miércoles, septiembre 30, 2009

SUDÁFRICA , 4

Desde aquel día, los americanos pusieron furgonetas para los españoles que tuvieran que pasar por el control militar en la entrada a Sasol Two, la refinería en activo. Sasol Three no tenía controles porque aún no producía nada que pudiese explotar. Pero en el control debíamos descender del furgón para pasar revista. Y el charco seguía allí, según supimos más tarde, para impedir que un vehículo llegase a gran velocidad y penetrase en la refinería, pues el desnivel del terreno, oculto por la profundidad del agua, lo haría saltar por los aires.


Consciente de que muchos lectores no entenderán las explicaciones técnicas que siguen, las escribo de todos modos en atención a aquéllos que sí tienen nociones de soldadura; ellos sabrán valorar las terribles dificultades que entrañaba realizar ese oficio en Sasol.

La tubería a soldar tenía un espesor de tres centímetros, cuyos bordes habían sido previamente biselados por los especialistas tuberos.

Tenían que unirlo con una pasada de electrodo celulósico, luego rellenar todo el bisel con electrodo básico. Acabado de soldar por fuera, debían pasar al interior, sanear la raíz y volver a soldar con electrodo básico.

Un trabajo durísimo habida cuenta de que a veces debían recorrerse por el interior un centenar de metros a gatas, hasta llegar a la unión que debía soldarse, arrastrando consigo los cables, los electrodos, las herramientas y la manguera de aire para poder espirar.


Cualquier golpe de martillo en el exterior resonaba dentro como si uno estuviera en el campanario de una catedral cuando toca a misa. El humo de la soldadura inundaba la tubería y era arrastrado por el aire de la manguera hacia delante, produciendo una corriente que abrazaba los sudados cuerpos y acababa resfriándolos.


Los mismos problemas sufríamos Iñaki y yo para entrar a reparar y radiografiar las soldaduras.


En Sudáfrica no existía ningún tipo de Seguridad Social: día que no se trabajase, no se pagaba. Era habitual ver a técnicos y obreros de diferentes nacionalidades acudir a sus puestos de trabajo con piernas o brazos escayolados, o enfermos con gripe y fiebres, para poder fichar a la entrada y cobrar el día. Si faltabas al trabajo tres días seguidos sin causa justificada, te despedían.


En las torres metálicas de las centrales térmicas en construcción se afanaban cientos de obreros negros y “coulored” (mulatos), distribuidos en las balaustradas de las ocho o nueve plantas del edificio. Las grúas subían sus pesadas cargas de material por encima de ellos, que la miraban asustados sin poder refugiarse en ningún sitio. A veces la carga se desprendía, cayendo sobre el personal, y los arrastraba hasta el suelo. Durante el año que estuve allí, contabilizamos una media de un muerto diario. Sólo un par de ellos eran blancos.


Debido al estrés el personal se mostraba irascible, y la menor insinuación acababa en disputa. Así no se podía vivir y la empresa comenzó a organizar viajes turísticos para relajarnos. El primero de ellos fue una visita al país de los swazi: Swaziland.


Con tal de perder de vista aquel lugar yo hubiera ido al mismísimo Infierno. Swaziland era el Paraíso. Fui de los primeros en solicitar el visado.


Imagínense un oasis en medio de un desierto, un refugio en la montaña nevada, un almacén de alimentos en un campo de refugiados hambrientos…


En Sudáfrica, un país donde todo estaba prohibido, donde hasta las fotos de los periódicos y revistas aparecían con estrellas negras ocultando los senos de las artistas en topless, existía un reino de hadas del tamaño de dos provincias andaluzas, que ofrecía a sus visitantes todo lo que pudiera comprarse con dinero. Todo estaba permitido.

Diseminados en las verdes praderas, aparecían por doquier hoteles de lujo, que invitaban a quedarse y pasar en ellos el fin de semana. La majestuosidad de la cadena montañosa de Drakensmberg impresionaba. De ella pinté un cuadro años más tarde.


La capital, Mbabane, destacaba por sus hoteles-casinos, prostíbulos y salas de fiesta. En los aledaños de los hoteles abundaban las mujeres jóvenes y sonrientes, que se aferraban a los brazos de los turistas, dispuestas a complacer cualquier íntimo deseo por muy retorcido que fuere. Las más grandes fiestas tenían lugar en las lujosas suites de las grandes cadenas hoteleras que se habían instalado en el reino.

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Los hoteles mostraban orgullosos sus restaurantes y cafeterías, expositores colmados de diamantes, oro, piedras preciosas y figuras de marfil, y, sobre todo, las discotecas y salas de juegos acompañando la noche.

En las plazas y estadios de la ciudad, así como en las aldeas, encontrabas grupos de indígenas que nos obsequiaban con demostraciones de danzas y ritos tribales antiquísimos.

Cuatro parques nacionales distribuidos en las entradas al país recibían la visita de cientos de miles de turistas; yo fui con unos cuantos compañeros al más cercano a la capital: Parque Nacional Mliwane.


Cuando la Flota americana hacía escala en las proximidades de Swaziland, tras su periplo por los puertos de Asia, acudían en masa los marines para divertirse y regar el país con sus dólares. Y con sus virus.


