viernes, noviembre 30, 2007

Y UNO APRENDE ....... ¿de Jorge Luis Borges?


Después de un tiempo,
Uno aprende la sutil diferencia
Entre sostener una mano
Y encadenar un alma,

Y uno aprende
Que el amor no significa acostarse
Y una compañía no significa seguridad
Y uno empieza a aprender ...
Que los besos no son contratos
Y los regalos no son promesas
Y uno empieza a aceptar sus derrotas
Con la cabeza alta y los ojos abiertos

Y uno aprende a construir
Todos sus caminos en el hoy,
Porque el terreno de mañana
Es demasiado inseguro para planes ...
Y los futuros tienen una forma de
Caerse en la mitad.

Y después de un tiempo
Uno aprende que si es demasiado
Hasta el calorcito del sol quema.

Así que uno planta su propio jardín
Y decora su propia alma,
En lugar de esperar a que alguien
Le traiga flores.
Y uno aprende que
Realmente puede aguantar,
Que uno realmente es fuerte,
Que uno realmente vale,
Y uno aprende y aprende, ...
Y con cada día uno aprende.

Este precioso poema, atribuido a Borges y recitado por él, sin que aparezca en ninguna de sus obras, es en realidad un plagio. Tal vez sea ése el motivo que lo llevó a no publicarlo.
Se cree que Borges hizo un arreglo personal del texto de Shakespeare.


Después de un tiempo...
Por William Shakespeare

Después de algún tiempo aprenderás la diferencia entre
dar la mano y socorrer a un alma,
y aprenderás que amar no significa apoyarse,
y que compañía no siempre significa seguridad.

Comenzarás a aprender que los besos no son
contratos, ni regalos, ni promesas. . .
comenzarás a aceptar tus derrotas con la cabeza erguida
y la mirada al frente, con la gracia de un niño
y no con la tristeza de un adulto
y aprenderás a construir hoy todos tus caminos,
porque el terreno de mañana es incierto para los proyectos
y el futuro tiene la costumbre de caer en el vacío.

Después de un tiempo aprenderás que
el sol quema si te expones demasiado. . . .
aceptarás incluso que las personas buenas podrían herirte alguna vez
y necesitarás perdonarlas. . .
aprenderás que hablar puede aliviar los dolores del alma. . .
descubrirás que lleva años construir confianza
y apenas unos segundos destruirla
y que tú también podrás hacer cosas
de las que te arrepentirás el resto de la vida.

Aprenderás que las nuevas amistades continúan creciendo
a pesar de las distancias,
y que no importa que es lo que tienes, sino a quien tienes en la vida,
y que los buenos amigos son la familia que nos permitimos elegir.

Aprenderás que no tenemos que cambiar de amigos,
si estamos dispuestos a aceptar que los amigos cambian.
Te darás cuenta que puedes pasar buenos momentos
con tu mejor amigo haciendo cualquier cosa
o simplemente nada, solo por el placer de disfrutar su compañía.


Descubrirás que muchas veces tomas a la ligera
a las personas que más te importan
y por eso siempre debemos decir a esas personas que las amamos,
porque nunca estaremos seguros
de cuando será la última vez que las veamos.

Aprenderás que las circunstancias y el ambiente que nos rodea
tienen influencia sobre nosotros, pero nosotros
somos los únicos responsables de lo que hacemos.

Comenzarás a aprender que no nos debemos comparar con los demás,
salvo cuando queramos imitarlos para mejorar.

Descubrirás que se lleva mucho tiempo
para llegar a ser la persona que quieres ser,
y que el tiempo es corto.

Aprenderás que no importa a donde llegaste,
sino a donde te diriges y si no lo sabes cualquier lugar sirve. . . . .

Aprenderás que si no controlas tus actos ellos te controlarán
y que ser flexible no significa ser débil o no tener personalidad,
porque no importa cuán delicada
y frágil sea una situación: siempre existen dos lados.

Aprenderás que héroes son las personas
que hicieron lo que era necesario,
enfrentando las consecuencias . . .

Aprenderás que la paciencia Requiere mucha práctica.
Descubrirás que algunas veces,
la persona que esperas que te patee cuando te caes,
tal vez sea una de las pocas que te ayuden a levantarte.

Madurar tiene más que ver con lo que has aprendido
de las experiencias, que con los años vividos.
Aprenderás que hay mucho mas de tus padres
en ti de lo que supones.

Aprenderás que nunca se debe decir a un niño
que sus sueños son tonterías, porque pocas cosas son tan humillantes
y sería una tragedia si lo creyese
porque le estarás quitando la esperanza.

Aprenderás que cuando sientes rabia,
tienes derecho a tenerla,
pero eso no te da el derecho de ser cruel.
Descubrirás que solo porque alguien no te ama
de la forma que quieres, no significa que no té ame
con todo lo que puede, porqué hay personas que nos aman,
pero que no saben como demostrarlo. . . . .

