martes, febrero 22, 2011

MI AMIGO JOAQUÍN

Palacio de la Sagra, Chapinería, antiguo colegio convertido hoy en biblioteca y centro de mayores http://www.panageos.es

Se podía decir que Joaquín Cáceres Macías era un niño especial. A sus diez años cantaba y bailaba flamenco con tal desparpajo que su fama saltó los muros del colegio y se desparramó por todo el pueblo, y el Alcalde don Juan, para aliviar la pesadez de sus discursos y la parvedad de sus festejos, solicitaba a las monjas la presencia del chiquillo en las fiestas del pueblo.

Un tarde, en una fiesta celebrada en el salón de actos del colegio, presidida por la esposa del Ministro de Trabajo, Doña Pepita Larrucea de Girón, realizamos una obra de teatro en la que yo hacía el rol de FelipeII. Lo recuerdo bien porque el collarín plisado de tela blanca y almidonada de mi atuendo me hizo unas ampollas en el cuello en el escaso tiempo que duró la obra. Seguidamente, Joaquín cantó unos fandangos y bailó unos taconeados al son de la guitarra que sonaba en un gramófono de tal modo que erizó la piel de los asistentes, y el Alcalde, conmovido, le hizo entrega solemnemente de la vara de mando, nombrándole alcalde del colegio.

Las monjas nos daban la cena a las siete, y nos acostaban temprano, a veces aún con el sol brillando en el cielo, para luego levantarnos a las seis de la mañana, así nevare o lloviere, para ir a misa de siete. Una vez acostados, la monja permanecía dando paseos por el pasillo acristalado que daba a las habitaciones hasta que nos veía a todos dormidos. Entonces ella se iba al edificio central para cenar y hacer sus oraciones. Y nada más oír que se cerraba la puerta, todos nos levantábamos y comenzábamos a jugar a la guerra, los ocupantes de unas habitaciones con las de otras, usando las almohadas y la ropa como armas.

En el verano, Joaquín esperaba que se marchara la monja del dormitorio y salía a la terraza y saltaba el muro del colegio para coger brevas y uvas de los campos contiguos y luego las repartía con nosotros. Así, mientras las monjas cenaban y luego se confesaban entre ellas y se auto castigaban con el silicio, nosotros compartíamos como hermanos los frutos aportados por nuestro compañero, forjando lazos de amistad que perdurarían en el tiempo.

Era Joaquín, cómo no a su edad, un niño listo, travieso, alegre, valiente y sincero, cualidades que no sé si serán las idóneas para resaltar, pero que lograron que quienes le rodeaban sintieran por él un cariño, una confianza y lealtad que le convertían en el ídolo, en el líder de todos los chicos y chicas del colegio.

¿Que una culebra de dos metros trepaba por el muro y se introducía por los dormitorios? Joaquín se enfrentaba a ella con la lanza que se había hecho con el palo de una escoba, la ensartaba por el medio o por la cabeza y la mantenía clavada contra el suelo.

¿Que un lagarto grande aparecía sobre un colchón de borra de los que se ponían a secar al sol en el patio o en la terraza cuando algún niño se orinaba en la cama?, allá iba Joaquín a enfrentarse a él, y cuando el animal, viéndose acorralado y sin salida, saltaba para morderle, Joaquín le esquivaba y acababa matándole a patadas o con un palo.

En el colegio había un perro mastín que cuidaba el pabellón de los niños. Se llamaba Tomi. Cada vez que alguien se acercaba a la puerta de entrada Tomi enseñaba los dientes, gruñía y ladraba, y cuando pasaban cerca de él, daba saltos con tal ímpetu que parecía que acabaría rompiendo la cadena que lo mantenía sujeto a una argolla clavada en el muro. Lo tenían atado porque solía subirse a la tapia del colegio y saltaba al otro lado para pelearse con los perros grandes de los pastores. Ya los había vencido a todos y había dejado alguno en mal estado.

Y el visitante que llegaba al pabellón, fuese quien fuese cura o monja, niño o niña, auxiliares o empleados, entraba arrastrando su espalda contra la pared contraria, encogido y lleno de miedo, hasta pasar al otro lado. Joaquín y el señor Gaspar, el encargado de mantenimiento, eran los únicos seres humanos que se atrevían a acariciarlo. El chico se acercaba sin temor y lo acariciaba y jugaba con él. A veces le hacía rabiar, tirándole de las orejas y el rabo. ¡Y el perro no le hacía nada!