En las dos semanas que siguieron al viaje a Swaziland, las clínicas de Secunda no daban abasto para atender las infecciones venéreas. De los 300 españoles que componían la plantilla, medio centenar debía acudir cada día al centro médico a inyectarse antibióticos. Entre ellos se hallaba Iñaki. Durante dos semanas estuvo de baja y me pusieron de ayudante a un negro.



Este compañero, al igual que cientos de ellos, sabía hablar y escribir en inglés, francés y africans, y se comunicaba con sus compañeros de raza en bantú, su lengua materna.

Era mecánico de motores diesel, y cobraba 0´30 dólares la hora. Los mecánicos blancos sudafricanos, cobraban 10 dólares la hora.












Algunos se gastaron más de lo que podían en Swaziland. Otros perdían su salario diario al no poder trabajar por sufrir temibles enfermedades venéreas, y le exigían préstamos al jefe para que su mensualidad llegase a sus familias y no notasen lo que les sucedía.


A la vista del resultado, la empresa dejó de organizar viajes turísticos; cada cual podía ir adonde quisiera bajo su propia responsabilidad.

Tres meses más tarde, cuando regresé en la primera expedición a España para pasar un mes de vacaciones, seis españoles aún estaban curándose de su grave enfermedad y debieron quedarse en Sudáfrica.


El siguiente viaje lo hice por mi cuenta con un soldador de Zamora que presumía de hablar inglés a nivel conversación. Lo había aprendido en un manual de esos cuyo título decía “Hable inglés en quince días”. Con ese libro aprendías a decir dónde está el baño, cuánto cuesta el viaje, gracias, hasta luego, te amo, filetes con patatas…, y poco más.


Con algunos cientos de rands en la cartera cada uno, y con la seguridad que nos daba el libro para comunicarnos con los nativos en inglés, nos lanzamos a la carretera para ir a ver el Big Hole, el agujero más grande del mundo hecho por el hombre.

Pero eso lo dejo para otro capítulo.

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martes, septiembre 29, 2009

LA ENTREVISTA DE MI VIDA

Ayer, día 28 de septiembre, fui a la emisora municipal de Arcos de la Frontera a grabar la mejor entrevista que me han hecho en mi vida. Es una grabación para el programa “Nostalgia bajo la Luna”, que se emite desde las 23´15 hasta altas horas de la madrugada.

No sé cuándo se transmitirá la entrevista, porque ahora comienza la Feria de San Miguel, patrón de la ciudad y la emisora se traslada al recinto ferial, donde pasará las 24 horas del día retransmitiendo en directo todos los actos.
Era prácticamente imposible encontrar aparcamiento en el centro urbano y, después de intentarlo dando varias vueltas, me vi obligado a dejar mi coche en el aparcamiento municipal subterráneo.
La emisora se halla en la primera planta de una coqueta casita ubicada en un lugar privilegiado en la cima de la peña, con vistas únicas sobre el precipicio que limita a la ciudad.


Al entrar fui recibido por D. Manuel Téllez, director de la emisora. Me presentó a María José, la locutora que me había entrevistado el mes pasado por teléfono, y a otros cuatro empleados de la empresa.








Seguidamente entré en la sala de grabaciones y me encerré en ella con don Manuel.


La mesa estaba llena de objetos curiosos, apenas un sitio libre donde posar los brazos. Son recuerdos de viajes a lugares exóticos que lucen sobre la mesa con el fin de relajar a los visitantes. El sonido de un chorrito de agua cayendo sobre el estanque de una fuente en miniatura oculta tras otros objetos contribuía a lograrlo.

Tras un breve intercambio de impresiones y comentarios sobre la actualidad, comenzó la entrevista. Y la oposición de mis nervios.
Hablé sobre mi infancia, de la época escolar, el bachillerato y el abandono final de los estudios. Cuento algunas cosas íntimas de mi familia. Hablo de mi primer empleo, de las personas que me ayudaron y de mi emigración. De cómo germinó en mí el deseo de escribir, convirtiendo mis recuerdos infantiles en una novela, y cómo la llevé a cabo.

Durante la entrevista leí un par de relatos y dos poemas. De la novela, hablo de un hombre que formaba parte del grupo de los maquis, era poeta, y mientras estuvo escondido en la sierra le escribía poemas a su esposa en un cuaderno. Años antes, cuando fueron los guardias a buscarlo a su casa, él salió por la ventana y se escapó por los tejados. Atrás dejó a su esposa embarazada y a punto de alumbrar, y eso le consumía poco a poco.
Su esposa leyó el cuaderno cuando le trajeron sus objetos personales, tras haber sido fusilado. El suyo es uno de los poemas que leo en la entrevista.

Opino sobre Internet, de las amistades que se hacen, de los blogs y de los aportes literarios que encontramos en ellos.


Al finalizar, don Manuel me regaló un libro de la emisora, publicado con motivo del XXV aniversario de su fundación. Puse mi firma en el libro de visitas, dejando constancia de mi agradecimiento por la entrevista y por el trato exquisito recibido por parte de todos los componentes de Radio Arcos.

En el libro se encuentran, entre otras, las entrevistas realizadas a personajes políticos: Narcís Serra, Luis Rejón, Carmen Romero, Manuel Chaves, Pepa Caro, Julio Anguita...
Cantantes: Dolores Abril y Juanito Valderrama, Chiquetete, Los Romeros de la Puebla, Niña Pastori, Jesulín de Ubrique...
Personajes famosos:Los Morancos, Luis del Olmo, Manolo Santana, Rocío Carrasco...