No siempre es suficiente ser perdonado por alguien,
algunas veces tendrás que aprender a perdonarte a ti mismo.
Aprenderás que con la misma severidad con que juzgas,
también serás juzgado y en algún momento condenado.

Aprenderás que no importa en cuantos pedazos tu corazón se partió,
el mundo no se detiene para que lo arregles.
Aprenderás que el tiempo no es algo que pueda volver hacia atrás,
por lo tanto, debes cultivar tu propio jardín y decorar tu alma,
en vez de esperar que alguien te traiga flores.

Entonces y solo entonces sabrás realmente lo que puedes soportar;
que eres fuerte y que podrás ir mucho más lejos de lo que pensabas
cuando creíasque no se podía más.
Es que realmente la vida vale cuando tienes el valor de enfrentarla! ! ! !


miércoles, noviembre 21, 2007

PSICOSIS

"El grito", de Edvard Munch
                                            PSICOSIS

  Para Lola  no hay vacaciones en Navidad. El día de Nochebuena ha terminado su trabajo de canguro en una casa de la calle Delicias y  viaja en el último servicio del Metro de la jornada. Apenas media docena de pasajeros ocupan el vagón. El tren anuncia  la inminente parada en Sol, la suya, y ella se apresta para salir. De súbito ve levantarse de su asiento a un joven moreno, alto, de pelo largo y cogido en una coleta en la nuca, que la mira insistentemente con sus ojos color miel.
  Ella siente un escalofrío y se vuelve hacia la puerta, rezando para que la estación esté atestada de gente y ella pueda perderse entre la masa. El sonido del tren deslizándose a gran velocidad por las vías, la voz en off del sistema anunciando la próxima parada aumentan la ansiedad de Lola, que ve cómo los segundos se tornan horas.
  De pronto las luces de la estación pasan rápidamente ante ella y se escucha el peculiar sonido del aire al accionar el maquinista los frenos y la apertura de las puertas. Lola sale, mirando de reojo hacia el chaval moreno, y ve que la sigue sin dejar de observarla; ella acelera el paso, intentando mezclarse entre los escasos pasajeros que se han apeado del tren, pero éstos se pierden en los túneles de las correspondencias y en las diferentes salidas. La chica se aterra y siente aumentar sus pulsaciones; mira hacia atrás y ve que el chico está a unos diez metros y se detiene para encender un cigarrillo. Entonces ella inicia la carrera precipitadamente, gira en una curva y encuentra las escaleras mecánicas de la salida. Vuela sobre ella, saltando los escalones de dos en dos y se gira al llegar arriba: el chico también corre, y Lola siente verdadero pavor; sale a la esquina de la calle Montera y corre por ésta hacia la Gran Vía.
  En el camino sortea a prostitutas y travestís, que muestran generosamente sus encantos a los peatones; el chico moreno la sigue, empinándose para descubrir a la chica tras la masa de gente que circula en ambas direcciones. La ve detenida en la Gran Vía mirando a izquierda y derecha. Lola atraviesa la calzada corriendo, sin esperar a que el semáforo cambie y le dé luz verde. La gente se vuelve al escuchar un chirriar de frenos precipitados seguido de un estruendo y ruido de cristales rotos. Un claxon se queda enganchado, pitando sin cesar.
  Los conductores y algunos peatones gritan a  Lola y la insultan; un coche de la policía, estacionado junto a una boca de metro cercana, hace sonar su sirena y se pone en marcha; pero ella no está para perder tiempo en dar explicaciones: ya la violaron una vez y no desea repetir la experiencia.
  ¡Y el moreno está en la acera, junto al semáforo, mirándola fijamente! Ella aprovecha para aumentar distancias y entra en la calle Ballesta, corre entre los  transexuales, prostitutas y hombres maduros y solitarios que le lanzan piropos soeces y proposiciones  odiosas.
  Decide girar en la primera calle y  volver a la Gran Vía para dirigirse a la buhardilla que ocupa en un viejo edificio renacentista cercano a la Torre de Madrid.
  Está cansada, muy cansada, su corazón parece querer escapar por la boca; mira hacia atrás y ve con horror que el chico corre tras ella a cincuenta metros. Lola tuerce en la esquina y se mete en el primer portal que encuentra abierto, sube las escaleras, se detiene en la primera planta y se acurruca en un rincón.
  Teme que el sonido de su agitada respiración la delate; busca en su bolso el teléfono para llamar al 112, pero no lo encuentra. Entre los diversos objetos que contiene el bolso toca una lámina fina y corta: la lima de las uñas, y la sujeta con fuerza, cerrando el puño en torno a ella.
  La escalera está  oscura, pero ella siente que las sombras se hacen más negras cuando alguien entra por la puerta de la calle. “¡Está allí!”, piensa.
   De pronto escucha unos pasos que se detienen al pie de la escalera y luego comienza a subir, marcando los escalones. Lola se ahoga, no puede aguantar la respiración, ¡Ah… Ah… Ah…. Ih, ah, ih, ah…! El aire silba al aspirar;  el miedo la atenaza, y ella  aprieta firmemente la lima en su mano, dispuesta a defenderse.
  De pronto la luz se enciende y Lola da un grito al ver de pie ante ella al chico, que la mira con ojos deshorbitados. Ella grita con todas sus fuerzas:

    —¡Ayudaaaaaaaaaaaaaa!, ¡socorroooo!

 El chico mira a todos lados, asustado;  se escuchan ruidos de puertas que se abren y voces preguntando qué sucede.
Lola llora, tiembla y se orina encima. El chico se inclina y pregunta, mostrándole un celular:
—¿Se encuentra usted bien, señorita? Se le cayó el teléfono al salir del metro. Yo sólo quería entregárselo. Sé lo importantes que son, y si alguien lo encuentra y lo usa será usted quien pagará  la factura.
  Ella lo mira con los ojos desorbitados, no entiende, está bloqueada y no puede pronunciar palabra, y por eso permanece muda cuando unos policías se lanzan sobre el chico y le golpean, lo controlan en el suelo y le ponen las esposas.

  —Éste ya no atracará a nadie más.

  Otro policía busca dentro de su cazadora, saca una cartera y examina los documentos que contiene. Luego, mirando despectivamente hacia el chico que está en el suelo, dice:
—Es un “sudaca”, un sin papeles. Lo ficharemos y ojalá lo devuelvan a su país.

                                                FIN


martes, noviembre 13, 2007

ROJOS

Foto tomada de la página web inSurGente.org

                                                                      ROJOS
Sentada en una silla de ruedas, tomando el sol en el patio de la residencia de la tercera edad de Arcos de la Frontera, con la mirada de ojos vidriosos y tristes fija en el horizonte y las manos arrugadas y temblorosas sobre su regazo, María, una nonagenaria, recibe la visita de su hija y su bisnieta, una preciosa chiquilla de nueve años. La niña tiene un admirable parecido a su hija, y al mirarla y contemplar sus ojos, su boquita, sus gestos y oír sus risas los recuerdos regresan a su mente:

El sol del medio día cae implacablemente y las chicharras expresan sus quejas elevando el tono de sus vibrantes alas. Bajo la parra enredada en el porche de la casa, ella come unas gachas con su hijita, de tres años. La quietud de la montaña, la paz del alcornocal y los buitres volando alto se ve interrumpida por la aparición de un jinete en la vereda del cortijo. Ella se alza, deja la niña que tiene en sus brazos sobre una sillita y entra rápidamente en la casa. Instantes después sale de nuevo, alisándose el vestido y mirando fijamente y angustiada al hombre que se acerca.
Éste no es otro que D. Juan, el dueño de aquellas tierras.
Al llegar a la choza, el hombre detiene su precioso caballo negro de raza árabe y se queda mirando a la hermosa mujer morena. Y sin quitarse siquiera el sombrero en señal de respeto al pisar casa ajena, sin bajar del caballo, le dice, con sonrisa sarcástica:
–Acabo de enterarme de que a tu marido lo trasladan de la cárcel de Cádiz y se lo llevan a trabajar a El Escorial, en Madrid, para construir un gran mausóleo con una cruz inmensa sobre la montaña.Eso le pasa por ser "rojo" ¿Qué? ¿Te lo has pensado?
– Intente tocarme y será lo último que haga. ¡Se lo juro! Y ahora, ¡largo de aquí!
–No, si no te voy a tocar; serás tú misma quien venga a buscarme. Yo puedo hacer que le traten bien, que lo revienten a trabajar hasta que desee con toda su alma estar muerto, o que lo fusilen…
Ella lo mira con odio, sus labios tiemblan, los aprieta para evitar pronunciar las palabras que fluyen a su boca. Permanece así unos instantes y luego dice, suavemente:
–Ya le he dicho que soy una mujer casada y a mi marido me debo en respeto y cariño. Le pido por favor que me deje tranquila, se vaya y no vuelva.
–Tu marido no volverá nunca si yo no quiero. No seas tonta, te dejo trabajar y vivir en mis tierras, puedes criar a tu hija, te puedo ayudar con dinero… No me seas arisca, niña, que yo ya tengo mi familia y en ella no hay lugar para ti. Sólo deseo un refrigerio contigo. Los dos disfrutaremos… ¡Piénsalo!
El hombre tira de las riendas, da la vuelta, golpea con las rodillas sobre el costado del animal y sale al trote por la senda sin mirar atrás. Cuando se pierde en la lejanía, ella entra en la casa y se dirige al anafe a atizar el fuego, entonces saca un cuchillo de su bolsillo y lo coloca junto a los otros cubiertos. Luego sale, coge en brazos a su hijita y comienza a besarla, llenando su carita de lágrimas.
Afuera, la quietud de la montaña, la paz del alcornocal y los buitres volando alto son los únicos testigos del drama que viven en aquella pequeña casa...
–Abuelita, no me has contestado. Mañana es tu cumpleaños y te he comprado un regalo. ¿Quieres saber qué es?

