martes, septiembre 13, 2011

«EL CASO CASTILBLANCO »

Su madre se lo había explicado cientos de veces. Ella apoyaba sus afirmaciones mostrándole los periódicos y revistas que celosamente conservaba porque hablaban del caso; pero aunque ella lo hubiese ocultado, Julio lo habría sabido: en todos los lugares a los que había ido buscando trabajo, fuere en Aragón, Valencia, Barcelona o Murcia, cuando le preguntaban de dónde era y él respondía de Castilblanco, la gente le miraba con ojos espantados y exclamaba: « ¡El pueblo de los salvajes asesinos!» Y todos le rehuían. Incluso en la mili solían asignar a los soldados procedentes de Castilblanco los peores trabajos y el mayor número de guardias. Julio aseguraba que era de Hinojosa del Duque, el pueblo de al lado, pero el domicilio que figuraba en sus documentos era de Castilblanco, y sufría el mismo estigma.

Todo comenzó el fatídico día de Nochevieja de 1931. Aquella noche no se cantaron villancicos ni sonó la zambomba ni se repartieron pestiños ni buñuelos ni aguardientes en las casas de Castilblanco.

El sindicato FNTT (UGT) había anunciado una huelga general y en Castilblanco alrededor de 500 trabajadores del pueblo y la comarca, su padre entre ellos, se hallaban reunidos en asamblea frente a la Casa del Pueblo para decidir cómo llevar a cabo sus protestas. La reunión era legal, estaba autorizada por el Gobernador provincial; pero el cacique del pueblo llamó al Alcalde y le ordenó que la disolviera. El Alcalde llevaba ocupando el cargo 19 años, designado por el terrateniente a dedo en tiempos de la Monarquía. Hacía ocho meses de la llegada de la República, y en el pueblo, donde se habían enterado de eso por telefono, no se celebraron elecciones porque no había candidatos. Según estaba estipulado, en tales casos continuaba el anterior Alcalde. Los caciques eran quienes decidían todo, los que daban trabajo o lo quitaban. El Alcalde, Felipe Maganto López, era un hombre osco y débil. Subordinado del cacique local, compatibilizaba su cargo en el Ayuntamiento con los del cortijo, donde se encargaba de las caballerizas, de la vigilancia forestal y de la contratación de los mozos para las tareas de labranza.

Esa noche fue al cuartel de la Guardia Civil y les ordenó disolver la asamblea. El cabo se negó, alegando que tenía órdenes de la Comandancia de respetar la legislación vigente y, puesto que la asamblea era legal, la Guardia Civil no podía intervenir; pero el Alcalde les recordó que en Castilblanco él era la máxima autoridad y debían obedecerle o atenerse a las consecuencias.

Fueron, pues, los cuatro guardias a cumplir la orden. Les sabía mal hacerlo, pues todos eran muy queridos en el pueblo. María Mouto, esposa del cabo José Blanco, le dijo: «Vuelve pronto, la cena está hecha». Uno de ellos, el único soltero, Francisco González, iba a casarse en breve con una de las mozas del pueblo, y esa noche esperaba cantar y bailar, incluso emborracharse con su futuro cuñado. Otro, José Matos estaba casado y tenía hijos, y toda la familia vivía en medio de ellos, pues el cuartel era tan pequeño que no disponía de viviendas para los guardias. Sólo había uno, llamado Agripino, también casado, que se mostraba de acuerdo con el Alcalde y les seguía un poco retrasado.

Cuando los tres guardias llegaron a la Casa del Pueblo, la asamblea había terminado y la gente se iba a sus casas. El cabo saludó a los dirigentes del sindicato y se disponía a tomar una copa con ellos para celebrar la despedida del año cuando sonó un disparo.

Una mujer, conocida como “La Machota”, iba corriendo con su hijita en brazos a la Casa del Pueblo para buscar a su marido, pero se tropezó con Agripino, que le ordenó volverse a casa y, como ella no hiciera caso, le arreó en la cara con la culata del fusil. Entonces un vecino, Hipólito Corral, se encaró con el guardia y le dijo: «No se debe pegar a las mujeres», «Y a ti también, hijoputa», exclamó Agripino, descargándose el fusil del hombro y disparándole un tiro a quemarropa. Hipólito cayó muerto.