En la entrevista saludo a much@s amig@s de los que me acompañan en este deambular virtual. Alguno se me habrá olvidado debido a los nervios del momento, espero no me lo tome a mal.

Nos encerramos en la sala a las 11´30 y salimos a las 15 horas. Para entonces, ya no hacía falta emisora ni antena ni nada: mi cabeza lo retransmitía todo mientras caminaba hacia el aparcamiento para recoger el coche.

Don Manuel me esperaba en su coche a la salida y me invitó a comer en el restaurante Voy Voy, donde se come un menú de lujo por siete euros. El que no viene a Arcos, no sabe lo que se pierde.

Fue una experiencia inolvidable para mí, que espero se repita con motivo de la publicación de otra de mis novelas. Desde aquí agradezco a D. Manuel y al equipo de Radio Arcos todas sus atenciones.

sábado, septiembre 26, 2009

SUDÁFRICA 3



Una pequeña aldea había crecido en torno al campamento. En ella vivían los técnicos que trabajaban en la refinería antigua; los trabajadores sudafricanos que habían venido de otras provincias para construir la nueva vivían en caravanas apiñadas en un camping cercano.


La primera vez que vi el lugar de trabajo me quedé asombrado ante la cantidad de obras que se realizaban al mismo tiempo en aquella inmensa llanura: una central termoeléctrica, una refinería, una enorme cinta transportadora de tres kilómetros, la planta de transformación de residuos químicos, cientos de depósitos de almacenamiento de combustible, y una gruesa tubería que llevaba el combustible producido hasta ellos. Se calculaba en veinticuatro mil personas las que trabajaban en el proyecto Sasol Three.


Dado que no existía petróleo en Sudáfrica y que los países democráticos mostraban su oposición a la política del Apartheid bloqueando sus intercambios comerciales, el Gobierno sudafricano, consciente de su riqueza y despreciando a todo el mundo, se autoabastecía de carburantes usando la tecnología que inventaron los científicos alemanes Fischer y Tropsch en los años 20, usada por Hitler en la segunda Guerra Mundial, que consiste en extraer dióxido y monóxido de carbono y metano del carbón, un mineral inagotable en el país, para convertirlo en carburante sintético para los automóviles.


El carbón extraído en las entrañas de la tierra emergía de la boca de la mina sobre una cinta transportadora que se elevaba cien metros en el aire y lo dejaba caer en un molino que lo trituraba y convertía en polvo; de ahí pasaba a la planta de transformación química, donde por medio del empleo del calor y posterior enfriamiento de los gases condensados, destilaban el precioso líquido negro, que tras haber pasado por la refinería era conducido hasta las gasolineras distribuidas por todo el territorio.



Pero la producción de Sasol Two no era suficiente para alimentar los vehículos de una nación que poseía una de las rentas per cápita más altas del mundo —un país donde cuatro millones de blancos vivían en un paraíso rodeado de más de treinta millones de sirvientes negros—, y se racionaba el carburante: los fines de semana no habrían las gasolineras.


Para acabar con esas deficiencias, el Gobierno aprobó el proyecto Sasol Three: la construcción de una refinería gemela enfrente de la primera, a un kilómetro de distancia, dejando el espacio entre ellas para la línea de tuberías que conducirían los gases y combustibles producidos en ambas a los depósitos de carga.


La sección del proyecto que me asignaron fue la construcción de un oleoducto que comunicase Sasol Two, la refinería antigua en actividad, con la futura Sasol Three por medio de una tubería de 42 pulgadas de diámetro. Mi grupo se componía de catorce hombres en total: un americano de Texas a punto de jubilarse, que supervisaba el trabajo; el encargado español — un enchufado de Huelva que no tenía idea de soldaduras ni gaseoductos; pero que hablaba inglés perfectamente y figuraba como intérprete—, cuatro tuberos, cuatro soldadores, y dos controladores de calidad: Iñaki y yo.


El coche que cada día nos conducía hasta la planta industrial avanzaba por una carretera gris que habían construido mezclando tierra con cemento y regándola antes de compactarla con enormes apisonadoras. En la refinería no usaban alquitrán para las carreteras, lo aprovechaban todo para producir carburantes.


Nos deteníamos en la entrada de la refinería. Ésta tenía el aspecto de un campo de concentración: el perímetro estaba rodeado por una alambrada, y en la carretera había un puesto de guardia donde una docena de militares apuntaban con sus armas al vehículo mientras un oficial se plantaba delante con el brazo alzado y dando voces.


Mientras el oficial pedía los documentos al conductor los soldados nos ordenaban descender del vehículo y ponernos en fila para comprobar nuestros documentos uno a uno. Esta operación se repetía cuantas veces atravesáramos la puerta del control en un sentido o en otro. De forma que si un día necesitásemos salir para hacer encargos o ir al laboratorio diez veces, pues diez veces nos obligaban a descender del vehículo para revisar documentos y maletero.


Llevaría algo más de un mes trabajando en aquel lugar cuando nos enteramos de que un encargado que se dirigía con quince electricistas en un camión a reparar una avería que había dejado media planta sin corriente se puso furioso al ser obligado a pasar el control por cuarta vez en el mismo día y protestó airadamente ante el oficial que estaba al mando. Los guardias se lo llevaron a empujones al interior del cuartelillo y ya no lo volvimos a ver. Sus compañeros dieron la voz de alarma por toda la factoría.


