buscaban allí y decidían regresar, cuando al alcanzar la tercera planta vieron que se filtraba sangre por debajo de la puerta. Le dieron una fuerte patada y ésta se abrió de golpe, mostrando la escena:

Todo el suelo estaba anegado de sangre, y sobre el pavimento de piedra yacía el cuerpo desnudo de un hombre… ¡decapitado!

Su cabeza estaba colocada sobre una columna partida de mármol. Tenía los ojos muy abiertos y miraba con expresión de horror hacia los dibujos de la pared de enfrente.

Sobre ésta, escrito con sangre, que chorreaba de cada letra hacia el suelo, aparecía un nombre: JUDIT

FIN

INCH ALA

Un día cualquiera en el sur de España


Mohamed permanecía sentado sobre la roca, con las piernas replegadas y la cabeza oculta entre sus brazos. Lloraba.
En el cielo, unos negros nubarrones, de bordes plateados, se desplazaban a toda prisa, dejando ver fugaces apariciones de la Luna. Unos metros más abajo, las olas estallaban una detrás de otra, levantando grandes columnas de agua que salpicaban al aterrorizado zagal, intentando despiadadamente recuperar su presa y arrastrarlo mar adentro. El chico veía el ir y venir de las olas y se apretujaba contra las rocas, mirando el abismo a su pies que dejaban las aguas al retirarse.
Cerró los ojos al notar que  mirar las aguas le mareaba. A su izquierda, las luces de Gibraltar formaban una fina línea sobre la bahía y la negra silueta del gigantesco Peñón aparecía de vez en cuando a contra luz de la luna llena. Frente a él, una franja iluminada en el horizonte señalaba la ciudad de donde había venido, junto a otras veintiséis personas que, amontonadas en la patera y con la mirada fija en un punto luminoso de la costa, señalado en el mapa como el faro de Tarifa, fueron sorprendidos por el cambio del tiempo y basculadas de un lado al otro en la frágil embarcación , hasta que, desequilibrada, volcó sobre un lado, echando a sus ocupantes unos sobre otros hacia el fondo negro de las aguas.

Mohamed vio cómo su padre desaparecía bajo el agua, incapaz de nadar con su madre agarrada a su cuello. Momentos antes de naufragar, su madre había sacado de entre sus ropas una cámara de plástico y se la dio al chico diciendo:
" Hínchala y póntela". Mohamed comenzó a soplar en la válvula apresuradamente, hasta que logró llenarla. Una vez en el agua buscó a su madre para entregársela, pero ésta había desaparecido. Mohamed gritó su nombre hasta la desesperación, sin obtener respuesta alguna. Las olas, de tres o cuatro metros de altura, lo zarandeaban caprichosamente y le hacían subir hasta el cielo antes de bajarlo hasta el abismo, y el niño tragaba agua cada vez que era sumergido en ellas.
El viento soplaba en ráfagas de más de cien kilómetros por hora; las nubes corrían por el firmamento, ajenas a la desgracia, como si quisieran huir de su responsabilidad en la cruel matanza…, ignorando las llamadas de socorro de los náufragos, tal como los países ricos ignoran las llamadas del tercer mundo.
Mohamed vio que un hombre nadaba hacia él con la mirada puesta en la cámara de plástico. Su instinto le hizo introducir la cabeza en ella y nadar con fuerza hacia la luz del faro, que lo esperaba a unos trescientos metros de distancia.
Estaba ya entregado, a punto de abandonar la lucha, agotado hasta casi la muerte, cuando se sintió elevado en la cresta de una ola que lo lanzó contra las rocas. Recibió un golpe tan fuerte que perdió el sentido.
Cuando volvió en sí se encontró con otro hombre, un senegalés, que lo sujetaba y le protegía de los golpes del mar, que reclamaba insistentemente a su presa. No sabía cuánto tiempo llevaba allí; ni le interesaba: no sabía a dónde ir, estaba solo en el mundo y no tenía dinero.
— Allons -y, mon petit —le dijo el negro—. Il faut s`en aller... ( Vamos, hijo. Hay que irse).
Comenzaron a trepar por el acantilado bajo el terrible azote del viento, que intentaba por todos los medios entregarlos al mar que rugía bajo sus pies y golpeaba con más fuerza aún sobre las rocas, salpicándolos y mojándolos de pies a cabeza, en un desesperado intento de engullirlos.
Cuando por fin llegaron a la cima del acantilado, extenuados y temblando de frío, vieron unas luces a un centenar de metros más arriba, que se acercaban deprisa y luego desaparecían por el lado contrario. Los náufragos comprendieron que se hallaban cerca de una carretera, y se encaminaron hacia ella.
Su aventura acababa de comenzar.
- Inch`Ala (Sea lo que Alá quiera)- exclamó el negro.
- Inch`Ala - contestó Mohamed