La gente comenzó a correr en desbandada, gritando: «¡El Agripino ha matado al Hipólito!» Entonces la locura se apoderó de la gente y todos los que estaban en la calle se abalanzaron sobre los guardias, les golpearon y acuchillaron salvajemente, dejándoles en medio de la calle. Los cuerpos, que habían recibido centenares de navajazos, mostraban las cuencas de los ojos vacías, orejas y caras cortadas y brazos y piernas descoyuntados. Algunas mujeres y hombres bailaron sobre los cadáveres.

Pasado el momento de locura todos se fueron a sus casas, convencidos de que el Destino les había jugado una mala pasada. En el gran teatro del mundo se había escenificado una obra trágica, cuyos actores eran ellos, los jornaleros, que en breve pagarían las consecuencias de aquella terrible acción.

Efectivamente, al cabo de unas horas llegaron varios guardias civiles de pueblos cercanos y detuvieron a más de 60 personas. La mayoría de ellas negaban su implicación en los hechos, pero otros tenían las ropas manchadas de sangre y eso los delataba.

El General Sanjurjo, Director General de la Guardia Civil, se presentó en el pueblo, acompañado de un gran séquito de guardias y periodistas. Espantado ante la masacre, exclamó: « No sabía que en España hubiera pueblos salvajes. Jamás, ni en los más crueles asesinatos cometidos por los moros del Rif contra los cristianos en los enfrentamientos con Marruecos, he visto semejante salvajada». El General, luchando contra sus propios instintos, acalla las voces de sus subordinados, que piden venganza, y ordena cumplir la Ley con firmeza. A continuación ordenó levantar los cadáveres y que se les hiciera la autopsia. El Alcalde negó haber dado ninguna orden, y a pesar de que en el informe se le señaló como el instigador de los sucesos no le pasó nada, solamente fue destituido.

El Ministro de la Gobernación, Santiago Quiroga, acudió al sepelio de los guardias, y Gregorio Marañón escribiría en un importante diario nacional que eran los terratenientes, que mantenían a la población inmersa en la miseria y el hambre, los culpables de que sucedieran tales calamidades.

Los interrogatorios se llevaron a cabo en el salón del Ayuntamiento, ubicado en la primera planta. Los detenidos esperaban su turno en el balcón, que ocupaba toda la fachada, con las manos en alto y pegados a la pared, soportando una temperatura de menos 7 grados durante varias horas. Al finalizar la instrucción, más de la mitad de los detenidos fueron puestos en libertad, los que fueron acusados fueron llevados a la cárcel de Badajoz. La normativa en los procesos penales decía: «Cualquier ataque a un militar sería juzgado por un tribunal militar». Y así se dispuso.

Dos años habían pasado cuando el 17 de julio de 1933, a las diez de la mañana, se celebró el juicio de los acusados de Castilblanco en el cuartel “General Menacho” de Badajoz.

En el salón de la Casa del Soldado, toman posiciones tras una larga mesa, sobre la que ponen sus sables, cinco capitanes y un teniente. Sus rostros se muestran fríos y sombríos durante el juicio que decidirá sobre el futuro de los 25 detenidos. Los acusados no esperan ningún milagro, saben que hicieron mal matando a unos infelices guardias que cumplían órdenes; pero ya es demasiado tarde e intuyen su condena: el pelotón de fusilamiento pondrá fin a sus vidas. Han tenido dos años para madurar la sentencia y la esperan tranquilos y resignados, sabiendo que ya nada tiene remedio.

Sólo el teniente Ricardo Calderón, que pertenece al Cuerpo Jurídico del Ejército, conoce las leyes; los otros lucen en sus solapas las distinciones que han obtenido en las largas y sangrientas batallas contra los moros en el norte de África. Saben guerrear y moverse con firmeza en los campos de batallas; pero no saben juzgar, no conocen más que el reglamento militar. Lo suyo no es juzgar a la gente y lo reconocen, pero son soldados y los han nombrado para formar el Tribunal y no pueden negarse a cumplir órdenes. Llegados desde Madrid, numerosos periodistas, políticos y abogados asisten al juicio, uno de los cuales, el Catedrático de Derecho y miembro del Partido Socialista Obrero Español, don Jiménez de Alsúa, toma a su cargo la defensa de los acusados.