Aquella noche hicimos una asamblea en el campamento y pedimos a la empresa información sobre el compañero, decididos a no volver al trabajo si no aparecía. Entonces nos dijeron que lo habían enviado a España por insultar a los soldados. Un compañero de Burgos tomó la palabra y explicó que desde el inicio de la obra se habían dado ya varios casos de españoles humillados y maltratados. Tras un intenso cruce de acusaciones entre el representante de la empresa y nosotros, decidimos por mayoría no acudir a trabajar y regresar a España. Al día siguiente ningún español fue a trabajar.

La dirección de la empresa, muy preocupada por el cariz que estaban tomando las cosas, se reunió con nosotros en el campamento y nos dijo que los soldados cumplían con su deber, pues se habían producido graves atentados terroristas en la refinería antes de nuestra llegada y, precisamente por eso, el Gobierno había traído mano de obra especializada extranjera: no se fiaba de los nativos. Ni de nadie.

Nos recordó el discurso que hizo el jefe de Seguridad y que todos aceptamos a la llegada: No meterse en política; obedecer las normas y ocuparse de realizar el trabajo para regresar a casa cuanto antes con el contrato ganado.

Nos dijo que la obra en la refinería antigua estaba a punto de finalizar, y luego comenzaríamos la más importante: Sasol Three, la que nos daría trabajo durante un par de años más. “Sería una pena que la perdiésemos por el acaloramiento de un hombre que no era la primera vez que pasaba por el control de aquella entrada y sabía lo que sucedía”, concluyó.


Y la solidaridad cedió ante el egoísmo.


La reunión acabó en una desbandada de hombres corriendo a sus puestos de trabajo, temerosos de perder un jugoso contrato que les mantendría ocupados mientras en España la situación empeoraba y se oían ruidos de sables.

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viernes, septiembre 25, 2009

SUDÁFRICA 2


No había subido nunca en avión y al hacerlo aquel día frío de enero de 1981 sentí un poco de ansiedad. Me senté junto a un matrimonio portugués que a los pocos minutos me dijo residía en Johannesburg, tras haber abandonado sus propiedades en Mozambique acuciado por los fusiles de unos niños-soldados.
Salimos a las seis de la tarde, ya oscuro, y a las siete nos trajeron la cena; luego proyectaron la película Xanadú y al poco aterrizamos en Kinsasa para respostar. Para entonces ya me había habituado al avión y paseaba por el pasillo para charlar con unos y con otros


Este soy yo, bueno: era yo

Esas chicas tan hermosas que salían siempre en las películas como azafatas debieron confundirse de vuelo, pues las que me acompañaban tenían todas más de cuarenta años, eran poco agraciadas y mostraban un agrio carácter.Más que azafatas de vuelo parecían monjas maduras de hospital.

Estaba amaneciendo cuando llegamos a Joannesburgo. Pasamos en fila ante los guardias, que nos dieron unos impresos para rellenar, nos revisaron nuestras maletas y requisaron todas las revistas Interviú porque mostraban desnudos. Dos horas más tarde, rodaba en taxi dirección a Secunda

Amanecer en Johannesburg

Al llegar a Sasol, rellené una ficha y me entregaron la llave del barracón en que estaba ubicada mi habitación.
Al siguiente día había reunión para todos los españoles que habíamos llegado en los primeros días del año 1981 en un gran salón donde un español nos traducía simultáneamente el mensaje de bienvenida del director de FLÚOR,el holding americano que dirigía los trabajos, y el discurso del responsable de la Seguridad en la Refinería:
Prohibido hablar con negros y mestizos, salvo para ordenar alguna cosa; nada de confraternizar ni de saludos o expresiones amistosas.
Obligación de llevar el documento de identidad con la foto muy visible colgado en el pecho.
Obligación de firmar un documento exonerando de responsabilidad a la empresa cada vez que se abandonara la protección del campamento para ir a visitar pueblos y ciudades.
Bajo penas de expulsión del país, estaba prohibido expresar opiniones políticas contrarias al Aparteid. Totalmente prohibidas las huelgas. Debíamos mentalizarnos de que veníamos a trabajar, no a cambiar el mundo.

Me tocó por vecino en el mismo barracón un gallego de Orense. Ocupaba una habitacón situada frente a la mía. Al parecer no había salido nunca de su ciudad, siempre había estado junto a su familia, y sentía nostalgia tras llevar dos meses en Sasol, porque aquella misma noche, totalmente borracho, la pasó llorando y aporreando las puertas de todas las habitaciones diciendo que quería regresar a España.

La primera sorpresa que me llevé fue comprobar que allí no oscurecía nunca: una antorcha de más de doscientos metros de altura, ubicada a un kilómetro dentro de los terrenos de la factoría, lanzaba una llama enorme e iluminaba un radio de tres kms como si fuese de día, por lo que tuve que vivir siempre con las persianas echadas y las ventana cerradas para amortiguar el intenso olor a gasolina y gases quemados que inundaba el campamento. La luz de la antorcha podía verse de noche a sesenta kms de distancia.
Los ingleses tenían la maldita costumbre de poner a las cinco de la mañana el desayuno, porque a las seis salían los camiones y furgonetas para llevar al personal hasta la obra, ubicada a cinco kms del campamento. Pero antes de entrar en la refinería todos, desde el ingeniero hasta el peón, debían pasar un control militar.