Poco a poco Joaquín fue presentándonos a todos a Tomi. Nos cogía de la mano y se acercaba al perro diciéndole que le traía otro amigo. El animal nos olfateaba primero y luego se dejaba acariciar. Los domingos que hacía bueno, las monjas nos llevaban de paseo al campo y nos adentrábamos por una zona donde había toros bravos, rebaños de ovejas, perdices y conejos; pero también animales salvajes: zorras, lobos, jabalíes y serpientes. Joaquín se llevaba a Tomi con nosotros y él nos cuidaba.

Joaquín Cáceres Macías, a sus doce años, era el “alcalde” del pueblo, el niño más querido y admirado dentro y fuera del colegio. Pero tropezó con sor María del Rocío, que sentía celos de las atenciones que recibía el niño por parte de la dirección del colegio, del Alcalde y del pueblo entero.

Sor María del Rocío era un monja de unos treinta años, cuyas razones para meterse a monja ella sola conocía; pero no debían ser vocacionales sino otras, pues el odio que sentía por su trabajo y por los niños que estaban a su cargo salía a borbotones de sus ojos negros y ojerosos, que enrojecían de ira y le daban una mirada de loca mientras apaleaba al desgraciado que había osado contrariarla.

Era buena maestra, en cinco años logró que una docena de chicos que no sabían leer, aprobaran el examen de acceso al Bachillerato. Alumnos que más tarde lograron obtener becas para estudiar enseñanzas medias y superiores. Sus métodos, al parecer, eran los usuales de la época: preguntar con el puntero y la regla al lado. Si la respuesta era correcta, te ponía buena nota; si era mala, te pedía que pusieras la mano y te arreaba con la regla de tal modo que se inflamaba la mano y dolía todo el día.

Con Joaquín se ensañaba: en vez de la regla cogía un puntero y le golpeaba como una loca en la espalda, la cabeza o lo que se pusiera a su alcance. Alguna que otra vez rompió el palo en la espalda del niño. Una vez Joaquín consiguió arrebatarle el puntero e hizo amago de pegarle con él a la monja. Luego arrojó la vara por la ventana, mientras ella chillaba histérica y juraba que acabaría con él. El chico tenía todo el cuerpo lleno de moraduras, y cuando los martes y viernes venían los médicos a visitarnos, ella encerraba a Joaquín en el sótano para que no vieran los cardenales. Al cabo de tres o cuatro semanas sin verle, los médicos, los doctores Mora y don Carlos Daudent, le dijeron a la Superiora que no se irían sin ver al chico, y entonces trajeron a la consulta a Joaquín y se descubrió el maltrato sufrido.

Ante los médicos enfurecidos, Sor Rocío declaró que el niño era rebelde, que le insultaba y blasfemaba contra Dios, contra el colegio y contra ella. Y Joaquín fue llevado a un correccional dirigido por frailes, donde recibió tantas palizas que una noche, no pudiendo soportar más vejaciones, saltó por una ventana y huyó; pero vivir sin dinero y sin lugar donde cobijarse no era fácil en Madrid, y lo apresaron enseguida los guardias. Y Joaquín fue devuelto al centro de corrección de menores.
Pasaron los años y un día de invierno de 1960, terminados mis estudios en la Institución de Formación Profesional "Francisco Franco" de Málaga, me encontré con su hermana en un centro comercial de Madrid. Nos alegramos mucho de vernos y nos abrazamos. Ella trabajaba de enfermera y se había casado con un médico; le pregunté por Joaquín y se echó a llorar. Me dijo que había muerto pocos años después de que lo internasen en el correccional


Sor María del Rocío pertenecía a la Congregación de Hermanas de la Doctrina Cristiana, con sede en Mislata (Valencia)

18 comentarios:

  1. pero es posible que sucedan esas cosas, no sé si esto es fruto de tu imaginación mi querido Juan pero creo que no! es posible no puedo soportar esto! triste tremendo brutal! un beso amigo con tristeza profunda!

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  2. Hijos de puta con sotana o hábito.
    Cuantos niños han sido destrozados por culpa de sus traumas y represiones.
    Ojalá se pudran en el infierno.

    Saludos.

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  3. María Susana, real, real como la vida misma. Doy nombres y apellidos.
    Ya dije en mi artículo anterior que las experiencias vividas con las monjas me marcaron para siempre.
    Gracias por tu visita.
    Un beso, amiga.

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  4. En fin, me reafirmo en lo que dije en un comentario anterior (demasiado largo para repetir aquí :-)). Esa monja, además de mala uva, era tonta del bote, porque estoy segura de que su aula fue un manadero de futuros ateos. Apuesto a que ni se le ocurrió pensarlo. Lo dicho, tonta del todo.