Por otra parte, el Gobierno sabe que se la juega en aquel proceso y debe mostrarse imparcial, a pesar de que los enfrentamientos con la Guardia Civil eran promovidos por los partidos políticos de izquierdas. Por ello ha elegido al teniente letrado del Cuerpo Jurídico del Ejército, conociendo que mostrará una visión más humana de los hechos que los otros militares.

Entre los acusados se halla una mujer con una niña hambrienta en brazos que le pide teta a cada instante, pero sus senos subalimentados no logran satisfacer a la hijita. Tras largas horas de litigio entre la acusación y la defensa se lee la sentencia: Cinco penas de cadena perpetua y seis penas de muerte, el resto fue condenado a un mes de arresto que ya habían largamente cumplido. Pero los abogados defensores presentaron Recurso de Casación ante la sala 6º de lo Militar en el Tribunal Supremo y antes de que llegara el fallo, el Presidente del Gobierno, Lerrux, declaró la amnistía a los delitos cometidos en los conflictos sociales, y ordenó que todos los detenidos de Castilblanco fuesen puestos en libertad. Pero los magistrados del Tribunal Supremo denegaron la libertad y exigieron el cumplimento de la sentencia dictada por el tribunal militar de Badajoz.

Jiménez de Alsúa no cesó de pedir al Gobierno la libertad de los encausados. Lerrux, haciendo caso omiso de los jueces declaró la amnistía y el 1 de febrero de 1935 los periódicos publicaban la puesta en libertad de los detenidos.

Con el levantamiento de los militares en el 36, los sucesos se precipitaron en España. Los abogados defensores de los acusados de Castilblanco tuvieron que huir y lograron refugiarse en México y Argentina. Hicieron bien: el 12 de abril de 1939 varios de los indultados por el asesinato de los guardias fueron sacados de sus casas y fusilados en las cunetas.

Julio sacudió insconscientemente la cabeza, como queriendo espantar sus recuerdos y volver al presente. Observó que la Casa del Pueblo era una casa de una sola planta, cuya fachada presentaba una puerta y una ventana enrejada a cada lado. Un parterre lleno de geranios y rosales la separaba de la acera. El Renault Espace del Secretario Local del sindicato aparecía aparcado junto a la acera. Sobre la pared, un cartel anunciaba la lista de los desempleados que habían sido seleccionados para realizar un curso de formación profesional; en otro, el sindicato ofrecía su ayuda para solicitar el P.E.R. (Plan de Empleo Rural). Todo parecía indicar que nada había sucedido; pero él sabía que no era así: su madre y él habían sufrido muchísimo para salir adelante.

De pronto sintió curiosidad por saber con quién se casó Verónica y qué fue de ella.


Safe Creative #1109110043699


Nota:

Existe abundante información sobre los sucesos de Castilblanco. Incluso he leído un libro autoeditado por un descendiente de uno de los participantes; pero don José Luis Cervero Castillo, subteniente de la Guardia Civil, escritor de varios libros y periodista, antiguo colaborador de Diario 16, de La Revista, y del semanario Interviú es el que a mi entender mejor explica lo que sucedió allí.





19 comentarios:

  1. Interesante relato que no conocia.El Diablo pone muchas veces sus garras entre la gente humilde y maltratada y les juega una mala pasada.En la gente incluyo a asesinos y asesinados,al final todos victimas de sus circunstancias.Muchas gracias juan por tu apoyo.

    ResponderEliminar
  2. Me pone de los nervios leer sobre la guerra civil.
    No está tan lejana y a veces pienso que pudiera volver a suceder.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  3. Escalofriante relato que es bueno difundir para evitar que se repita. La gente muchas veces en su desesperación por tantos problemas sociales reacciona de manera salvaje y las consecuencias son nefastas.
    Te dejo un cariñoso saludo Juan

    ResponderEliminar
  4. Terrible, Juan. Un relato impresionante, bien llevado en todo momento. Me ha enganchado poderosamente desde el principio hasta el fin. A mí me pasa un poco como a Toro, que no lo veo tan lejano en el tiempo y todo lo de la Guerra Civil me resulta especialmente doloroso, no porque en mi familia haya ocurrido nada grave, pero imagino lo que debe ser este tipo guerras... Como bien describes en tu relato, eran vecinos, todos se conocían, y, a pesar de eso, el guardia civil pega a la mujer, y porque sale aquel hombre en su defensa lo mata. Y luego el desenlace, de auténtica locura, teniendo en cuenta que casi un rato antes se van a tomar algo juntos. Ojalá aprendamos del pasado, amigo.