miércoles, abril 11, 2007


YA ESTÁ MI NOVELA "LA PISTA DEL LOBO EN VENTA". PODÉIS VERLA EN:
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Soy miembro del Grupo CIÑE y tengo mi propia página de escritor en: http://www.circuloindependiente.net/Juan_Pan_Garcia.htm


Reseña del editor:

Miguel sufre un accidente de tráfico, provovado por un conductor suicida, en el que muere su yerno. Desde entonces vive con su hija Lucía y su nieta Rebeca, quienes, un verano, le ofrecen irse con ellas de vacaciones a su pueblo, Algar, en la ruta de los pueblos blancos de Cádiz. Miguel le cuenta a su nieta, a lo largo de diversos capítulos, la historia que le impide acompañarlas: la aventura de los maquis huidos a las montañas y perseguidos por la Guardia Civil, los atracos, secuestros, contrabando, asesinatos y el hambre que siguió a estos hechos obligaron a su familia y a muchas otras a abandonar el pueblo y emigrar hacia el Norte. Una historia dura de la época negra de España narrada con el ritmo de lo confidencial que llega directamente a la sensibilidad del lector y le hace reflexionar sobre los hechos acontecidos sin buscar culpables.


Breve biografía del autor:

Juan Pan García, Algar (Cádiz) 1943. Cuando alcanzó su mayoría de edad, emigró a París, y su empresa le llevó a otros países como profesional de control de calidad de soldaduras. De regreso a España, se instala definitivamente en El Puerto de Santa María, como empleado de la industria naval auxiliar. "La pista del lobo" es la primera novela que publica. Otras obras del mismo autor: "Mariluz", "Nostalgia", "Cuentos de la vida" y "Cuentos del abuelo".




domingo, abril 08, 2007

LA LEYENDA DEL "ZAMARRILLA"

LA LEYENDA DEL “ZAMARRILLA” (Partiendo de los escuetos datos encontrados de la popular leyenda he creado una hermosa historia de amor que he inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual de la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía en Cádiz)



Maria Santisima de la Amargura Coronada (Marzo 2007) Bernardo By Lober

La diligencia avanzaba deprisa, levantando una gran polvareda tras ella. Los cuatro pasajeros –dos matrimonios acaudalados que se dirigían a Málaga– miraban por la ventanilla hacia los riscos, asustados. Deseaban salir cuanto antes de aquel desfiladero, territorio dominado por la banda de Cristóbal. Dos hombres conducían el carruaje; uno de ellos golpeaba con el látigo a los seis hermosos caballos que componían el atelaje, mientras el otro mantenía el arcabuz en sus manos, preparado para defender la diligencia de cualquier ataque.
Fue al salir de la curva que vieron el camino cortado por un tronco. El cochero tiró de las riendas y los caballos frenaron su carrera, hasta detenerse entre relinchos y piafadas.
Los pasajeros se asomaron a las ventanas, alarmados,y preguntaron qué sucedía. El conductor descendió del pescante y se dirigió al tronco con una palanca en sus manos para intentar echarlo a un lado y librar el paso. El otro permaneció en su puesto, recorriendo con la mirada las alturas del cañón. No observó nada extraño, ni prestó atención a unos buitres que volaban muy alto, dando vueltas y planeando en un cielo completamente azul. Dejó su arma en el asiento y descendió a ayudar a su compañero. Fue en ese momento que aparecieron ocho hombres de la banda, rodeando al carruaje.
– ¡Que nadie se mueva! Hagan todo lo que les diga y no habrá nada que lamentar –gritó el que parecía ser el jefe.
Los bandoleros obligaron a punta de trabuco a bajar a los pasajeros y les ordenaron echar en una bolsa de lona todo el dinero y objetos de valor: relojes, pulseras, cadenas, anillos y medallas.
– No intenten engañarnos y échenlo todo, no nos obliguen a dejarles en cueros aquí en el camino para alimento de los buitres. Ustedes, hermosas damas, no olviden lo que llevan oculto entre sus ropas; no nos obliguen a comportarnos indecentemente.
El asalto duró a penas media hora. Luego, los bandidos desaparecieron tal como habían llegado, dejando sin una moneda a los atribulados pasajeros y a los empleados de la compañía, que se miraban impotentes entre ellos, maldiciendo la hora en que habían nacido aquellos desalmados.
Esta escena se repetía  frecuentemente por distintos lugares de Andalucía. La nobleza y los ricos clamaban al cielo porque sus negocios se resentían: nadie osaba cruzar aquellas inhóspitas tierras, y la Reina, Isabel II, hubo de reunirse con sus consejeros en sesión extraordinaria para hablar sobre el tema. De la junta salió la orden para el Mariscal de Campo, Ahumada, de crear un cuerpo especial dedicado a perseguir a muerte a todos los bandoleros. Poco después, entrado el año 1844, se creó la Guardia Civil. Durante los años que siguieron, fueron cayendo poco a poco los bandoleros. Los que no morían en el combate, eran conducidos a la horca por los guardias.
 Cristóbal, el jefe de la banda,  tenía puesto precio a su cabeza. Pero todo el mundo sabía que él  repartía generosamente el dinero robado entre  los más necesitados. También sobornaba a muchos otros, para que mirasen a otro lado o guardaran silencio.
……….