    ABrazos, Juan, y felicidades por tu buen hacer.

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  5. Lo que logran los maestros cuando no tienen amor por el trabajo y los alumnos.
    Es una desgracia que se pierdan futuros brillantes por culpa de ellos.

    un gusto leerte mario

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  6. Efectivamente, Toro salvaje: los niños son sus principales víctimas. Espero que algún día paguen por lo que han hecho. Saludos.

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  7. Con el tiempo, esta historia puede parecer fruto de la imaginación de un escritor llamado Juan Pan, pero lo malo es que así ha sido nuestro pasado, así se ha vivido en esta España que nos ha tocado vivir a los que ya tenemos una edad.
    Muy bien Juan, esto hay que airearlo, y tú lo haces magníficamente.

    Besos

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  8. Ana, si fuera solo esa monja, con su muerte ya estaría libre el mundo de maltratadores infantiles; pero es que no fue la única, y desde entonces veo en las noticias frecuentes abusos en los internados y las escuelas.
    Evidentemente, hay excelentes personas dentro de esa organizaciones y com a personas las respeto; pero en el momento que asisten y aceptan conductas escandalosas entre sus miembros, son cómplices de ellas.
    Gracias por pasar. Un beso

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  9. Pues es cierto, Mario,el que siembra odios recoje tempestades. Todo el que vive experiencias similares se aleja definitivamente de la religión que representan.
    Un abrazo, amigo

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  10. María: Los que ya tenemos una edad sabemos que estas cosas sucedían en todos los colegios.La palabra correccional inspiraba terror, por el maltrato al que eran sometidos los internos. Joaquín murió a causa de ello.
    Y en los 20 primeros años del Nacional Catolicismo,entre las clases humildes meterse a cura o a monja era considerado por los mayores como la mejor opción para sus hijos.
    Recuerdo que cuando yo rechacé la "oportunidad" que me ofrecían de entrar en un seminario y seguir estudiando, mis padres y hermanos se molestaron conmigo porque decían que siendo cura tenía mi vida y la de ellos resuelta.
    Aún hoy, las organizaciones religiosas buscan en los países del tercer mundo hambrientos candidatos para cubrir las plazas en seminarios y conventos, debido a la ausencia vocacional de los nativos.
    Y atraen a muchos inmigrantes porque tienen hambre y ven el futuro incierto. Pero no piensan que luego deben lidiar con sus obligaciones y no todos, como Sor Rocío, están preparados para asumirlas.
    Un beso, gracias por tu visita.

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  11. He oído hablar de esto, pero no me puedo acostumbrar.
    Se me pone una mala lecheeee!!!

    Muchos besos Juan. Se te quiere amigo.

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  12. Cuantos maltratos ha habido en el pasado y aun de vez en cuando hay abusos.
    Una brazo Juan

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  13. Hola Juan:
    Mi mujer aún recuerda con una rabia inmensa a una monja de su colegio llamada sor María, una hija de puta -con perdón- amparada en los hábitos. En cambio tiene muy buen recuerdo de una monja llamada sor Rosalía.
    Personas y cerdos -por desgracia- nunca faltan.
    Un saludo

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  14. Duna, te entiendo, amiga, se siente rabia e impotencia ante estos casos.
    Gracias por tu visita
    Un beso

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  15. Hola, Marian, es verdad, demasiados casos de niños maltratados salen aún a la luz cada día.Entre las miles de flores que nacen cada día, siempre hay algún espino que en vez de alegrar la vista hace daño.
    Un beso

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  16. Juan Risueño,yo también guardo un buen recuerdo de algunas monjas.Algunas eran chicas jóvenes y bellísimas como mujeres y como personas, y uno se preguntaba qué hacían allí cuando hasta nosotros nos enamorábamos de ellas. Pero aunque fueran buenas y amables con los niños, todas sabían lo que pasaba en las aulas de sor Rocío y de sor Rafaela, la maestra de las niñas.
    Y no hacían nada para impedirlo.Era costumbre pegar para enseñar.
    Saludos, amigo.

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  17. Las inocentes víctimas de esos verdugos sin nombre llevan de por vida el estigma de lo sufrido. Cuando vemos un adulto con los ojos tristes o con la mirada perdida, muchas veces es porque siguen llorando esa pena inmerecida...

    Un relato impactante. Uno de esos escritos que no se olvidan porque en cada una de las palabras hay un pequeño retazo del alma del escritor.

    Un abrazo Juan... aunque triste, es un placer enorme leerte.

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  18. Interesante lo que dices sobre las miradas perdidas, aguamarina.Muchas gracias, amiga. Un abrazo

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