domingo, septiembre 11, 2011

EL REGRESO

Castilblanco (Badajoz), monumento al Emigrante. Las dos fotos que acompañan el texto proceden de Internet.

BADAJOZ, 24 de junio de 2000. El Mercedes Benz gris plateado, Clase E, cruzó el puente sobre el río Guadiana y entró en una zona plantada de olivos. Al frente, a unos cinco kilómetros y sobre una colina de quinientos metros de altura, destacaba un pueblo blanco coronado con la torre de una iglesia: Castilblanco. Detrás de él y hacia la izquierda, se dibujaba la imponente mole de los Montes de Toledo. El conductor del automóvil sintió una extraña sensación, mezcla de alegría y ansiedad, al reconocer el lugar que había abandonado cuarenta años antes. Una pregunta se abrió paso entre los entresijos de su mente: ¿A qué había venido, qué buscaba allí?.

Cuando se fue, recien cumplidos sus treinta años de edad, contempló el pueblo desde esa misma orilla del río que acababa de dejar detrás, donde entonces no había puente sino una barcaza que trasladaba constantemente a los pasajeros de un lado al otro, y prometió que jamás volvería a Castilblanco, un lugar en que sólo había sufrido calamidades, que le había negado el trabajo y lo había humillado hasta obligarlo a abandonar su casa, su familia, sus amigos, sus sueños... Todo.

El auto pasó junto al monumento dedicado por el Ayuntamiento a sus emigrantes en agradecimiento a las remesas de divisas que éstos enviaron durante décadas a sus familias, e inició la subida al pueblo por la recien asfaltada calle que lo llevaría hasta la plaza, en la parte más alta. Algunos vecinos, que habían sacado sillas a la puerta de sus casas a media tarde para sentarse y tomar el aire a la sombra, se quedaron mirando cuando pasó delante de ellos el Mercedes, preguntándose qué demonios venía a hacer un coche con matrícula alemana en aquel pueblo perdido de la Siberia Extremeña.

El vehículo se detuvo delante de una casa y su conductor se apeó. Una mujer que estaba sentada pelando patatas en el vano de la puerta se quedó mirándole descaradamente. El hombre que había bajado del coche era alto, de pelo blanco y enjutas y canosas cejas; una arruga vertical en ambos lados de la boca marcaba su rostro. Tenía una nariz pronunciada y la boca grande. El recien llegado la observaba sin pronunciar palabra, intentando asociar los rasgos de la mujer con alguno de los personajes grabados a fuego en su memoria.

— ¿Busca usted a alguien? —le preguntó.

— ¿No vive aquí Verónica la del Peluca?—

— Era mi madre. Murió hace dos años. ¿Quién lo pregunta?

El hombre recibió la noticia como un hachazo. Quedose anonadado, y una sombra de tristeza se plasmó en su semblante. Se pasó la mano por la cabeza, pensativo, antes de responder:

—Me llamo Julio. Hace muchos años, demasiados, su madre y yo éramos amigos. Lo siento, ignoraba que había fallecido. Perdone usted.

Y tras decir eso dio media vuelta y se fue caminando despacio calle abajo. Los recuerdos le asaltaban a cada paso. Reconocía cada calle, cada número de casa, y los rostros que encontraba observándole en silencio le recordaban a otros con quienes había compartido todos su años jóvenes. ¡Cuántas vivencias reflejaban las piedras de las casas!

Su mente retrocedió cuarenta años, cuando le comunicó a su madre que amaba a Verónica y deseaba casarse con ella. Dos días después, su madre y su hermana, fieles a la costumbre, fueron a casa de Pedro el Peluca a pedir la mano de la joven y fijar el día de la primera amonestación. Como marcaba la tradición, los padres de la novia se harían rogar y pondrían impedimentos, y los demandantes se verían obligados a marcharse para regresar insistiendo en la petición al cabo de una semana. Esa segunda vez, siempre según la tradición, se acuerda la fecha, y la noche antes de la segunda amonestación todos los amigos y familiares acuden a casa de la novia, donde ésta ha preparado dulces y vino para convidarles. Todos guardarán silencio mientras el padrino le pide al padre de la novia que dé la conformidad a que la hija se vaya a vivir con el pretendiente. El padre debe decir que sí, y luego se lo pregunta a su hija. Entonces la novia dice: “Sí, acepto casarme con él”, y le ofrece al novio el primer trozo de dulce. Sólo entonces los testigos allí reunidos pueden comenzar a comer y beber.

Después de la petición, el novio se lleva a los bares a todos los invitados, y los va convidando, so pena de acabar arrojado en el pilar de la fuente donde abrevaban las bestias.

Para la boda mataban una vaca o una oveja, según sus medios, y los invitados aportaban cada uno un conejo, pieza de caza o huevos.