La segunda sorpresa fue el horario de comidas: a las cinco de la mañana en vez de un desayuno servían la comida fuerte, lo que en España se come al medio día; a las diez se paraba el trabajo: la hora del té, una tradición inglesa sagrada. Lo tomaban con un dulce y una fruta (los españoles bebíamos cerveza con el bocadillo); a las doce una fruta y un dulce; a las tres de la tarde de nuevo el té, y a las seis, ya de regreso en el campamento, comenzaban a servir la cena.

Saliamos del comedor aún medio dormidos y en la puerta nos entregaban una bolsa que contenía una pieza de fruta, un dulce y una pequeña lata de conservas. Los ingleses se habían provisto de un termo y se llevaban su té para la jornada.

Miguel Echevarría, un guipuzcoano perspicaz —que fue de los primeros en llegar cuando comenzaron los trabajos y luego lo expulsaron por trabajar ebrio y provocar un accidente mortal y se había quedado a vivir en un carromato con una mujer sudafricana bellísima, abandonando a su familia en España—, tuvo la feliz idea de dedicarse a vender bocadillos de tortillas de patatas a dos Rands a la puerta del campamento.(Un Rand,en el año 1981, equivalía a 1´10 dólares)
En un rato, el tiempo de salir del comedor y dirigirse a los transportes, Miguel ganaba lo que nosotros en todo el día, pues a casi ningún español (éramos casi 300) agradaba la comida inglesa aunque fuese gratis (le echaban mermelada a la carne a la brasa, y la guarnición de guisantes tenía suficiente picante como para abastecer a todo un continente), y preferíamos comprarle bocadillos de tortilla de patatas, de atún o chorizo. El chaval lucía una nariz aplastada y presumía de haber sido boxeador y sparring de Urtain


miércoles, septiembre 23, 2009

SUDÁFRICA, 1º

Cofrentes, foto tomada en 1980

Mi viaje a Sudáfrica se originó en 1979 en la Central Nuclear de Cofrentes, (Valencia). Consciente de la elevada cualificación profesional exigida en los trabajadores que construían la central, llegó un día al hotel de ese pueblo un ingeniero en busca de soldadores y tuberos para realizar un trabajo en Sudáfrica.



El sueldo que ofrecía era el doble del que ganábamos en la central, que era muy alto, y además teníamos los gastos de manutención y alojamiento pagados. Una cláusula estipulaba que cada seis meses teníamos derecho a una paga extra de trescientas mil pesetas y a disfrutar de un mes de vacaciones en España con los gastos de viajes a cargo de la empresa. En cambio, aquél que solicitara el regreso antes de los seis meses, se le descontaría de la liquidación el precio de los viajes y una indemnización por los gastos ocasionados en su contratación.


Al principio la gente no estaba por la labor, habida cuenta de que en Cofrentes lo ganábamos bien y estábamos en España, cerca de la familia, a la que veíamos cada fin de semana. De Sudáfrica nos llegaban los ecos del Apartheid, y el ambiente de preguerra que se respiraba ante tanto atentado independentista. La mayoría de los trabajadores de Cofrentes preferíamos ganar menos y quedarnos en nuestro país.

Pero siempre surgen intrépidos dispuestos a ir adonde sea, y una primera expedición se organizó a los pocos meses de la visita del ingeniero. El resto nos quedamos en la central, a la espera de saber cómo les iba a los aventureros.


El primer requisito era ir a Madrid y pasar unos exámenes prácticos para homologar a los soldadores. La prueba se realizaba en el Instituto Politécnico Virgen de la Paloma, y consistía en unir, empleando electrodos celulósicos, tres tubos en diferentes posiciones, que luego eran radiografiados y sometidos a diversos procedimientos en el laboratorio para comprobar la calidad y resistencia de la soldadura efectuada.


Como sucede en todos los montajes industriales, en la central de Cofrentes aparecieron los bocazas de siempre, que presumían de ser expertos en esa clase de electrodos y de tener un armario lleno de esas homologaciones, fruto de sus numerosos años de experiencias laborales en plataformas petrolíferas y gaseoductos por todo el mundo. Estos aconsejaban a los no iniciados en ese material que no fuesen a hacer la prueba para no hacer el ridículo y ahorrarse el viaje.


Eso fue lo que me desmotivó a presentarme en la primera expedición, pues yo hacía tiempo que había dejado la soldadura y me dedicaba a controlar las que hacían los demás. Pero cuando finalizó mi contrato en Cofrentes, me fui a ver la empresa que contrataba para Sudáfrica.


Las oficinas estaban en la calle Padre Damián, pegada al estadio Bernabeu. En la puerta me encontré con un nutrido grupo de compañeros de la central nuclear, entre ellos varios de los supuestos experimentados. Quedamos citados para la semana siguiente en el Instituto Politécnico.

Aquel día, a las nueve de la mañana, ya estábamos todos preparados en los talleres del Instituto. Nos recibieron tres ingenieros ingleses, representantes de la empresa que nos contrataba, y un americano, que actuaba en nombre de la empresa FLÚOR COMPANY, la constructora del proyecto.


Después de pasar lista nos adjudicaron un número a cada uno y pasamos a una sala dividida en múltiples reservados, separados entre sí por un panel de madera. En cada compartimento había una máquina de soldar con un equipo completo de herramientas.