El cielo estaba gris y amenazaba con lluvia. Las nubes se dejaban caer sobre las cumbres de las montañas, cubriéndolas de masas algodonosas. Un fuerte viento del Sur silbaba al paso de la calesa negra, que arrastrada por dos caballos, también negros, subía la cuesta del camino abierto en la ladera montañosa entre pinos y abetos que llevaba al cementerio. La mujer que conducía el carruaje se sujetaba el sombrero para impedir que éste le fuese arrancado por el viento, mientras arreaba con el látigo a los corceles obligándolos a correr. Había dejado atrás Igualeja, un pueblo perdido en la Serranía de Ronda. El carruaje se detuvo ante el cementerio del pueblo, llamando la atención de los visitantes. De él descendió la señora. Iba  vestida de rigoroso luto.  Un velo cubría su cara.
La mujer inició su caminar por la alameda central del campo santo hacia una tumba apartada, situada al fondo, detrás del suntuoso panteón de una familia rica que sobresalía de entre todas las tumbas. A medida que avanzaba, los hombres le abrían paso y se quitaban el sombrero, mientras la miraban con respeto; las mujeres permanecían quietas, observándola y admirando su nobleza, su porte erguido y su figura esbelta.

Carmen avanzó entre las tumbas y se detuvo en una que tenía una lápida de mármol rojo con  vetas blancas. Permaneció de pie, con la cabeza agachada, musitando una oración. Los curiosos la observaban desde lejos.
La enlutada señora se inclinó y arrancó los yerbajos que habían crecido en torno a la tumba, luego se puso de rodillas y musitó: “Aquí estoy de nuevo, amor mío. Un año más. Un año de angustiosa espera, atormentada por la pena. Tu ausencia me está matando un poco cada día… ¿Cuándo vendrás a buscarme para llevarme contigo?”
La mujer sacó un pañuelo de su manga y se secó unas lágrimas. Su velo ocultaba las pronunciadas marcas del sufrimiento: ojeras pronunciadas, surcos verticales junto a su boca, mejillas flácidas y hundidas... Todo ello delataba el insomnio, la fatiga y el dolor terrible y continuo del desamor que la embargaba.
Los recuerdos le provocaron sollozos y gemidos, y las lágrimas afloraron libremente de sus ojos…