sábado, noviembre 10, 2007

MI ÚLTIMO CUADRO.



A lo largo de mi vía,
dó mujere que yo adoraba,
la hortaliza del cuadro me dieron.
cuando meno lo epperaba

Y de mí ze fueron,
zin mirá atrá,
dejándome abatío
y zin gana de hacé ná.

¿Qué le vamo a hacé?
No podemo hacé ná:
zon la cosas del queré.
y no ze puen evitá

Yo rehíce mi vía y decubrí,
que en la "berza"
la calabaza eztá pa rabiá,
con zu col y zu morcilla


Chorizito de El Bosque,
tocinito del güeno,
callo, garbancito y papita...
¡Ay, qué güeno! ¡Qué güeno!
!Qué pringá! ¡Qué pringá!
Ya zé que me voy a hartar

¡Qué delicia me viá comé!
Po, como toa la mujere de Cádi,
mi mujer, de maravilla,
la berza la zabe hacé, la zabe hacé


Bueno, ¿ qué os parece? Lo acabo de escribir sobre el sitio, improvisando. Es que la berza inspira.

viernes, noviembre 02, 2007

MI ESPOSA



MI ESPOSA
Amaneció con cara cansada y marcas azuladas en torno a los ojos; no había pegado ojo en toda la noche, yo lo sabía. En la oscuridad, la notaba tensa y estirada boca arriba en el lecho, y no escuché ni uno solo de sus habituales ronquidos. Tenía miedo.
Por la mañana temblaba, y no era de frío, ni de fiebre: era el miedo. Ella intentaba no preocuparme y sonreía, con esa sonrisa triste que ya conozco de otras veces.
A las nueve de la mañana del día 30 de octubre, mi esposa estaba citada en los quirófanos del Hospital Virgen de El Puerto, para extirparle un quiste de un seno. Otro. Y, como en el anterior, ella, mi niña, temblaba de miedo. ¿Sería grave? ¿Maligno?, me preguntaba mirándome a los ojos para que fuese sincero. De nada valía que el médico y el cirujano en visitas previas la tranquilizara diciendo que era algo superficial, que no estaba “dentro”, que era un bulto de grasa… El miedo es libre, y se había apoderado de su frágil cuerpo.
“Si me pasa algo, ya sabes lo que tienes que hacer”–me decía con una triste sonrisa, esperando que yo negase su razonamiento, que la abrazara y le diese un beso de ánimo, segura de que yo estaría allí a su lado, nervioso, tras la puerta del sufrimiento.
Y llegó la hora, entró en el quirófano y le sacaron ese maldito quiste horadándole el seno, ese seno que amamantó a sus cuatro hijos, el mismo que me entregó a mí el primero…
A las dos horas salimos hacia nuestra casa muy contentos; ella sonriendo y hablando mucho, contando las bromas que le habían gastado los médicos. Bromas, trato y atención piadosas, ¡que son muy humanos los médicos!, y le decían cosas para hacerla reír, para que distendiera sus alborotados nervios.
Mi niña venía muy contenta y riendo, a pesar de los seis puntos que mostraba en el seno. Y yo era feliz por ella: no se merecía sufrir tanto y quería verla sana y contenta, escuchar sus risas, esquivas desde hacía tanto tiempo. Risas que le robaba el viento del miedo.
Ésa es mi niña, la mujer que yo tengo, la que me soporta desde hace tantos años, tanto tiempo… La mujer que tanto quiero.
Y ahora, mientras ella reposa en el sofá, calladamente sufriendo el dolor de la herida del pecho, yo me he asomado al balcón, he alzado la vista y he buscado entre las nubes a ese Dios que está en los Cielos y calladamente, con mi corazón, le he dicho:
Gracias, Dios, por haberla traído entera, con sus dos senos completos. Perderlos era lo que ella más temía, y en eso has sido benévolo. Déjala ya tranquila, son tres veces las que ambos hemos sentido miedo. Ya vale. Si es necesario, si no hay más remedio, tómame a mí y déjala a ella, que es lo mejor que en esta familia tenemos.
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