Allí comprobé una vez más que hay que confiar en uno mismo y no hacer caso a lo que diga la gente: dos de los supuestos expertos suspendieron la prueba; yo la aprobé a la primera, a pesar de mi inexperiencia en el material celulósico.


Ellos no aceptaban el resultado de las radiografías. Decían que alguien había manipulado o cambiado los nombres, que era inexplicable que otros aprobasen siendo novicios en ese método, y ellos, que eran documentados técnicos veteranos, fallasen. Sus compañeros, aquellos que formaban parte de su grupo por haber trabajado juntos en varios proyectos, los apoyaban. El técnico que realizó las radiografías juraba que él no conocía a ninguno de los examinados y que no había manipulado nada, que los tubos estaban marcados con nuestro número y nombre. Pero el ingeniero de la empresa americana ordenó repetir las pruebas delante de él.


Los que originaron el problema fallaron de nuevo el examen y se fueron humillados. A la semana siguiente, me llamaron a casa para firmar el contrato. El ingeniero, a ver en mi currículum que había trabajado como control de calidad en Francia, me dijo que nadie mejor que un supervisor de Calidad y soldador experimentado para detectar los fallos en la ejecución de las soldaduras, y que mi trabajo sería ambivalente: controlar la calidad y reparar los fallos.



La compañía Iberia realizaba el trayecto de Madrid- Johannesburgo en once horas de vuelo, incluyendo una hora de escala en Kinshasa (El Zaire).

Me avisaron de que en una semana estarían listos los visados y me fui a casa con el contrato firmado, indeciso aún por tener que abandonar a la familia. Pero en 1980 el paro comenzaba a ser preocupante y la situación política no presagiaba nada bueno. Al llegar a Valencia, comencé a preparar mi equipaje.

martes, septiembre 22, 2009

REFLEXIÓN PARA EL OTOÑO

Arcos de la Frontera, foto tomada del blog del autor del texto

LA VIDA

No se mide según con quién sales, ni por el número de personas con quienes has salido.
No se mide por la fama de tu familia, por el dinero que tienes, por la marca de coche que manejas, ni por el lugar donde estudias o trabajas.
No se mide ni por lo guapo ni por lo feo que eres, por la marca de ropa que llevas, ni por los zapatos, ni por el tipo que música que te gusta.

La vida, simplemente, es... otra cosa.

La vida se mide según a quién amas y según a quién dañas.
Se mide según la felicidad o la tristeza que proporcionas a otros.
Se mide por los compromisos que cumples y las confianzas que traicionas.
Se mide por el sabor de boca que dejas a los demás con tu presencia y con tus comentarios.
Se trata de lo que se dice y lo que se hace y lo que se quiere decir o hacer, sea dañino o benéfico.
Se trata de los juicios que formulas, y a quién o contra quién los comentas.
Se trata de a quién no le haces caso o ignoras intencionalmente.
Se trata de los celos, del miedo, de la ignorancia y de la venganza.
Se trata del amor, el respeto o el odio que llevas dentro de ti, de cómo lo cultivas y de cómo lo riegas.

Pero por la mayor parte, se trata de si usas la vida para alimentar el corazón de otros.Tú y solo tú escoges la manera en que vas a afectar a otros y esas decisiones son de lo que se trata la vida… La vida será contigo tan justa como lo eres con los demás.
Hacer un amigo es fácil; pero la vida habla de ti, por aquellos amigos que fielmente supiste conservar.Por aquellos a los que te supiste entregar sin exigencias.Aquellos que cuando no estás…lloran tu ausencia
.


Texto de autor desconocido.

Transmitido por don Manuel Tellez en la emisora municipal Radio Arcos, de la que forma parte como Director de programas.

jueves, septiembre 17, 2009

IÑAKI


El día nueve de enero del año 1981 hacía veinte días que había comenzado el verano en Sudáfrica, y cuando me bajé del avión me sobraba toda la ropa de abrigo que me había puesto en Madrid once horas antes. Después de viajar en autocar durante tres horas, llegué por fin a Secunda, Transvaal, y de allí me recogieron en taxi para trasladarme a la refinería de Sasol. Todo el paisaje era llano y verde. A un lado de la carretera pastaban grandes manadas de vacas y avestruces; el otro lado estaba ocupado por inmensas plantaciones de ananas, tabaco y verduras.



La empresa me entregó las llaves de mi habitación, situada en un barracón confortable que disponía de aire acondicionado, sala de baño individual completa, televisión, etc. En el campamento, protegidos del exterior con torres de vigilancia y casetas habitadas por soldados armados ante eventuales atentados perpetrados por el CNA (Congreso Nacional Africano), podíamos disfrutar jugando al tenis, baloncesto, fútbol, el cine y las piscinas.

Al segundo día de mi llegada me presentaron a Iñaki.


Iñaki era vasco, de Baracaldo. Había llegado un año antes que yo al campamento, junto a otros 100 españoles, y me lo asignaron como ayudante. El chico era un mocetón de treinta años, fuerte y muy alto, de cejas espesas y negras, cuya cabeza lucía rapada al cero.


Cuando marcaban un gol en el partido de fútbol cogía por las piernas al que lo había colado, se lo cargaba al hombro y daba una vuelta completa con él al campo, jaleado por los gritos de ánimo y las risas de los asistentes.