8 AÑOS ANTES....
La noche había caído y una espesa negrura cubría la calle. Las débiles luces de los quinqueles apenas salían por las rendijas de las puertas y ventanas de las casas. Una sombra se movía pegada a la pared y avanzaba, cautelosa, hacia la casa de Carmen, una joven morena, muy guapa, de ojos grandes y celestes, cabello largo y negro hasta la cintura; sus turgentes senos lucían prietos en el generoso escote de su largo vestido; las armoniosas curvas de su cuerpo provocaban sueños a más de uno de los habitantes de aquel poblado separado de la ciudad por el río Guadalmedina.
La sombra golpeó tres veces en la puerta, mientras miraba a uno y otro lado de la calle. La puerta chirrió un poco sobre sus goznes y se abrió lo suficiente para permitir la entrada de Cristóbal; luego se cerró de nuevo.
Nada más entrar, Cristóbal abrazó a la chica y la besó apasionadamente en los labios.
– ¿Qué ha pasado, mi amor?, ¿por qué has venido hoy, sin avisar? No te esperaba hasta dentro tres días…–dijo ella cuando pudo hablar. El novio la dejó un momento y fue a mirar afuera por entre medio de las macetas de geranios de la única ventana que daba a la calle. Luego se volvió de cara a la mujer y le dijo:
– Vengo a despedirme, Carmen. Me persiguen los civiles y no tengo ya adonde ir.
– ¿Qué te vas? Pero… ¿Y yo?, ¿qué va a ser de mí?
– Tú te reunirás conmigo donde yo te diga. Nos iremos lejos de aquí, adonde nadie nos conozca y podamos vivir tranquilos y felices. ¡Prométeme que me esperarás!
– ¡Te juro que no habrá nadie más que tú en mi vida! –dijo la joven, con la voz entrecortada por la emoción. Se abrazó a él y buscó con ansia su boca. El bandolero la cogió en brazos y la llevó a la alcoba.

Mientras tanto, un hombre que había visto entrar al bandolero en casa de su novia fue a avisar a la Guardia Civil; los guardias formaron una patrulla y acudieron al poblado, dispuestos a no dejarle escapar. Estaban ya muy cerca cuando los dos amantes se despedían en la puerta. Cristóbal atisbó  ambos lados de la calle y le llamó la atención que algunas personas estuvieran en la puerta de sus casas. Su instinto permanecía en guardia.
– Algo va mal, mi niña... Me voy, no te olvides de tu promesa.
–Toma esta rosa blanca, mi amor, guárdala cerca de tu corazón. Te la doy en señal de que mi alma permanecerá pura y blanca como ella, hasta que sea tuya...

El bandido besó rápidamente a su amada y guardó la rosa; luego salió corriendo hacia el río. Fue entonces que vio a los guardias que venían de frente. Cristóbal retrocedió y corrió por entre las estrechas calles, intentando burlar a los civiles. No tenía escapatoria, los guardias aparecían por todas partes con teas encendidas, y los vecinos salían de sus casas, alarmados por los gritos que daban los guardias. Uno de éstos vio una sombra correr hacia una ermita ubicada en un campo cubierto de zamarrillas, y disparó. La bala pasó rozando al bandolero. Éste no vio otra alternativa que entrar en la iglesia. Empujó la puerta y vio la imagen de la Virgen sobre un trono dispuesto para salir en la procesión; estaba iluminada con un par de cirios a cada lado. Cristóbal no creía en nada ni en nadie, y mucho menos en los curas: había comprobado que éstos siempre defendían a los ricos.
No encontraba donde ocultarse, la ermita sólo disponía de unas cuantas filas de bancos. Las voces de los guardias se escuchaban cerca. Cristóbal estaba nervioso y sacó el arma que colgaba de su cintura, dispuesto a morir matando.
Vio que el manto de la Virgen estaba estirado sobre los varales del trono y era largo, tanto que llegaba hasta el suelo, y se ocultó debajo. Justo en ese momento aparecieron los civiles en la puerta del santuario. “Tened cuidado de  que no escape; ha entrado aquí y no hay otra salida”, escuchó decir a un guardia.
Cristóbal vio los pies de ellos pasar a uno y otro lado del trono; uno de ellos se inclinó y miró debajo del manto. Otro lo hizo por el otro lado. Cristóbal levantó el trabuco…
Increíblemente, el guardia se fue y siguió su búsqueda por otro lado.
–Parece imposible, yo lo vi entrar en la ermita–dijo un guardia
–Sí,  yo también–respondió otro–, por eso disparé.
Los civiles recorrieron toda la iglesia, mirando debajo de los bancos y del altar, volvieron a asomarse debajo del manto de la virgen, tocaron la escultura de madera y comprobaron debajo de su vestido. No encontraron a nadie…
Al cabo de unos largos minutos abandonaron la ermita.
Cristóbal no se creía lo que estaba sucediendo, era imposible que no le hubieran descubierto: él  había permanecido todo el rato de pie bajo aquel manto blanco y bordado en oro, que aparecía estirado hacia detrás, cubriendo los varales del trono que la llevaría en procesión en los días siguientes.