La boda se realizaba en tres días: el primero para preparar el banquete, el segundo para la boda y el tercero para limpiar la casa, la vajilla y todos los cacharros utilizados en cocina. Al cuarto día las mujeres que habían trabajado sirviendo en la boda se iban de fiesta ellas solas a celebrarlo.

Pero Julio fue rechazado en la primera visita. Según la tradición de Castilblanco, los novios debían poseer las mismas tierras, los mismos bienes, o las mismas carencias. Ni una sola res ni fanega de tierra más que el otro; esa era la costumbre para que el casamiento fuese por amor y no por intereses.

Verónica no es que fuese rica, no; pero sus padres tenían cinco fanegas de monte y una vieja casona en el campo donde cuidaban un centenar de ovejas.

Julio, era vecino de Herrera del Duque, un pueblo cercano al que todos los jóvenes de Castilblanco tenían inquina porque venían a llevarse a sus mozas. Su madre había heredado una vieja casa en Castilblanco, y la familia se había mudado poco antes de que él se marchara a cumplir el servicio militar.

Julio era un pobre jornalero que apenas trabajaba 8 meses al año, por lo que debía ausentarse y pasar largas temporadas en diferentes provincias de España para trabajar en las campañas de la recogida de la aceituna, la vendimia, la fruta y la naranja. Por eso, el chico no tenía otra cosa que ofrecer a Verónica que sus manos, su cariño y la ilusión de fundar una familia. Y esa tarde sufrió la peor humillación de su vida al ser rechazado por la familia de la novia, quien, enajenada, se enfrentó a gritos a sus padres y hermanos hasta que éstos la sujetaron y encerraron en su habitación.

La noticia se derramó por las calles del pueblo, y se comentaba jocosamente en las esquinas y tabernas, « Estos forasteros creen que basta con echar el anzuelo al río para pescar», decían.

Julio no pudo soportar la afrenta y una mañana cogió su vieja maleta de madera de la mili y se fue andando hasta el embarcadero. Antes de subir a la barca se giró un momento, miró el pueblo en cuya cima destacaba la silueta oscura de la torre recortada en el cielo color naranja del amanecer y masculló: “Juro que nunca más te volveré ver, Castilblanco”.

Ahora, al cabo del tiempo, cabizbajo y atenazado por angustiosa soledad, con su cabeza poblada de rizos blancos bien recortados, similar a la de los dioses griegos que abundaban en los libros que él había estudiado para aprender a leer y escribir durante su larga ausencia en el extranjero, paseaba de nuevo por aquellas calles empedradas que juró jamás volver a pisar.

De pronto le llamó la atención el letrero que había sobre la puerta de una coqueta casa: «CASA DEL PUEBLO», y los recuerdos afloraron violentamente a su memoria. Apenas hacía un mes que había cumplido los siete años cuando una noche entraron en su casa un grupo de falangistas y se llevaron a su padre sin hacer caso a los ruegos de su madre, quien a gritos les juraba que su marido no había hecho nada y que los jueces lo habían declarado inocente. El cuerpo de su padre apareció en una cuneta con dos tiros en la espalda.

(continuará)

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12 comentarios:

  1. El final de este capítulo hiela la sangre.

    Cuanto dolor.

    Saludos.

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  2. Me ha gustado Juan. ¿Es un relato, Juan, principio de otra novela?. Tiene buenos mimbres este cesto.

    Desde luego que ha habido costumbres para consentir o evitar los noviazgos que hielan las venas. Mi abuelo me contaba la de un pueblo cercano, no recuerdo cual, en el que el pretendiente tiraba un garrote dentro de la casa al grito de. Garrote en casa, pasa o no pasa. Y algunos no veas como debían volar para afuera.

    Un abrazo, feliz domingo

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  3. Ando yo dándole vueltas a la misma idea, comenzar un relato en el blog.
    Espero la segunda parte. Un saludo

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  4. Muy interesante te sigo.


    °,,, Muy
    (."?(",)\¡Buena
    ./?\./?\. Semana
    _||__ ||_

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  5. La historia pinta para larga e interesante.
    muy bien espero el resto


    hasta entonces Mario

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  6. Pues espera a leer el siguiente, Toro Salvaje; este te parecerá un dibujo animado.
    Saludos y feliz semana.

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  7. Hola, Juan Risueño. Ya me gustaría tener suficientes ideas para continuar este relato hasta convertirlo en novela. Ya veremos cuánto da de sí. Un abrazo, y buen lunes.

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  8. Hola, Tomás. Eso mismo dice mi mujer cuando la dejo a medias.¡Mala suerte, por dió!
    Un abrazo

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  9. Hola, Mamen, pues estaré pendiente de lo que escribes, no te quepa la menor duda: me encanta tu prosa y estilo.
    un beso

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  10. ¡Encantado de conocerte, Mary, estás en tu casa!
    Saludos

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  11. Hola, Mario, interesante puede que lo consiga; pero que se alargue... a ver si me dais ideas. Un abrazo

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