Un día encontramos un auto estacionado en la calle impidiendo el paso. Iñaki descendió del coche y se dirigió al otro vehículo, lo agarró por los bajos delanteros, lo levantó y lo dejó caer sobre la acera; luego hizo lo mismo por detrás y el coche se quedó aparcado. Así pudimos pasar.


Iñaki era callado y atento. Se reía por cualquier cosa, parecía un niño grande. Una vez, cuando atravesábamos la base y nos dirigíamos al lugar de trabajo en un coche de la empresa, no pudo evitar que un perro se cruzara en la carretera cuando rodábamos a cien por hora, y le dio un golpe que lo lanzó al lado. Maldije a los dueños que abandonan a sus perros y lamenté que no hubiera podido frenar a tiempo. Iñaki respiraba muy agitado, me miró con los ojos brillantes, y volvió la cara hacia su ventanilla para disimular.


Su misión era entrar dentro de la tubería para colocar las placas de las radiografías que teníamos que hacer. A veces no cabía en el tubo y se ponía rojo por la ira y la impotencia: temía que lo despidieran por su incapacidad. Entonces yo tomaba las placas de sus manos y entraba en el agujero en su lugar. Él apretaba los puños y maldecía en voz baja. Al salir yo del conducto me miraba en silencio, esperando alguna queja. Nunca se produjo ni nadie supo del problema de la obesidad de Iñaki para esa clase de trabajos. Y él lo agradecía a su manera: se convirtió en mi sombra y me acompañaba a todas partes. En los locales de ocio él entraba primero, cubriéndome con su cuerpo para facilitar la entrada y protegerme de posibles contratiempos.


Había una taberna en Trichard –un pueblo situado a diez kilómetros del campamento, que acostumbrábamos a visitar por las noches–, base de un grupo de motoristas cabezas rapadas. Estos eran unos niñatos rubios o pelirrojos, mimados y con mucho dinero, que aparcaban sus lujosas Harley, Kawasaki o Honda en la puerta y entraban armados en la sala, echando fuera a los que les desagradaba su aspecto. Eran imprevisibles: a veces les daba por invitarnos, otras nos insultaban. Una semana antes, un par de compañeros españoles habían sido apaleados en aquel bar por esa banda, y cuando acudieron otros amigos a vengarse fueron amenazados con las pistolas.

Uno de los españoles, natural de Aranda del Duero, logró desarmar a uno y le arreó tal bofetada que rodó por el suelo. Un segundo después recibió una puñalada en el costado. Lo enviaron a España en estado grave

Con Iñaki no se atrevían; cuando entraba él, todos se desplazaban y le abrían sitio.

Cada quince días, al llegar el viernes, la empresa ponía a nuestra disposición un autobús para llevarnos a Johannesbourg, la capital, donde disfrutábamos del fin de semana. Los fines de semana intermedios lo pasábamos en el campamento o en los pueblos cercanos.


Un sábado de esos intermedios, Iñaki y yo, hastiados de aquella base militar que más bien parecía una prisión, decidimos salir a conocer mundo, y nos fuimos a la autopista para hacer autostop. Previamente, debimos firmar un documento en el que nos hacíamos responsables de nuestra seguridad.

En la primera hora no se detuvo nadie, y luego, sobre las doce, se paró un granjero vestido con camisa de cuadros y un peto azul. Nos preguntó hacia dónde íbamos; yo le respondí que a donde nos llevase. Nos dijo que se dirigía a Durban, una importante ciudad situada en el sureste, en la costa del oceano Índico, a ochocientos kilómetros del campamento. Nos subimos al Mazda dispuestos a pasar al menos ocho horas en el coche. “Al menos veremos el paisaje”, me dijo Iñaki.

El sudafricano llevaba una botella de wisky en la guantera, y junto a la palanca del cambio un revolver. De vez en cuando echaba un trago y nos ofrecía la botella, pero nosotros la rechazábamos porque no nos gustaba el wisky, no por otra cosa. Pero nuestra negativa a beber pareció molestar a nuestro conductor, que puso mala cara y dejó de hablar.

Adelantaba por cualquier lado, el derecho o el izquierdo, y si alguien protestaba o le tacaba el claxon sacaba el revolver, lo mostraba por la ventanilla y se ponía a decir cosas incomprensibles para nosotros en afrikáans, una lengua mezcla de inglés y holandés. Nosotros nos mirábamos, inseguros, temiéndonos lo peor. Menos mal que el tipo se detuvo a descansar un rato en un bar y nosotros nos quedamos allí. Se enfadó cuando nos negamos a volver al auto y comenzó a dar voces en aquel extraño idioma. Fue un estúpido, pues Iñaki le agarró por el cuello y le dio tal empujón, que el granjero salió corriendo hacia su coche, arrancó y salió como un cohete sin acordarse siquiera de que tenía un arma."Tranquilo, Iñaki, venimos a pasarlo bien, no a jugarnos la vida. Nos esperan los nuestros en España", le dije.

A las diez de la noche, después de tres o cuatro cambios de vehículo, llegamos a Durban. Nos sorprendió no ver tantos negros en la ciudad, la mayoría de los sirvientes eran hindúes. El conductor del taxi, un hindú, nos dejó en Beach Hotel, pegado a la playa, y alquilamos una habitación cada uno,por si lográbamos llevar alguna visita durante el fin de semana. Nos aseamos y salimos a disfrutar de la noche del sábado en la ciudad.