Salió del escondite y se quedó mirando a la virgen un momento; luego se arrodilló y le dio las gracias por haberle salvado. La cara de la estatua le miraba fijamente, y las lágrimas que el escultor había tallado en la madera parecían resbalar por las mejillas. Al menos eso creyó Cristóbal. De pronto el bandolero, emocionado, sacó la rosa blanca que le había entregado su novia, subió al trono y se la colocó en el pecho a la virgen. Pero  la flor no se aguantaba y cuando la soltaba tendía a caer al suelo. Cristóbal sacó su navaja y sujetó la rosa clavándola en la madera. Luego descendió del trono y se puso enfrente para despedirse de la imagen salvadora.
Entonces sucedió algo increíble, sobrenatural. El bandido creyó ver alucinaciones y se restregó los ojos… ¡La rosa blanca se había convertido en roja!
Subió de nuevo al trono y tocó la flor: ¡Su mano se tiñó de sangre!
El bandido sintió un mareo y cayó al suelo. Luego se levantó y salió con la cara espantada, como la de un loco. Fue caminando por la calle hasta que los guardias le descubrieron y le apresaron. En los duros interrogatorios no decía otra cosa que ésta: “La virgen está sangrando.”
Los jueces le condenaron a trabajos forzados y permaneció en la cárcel varios años.
Carmen fue a verle al presidio varias veces. Le hablaba de su amor, le llevaba alimentos y medicinas, pero él no la escuchaba, parecía enfermo, estaba como ausente… Sus ojos permanecían siempre abiertos, sin ver, cuando su novia le acariciaba y le  hablaba sobre su promesa, su futuro, su gran y único amor…

Pero él estaba en otro mundo, se arrodillaba a cada instante y rezaba piadosamente a la Virgen, hasta que lo indultaron por buena conducta y para satisfacer su deseo de entrar en un convento.
Ella continuó esperándole, creyendo que algún día recobraría la razón, abandonaría los hábitos y volvería a su lado.
Cristóbal murió apuñalado en una calle cercana a la ermita cuando le llevaba a la virgen un ramo de rosas rojas que él cultivaba para ella en el huerto del convento.
Desde entonces cada año, el día de Jueves Santo, en Málaga sale en procesión la imagen de la Virgen de Zamarrilla, en recuerdo al bandolero.

Ocho años habían transcurrido desde aquel suceso…
Al cabo de unos minutos, la señora se levantó y se giró hacia el vendedor de flores que la había seguido silenciosamente, como hacía cada año cuando ella venía el día de los difuntos. El hombre le entregó el ramo compuesto de hojas verdes y ocho rosas blancas –una por cada año transcurrido desde el día en que lo asesinaron–, y ella lo echó sobre la lápida, “Ocho largos años sin ti, amor mío”, pensó, mientras secaba una furtiva lágrima. Luego inclinó su cabeza y se santiguó. La gente que había acudido ese día al cementerio la observaba, curiosa, formando corrillos y murmurando.

Carmen abandonó la tumba y comenzó a caminar hacia la salida. Lo hacía despacio y con la cabeza agachada, ignorando la expectación que su presencia levantaba en aquel lugar.
Subió a su carruaje y fustigó con dureza a los caballos, que se alzaron sobre sus patas traseras, dieron un tirón, y se pusieron en marcha enseguida.
Comenzó a llover. El cielo se iluminó con el rayo y un fuerte trueno estalló en el aire antes de partir por la mitad un árbol cercano al camino. Mientras ella se alejaba del campo santo, la gente buscó refugio en la pequeña capilla.
La dama parecía tener prisa, a juzgar por los continuos latigazos que lanzaba sobre los corceles. Estos salieron al galope, corriendo todo lo que permitía el arrastre del carruaje cuesta abajo. Al lado derecho se alzaba la montaña; al izquierdo, un enorme barranco mostraba sus fauces. Carmen fustigaba sin cesar a las bestias, que volaban hacia el pueblo. En esos momentos divisó a un centenar de metros la curva del camino y Carmen castigó una vez más con el látigo el lomo de los dos caballos. Estos relinchaban sin dejar de correr… La curva apareció ante ella; en ese instante un relámpago iluminó el paisaje, y el trueno golpeó sus oídos. La lluvia caía con fuerza, formando una verdadera cortina de agua
El agua de lluvia se mezclaba con sus lágrimas, mientras gritaba: “¡ Arreeeee!"

Carmen fustigó otra vez a  los caballos… La curva, el agua, el cielo…