    Un beso,

    Margarita

    ResponderEliminar
  5. Cuando la sangre mancha las manos los sentidos se vuelven locos.

    sigo con atención la historia que pinta bien.

    puedes poner algo sobre la novia
    sobre su madre y hermanos, sobre alguno de sus amigos de infancia.

    solo son algunas sugerencias.

    alguien del pueblo pudo reconocerle

    un gusto pasar por este tu blog

    hasta pronto Mario.

    ResponderEliminar
  6. Muy interesante.
    Un abrazo Juan y esposa

    ResponderEliminar
  7. Todos tenemos un animal dentro que ante cualquier injusticia saca sus garras.
    Tremenda historia donde la rabia por la sinrazón ciega el alma y luego ya no sirve el arrepentimiento. Y como siempre los verdaderos criminales se van de rositas.

    Un abrazo Juan

    ResponderEliminar
  8. Hola, Juan Antonio, muchas gracias por tu visita y comentario. Espero esté mejor. Un abrazo

    ResponderEliminar
  9. Toro Salvaje,muchas gracias por tu visita. Eso me temo, que todo eso vuelva a suceder. Se están reproduciendo las mismas circunstancias que provocaron la guerra. Por eso escribí mi novela y estas cosas, para que reflexionemos. Saludos.

    ResponderEliminar
  10. Hola, Belkis,me alegro mucho de verte por aquí. Perdona que últimamente te tenga un poco olvidada,me harían falta días a 30 horas para leeros a tod@s. Espero que te encuentres bien. Un beso

    ResponderEliminar
  11. Margarita, si supieras el odio que existe aún en los pueblos te echarías las manos a la cabeza.
    En mi pueblo la mitad me critica y ni me saluda por haber publicado mi novela narrando los hechos del secuestro de mi amigo. En el pueblo de Conchi, antes de las elecciones se insultaban en face bok y se amenazaban los socialistas y los del PP.aún ahora no paran. Si hubiesen tenido armas se matarían a tiros. Y así por todas partes.Y las cisrcunstancias que se viven no ayudan nada para vivir en paz. Un beso, guapa, y gracias por tu visita.

    ResponderEliminar
  12. Gracias, Mario. Sí, tengo que desarrollar aún muchos temas; pero ahora lo dejo porque tengo que prepararme los poemas para los días 22 al 24, que me voy a participar en un encuentro de poesía a 800 kms.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  13. Hola, Marian, muchas gracias. Te echaré de menos en Sigüenza.Un beso para ti, guapa.

    ResponderEliminar
  14. Estoy de acuerdo en todo lo que dices, Juan Risueño. El genio salta sin control y luego ya no tiene remedio. Los provocadores se salvan, y los más desgraciados pagan los platos rotos. Un abrazo y gracias por tu visita.

    ResponderEliminar
  15. Por cierto ¿cuando es lo de Sigüenza?

    ResponderEliminar
  16. Jua, ya lo digo en un comentario anterior. El día 24 por la tarde es el recital.Pero nos vamos dos días antes para ver cosas y estar entre amig@s. Un abrazo

    ResponderEliminar
  17. Amigo Juan, la injusticia desata la locura y salta el crimen a caballo de las emociones incontrolables.
    Una historia aterradora, como muchas que se fraguaron en aquella España de confrontación e injusticia.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
  18. Así es, Antonio. Lo malo es que seguimos enfrentados. La generaciones jóvenes no conocieron aquello y se dejan llevar por promesas y consignas de unos y otros. Y la situación laboral y económica no ayuda en nada. Tiemblo ante el futuro que se vecina.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  19. Anónimo5:04 p. m.

    Un apunte tardío:
    El alcalde de Castilblanco era un hombre débil, pero ¿débil de carácter o en el sentido físico?, porque me cuesta imaginar a alguien débil de carácter imponerse a la autoridad castrense del pueblo.

    ResponderEliminar