En el hotel nos dieron un folleto turístico que nos indicaba la ubicación de salas de fiestas y diferentes lugares de ocio; entramos en una discoteca portuguesa, o mejor dicho: de colonos de Mozambique, una colonia portuguesa de la que habían sido expulsados por los revolucionarios independentistas. A las dos horas de estar allí, Iñaki, que no hablaba ni se relacionaba con nadie, sino que permanecía solo bebiendo vasos largos de vodka con piña, me sugirió de cambiar de lugar.



Una vez fuera me dijo que preguntase adónde podía satisfacer la necesidad de echar un polvo. Paramos un taxi y se lo hicimos entender al conductor. El taxista afirmó con la cabeza y nos llevó al centro de la ciudad. Allí había un jardín botánico con árboles, pequeños lagos y algunos animales, presidido en el centro por una colina llena de parterres bien cuidados. Una interminable escalinata subía hasta la cima, donde se hallaba una casa con luces rojas. El conductor nos señaló la villa y nos dijo que aquel era el sitio que buscábamos.


Serían las tres de la madrugada cuando comenzamos la ascensión a la casa. Varios caminos cruzaban la escalinata a diferentes alturas y rodeaban la colina, dividiéndola en parcelas ajardinadas y limitadas con setos bien podados. A cada diez metros había un camino que cruzaba la escalinata. Y sentados en cada cruce había algunos hombres de piel oscura fumando o bebiendo, que nos miraban con recelo. Llegamos algo sofocados a la cima y fuimos a la puerta de la casa. Una barandilla de un metro de altura circundaba un pequeño jardín de rosales y hortensias, que se estiraban para absorber la luz de las farolas. Un farolillo de luz roja iluminaba la entrada. Llamamos al timbre y salió un hombre de rasgos orientales, que hizo una reverencia y nos invitó a entrar.

El interior estaba dividido en pequeños compartimentos, cuyas entradas estaban cubiertas con cortinas, que ocultaban tras ellas a niñas de apenas doce años. Iñaki y yo nos miramos, asombrados, y nos quedamos de piedra.


Iñaki dio media vuelta, murmurando algo que no entendí. Yo le decía por señas al hombre que buscábamos mujeres, no niñas. Dibujé en el aire las formas de una mujer bien formada, con grandes curvas y esplendorosos senos. El hombre decía que no, que todo lo que tenía que ofrecer estaba allí, ante mí. Salí de la casa y vi a Iñaki dando patadas a una farola y maldiciendo en vascuence, cosa que yo no entendía. Le miré y vi que una lágrima rodaba por su mejilla. Se golpeaba las manos una contra otra, mientras maldecía y daba patadas contra todo lo que obstaculizara su camino. “Yo los mataba a todos, ¡serán hijos de puta!”, exclamó, furioso.


Uno de los hombres que permanecían abajo en uno de los cruces de caminos con la escalera de acceso les dijo algo a sus compañeros y comenzaron a subir hacia nosotros. Me preocupé mucho al verlos y recé rápido, rogando que no hubiera enfrentamiento. No debieron escucharme allá arriba, ¡estaban tan lejos…! Miré en los parterres y me fijé en una estaca que sujetaba un pequeño arbolillo, decidido a aferrarla si la cosa se ponía mal.

El primero en llegar y gritarle a Iñaki en inglés fue el único que salió despedido escaleras abajo, los otros se apartaron y uno de ellos sacó una navaja, ¡pobrecillo!: aún debe estar poniéndose pomadas en la cara.


Iñaki había cambiado de especie: había dejado de ser humano para convertirse en una fiera. Con lanzar dos golpes de piernas y otros tantos puñetazos se deshizo de aquella banda. Entonces le cogí del brazo y lo empujé hacia abajo. En otros cruces de camino la gente nos miraba y se preguntaba qué estaba sucediendo. Iñaki los miraba a la cara, desafiante, y nadie pronunciaba palabra. Yo, que nunca me había peleado con nadie, intentaba convencerlo de que permaneciese tranquilo y evitase la confrontación. Por fin llegamos abajo a la calle que rodeaba la colina y nos fuimos al hotel en taxi.


Cuando entramos en el hall, el conserje nos preguntó que nos había sucedido. Suerte que nos pudimos entender en francés y pude explicarle nuestra aventura en busca de mujeres y lo sucedido en la colina. El hombre movió negativamente la cabeza y dijo algo que no entendimos. Luego cogió el teléfono y habló en una lengua extraña; y al finalizar nos dijo que en media hora solucionaría el problema.



Así fue: apenas había salido yo de tomar un baño de sales y espumas,y me estaba preparando una copa de ron con hielo, cuando llamaron discretamente a la puerta de Iñaki. La curiosidad me pudo y me asomé. Y me quedé pasmado ante la belleza de la mujer hindú que entró en su suite.

En los meses que siguieron, cada vez que Iñaki recordaba la aventura de Durban me daba una fuerte palmada en la espalda que me juntaba las costillas de detrás con las de delante, y se reía a carcajadas como un chiquillo.


También lo vi llorar del mismo modo en Barajas el día que nos despedimos al finalizar el trabajo que nos había llevado a Sudáfrica.

Si me lees, Iñaki, quiero que sepas que no te olvido. Un abrazo.


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