martes, diciembre 11, 2012

UN EMIGRANTE ESPAÑOL EN SUDÁFRICA

SUDÁFRICA

Hace 32 años....

 Los primeros días de diciembre de 1980 los pasé inmerso en un mar de dudas, ansiedad y, al mismo tiempo, de  esperanza. La situación laboral en España iba de mal en peor, el  paro llegaba al medio millón de afiliados a la Seguridad Social y el futuro no presagiaba nada bueno. El panorama político era peor: los grupos fascistas civiles y militares no aceptaban la Democracia y desde el nacimiento de ésta se escucharon ruidos de sables y se cometieron asesinatos, como el de los abogados de atocha.

 Yo era un desempleado más, y llevaba 6 meses en mi casa. Había trabajado para Iberdrola en la construcción de la Central Nuclear de Cofrentes y  estaba a la espera de que la empresa me llamase para trabajar en otra central; pero la ETA estaba impidiendo que entrara en funcionamiento la Central de Lemonix a base de sabotajes y asesinatos de obreros (La central nuclear de Lemonix se inició en 1972 y era la primera de un ambicioso proyecto nuclear vasco que incluía cuatro centrales: Lemonix, Deva, Tudela e Ispaster), las compañías eléctricas y el Gobierno no se ponían de acuerdo en si debían de continuar con el Plan Energético Nacional o postergarlo, y las empresas constructoras se vieron obligadas a despedir al personal.

Fue entonces que apareció en Madrid un ingeniero de PREA, una empresa inglesa que buscaba personal altamente cualificado para construir una planta petroquímica en Sudáfrica. El sueldo era alto: 3 millones anuales de pesetas de las de entonces (180, 000 euros), incentivos aparte, y todos los gatos de viaje, manutención y alojamiento pagados, incluido un viaje a España cada seis meses. Cada seis meses recibíamos una gratificación extra de 300 mil pesetas (1800 euros) por cumplimiento de contrato. La oferta era tentadora, y como mi anterior  empresa  no  daba señales de vida, me decidí a ir.

Previamente debía aprobar un examen teórico práctico para demostrar mi capacitación

Para ello debía acudir al Instituto Politécnico «Virgen de la Paloma», en Madrid. Una vez realizado satisfactoriamente el examen, el Lloyds Register me entregó un certificado de homologación internacional que me declaraba apto para realizar el trabajo para el que se me contrataba. Luego hube de sacar el pasaporte y un visado en la Embajada de Sudáfrica. Fue después del Día de Reyes de 1981 que, finalmente, acudí a la oficina de la empresa inglesa en la calle Padre Damián, detrás del estadio Santiago Bernabeu, para firmar el contrato y recoger el billete de avión. Conmigo viajarían 60 trabajadores más.

Yo no había subido nunca en avión y al hacerlo aquel día frío, 9 de enero de 1981, sentí un poco de ansiedad. Me senté junto a un matrimonio portugués que a los pocos minutos me dijo residía en Johannesburgo, tras haber abandonado sus propiedades en Malawi acuciado por los fusiles de unos niños-soldados.

Salimos  a las seis de la tarde, ya estaba oscuro. A las siete nos trajeron la cena; luego proyectaron la película de Xanadú y al poco aterrizamos en Kinsasa para repostar. Para entonces ya me había habituado al avión y paseaba por el pasillo para charlar con mis compañeros de empresa.

Estaba amaneciendo cuando llegamos a Johannesburgo. Pasamos en fila ante los guardias, y éstos nos dieron unos impresos para rellenar, nos revisaron nuestras maletas y requisaron todas las revistas tipo Interviú, porque  presentaban desnudos. Dos horas más tarde, rodábamos en autocar en dirección a Secunda, en la provincia de  Transvaal, en busca de la refinería Sasol.

Al llegar nos reunieron en un gran salón donde un español nos traducía  el mensaje del director del holding americano que dirigía los trabajos, y el discurso del oficial militar sudafricano, responsable de la Seguridad en la Refinería: Prohibido hablar con negros y mestizos si no era para ordenar alguna cosa; nada de confraternizar ni expresiones amistosas. Prohibido ir sin el documento de identidad con foto  muy visible colgado en el pecho. Debíamos firmar un documento exonerando de responsabilidad a la empresa cada vez que se abandonara la protección del  campamento para ir a visitar pueblos y ciudades.

Bajo penas de expulsión del país, estaba  prohibido expresar opiniones políticas contrarias al Apartheid; prohibidas las huelgas. Debíamos mentalizarnos de que  veníamos a trabajar, no a cambiar el mundo.

 Después del discurso, nos mostraron nuestros alojamientos en barracones de una sola planta alineados en una parcela ajardinada y con zonas deportivas: campo de futbito, cancha de baloncesto, piscina y tenis. Cada barracón tenía un pasillo central y a un lado una fila de diez  habitaciones dobles con aire acondicionado y calefacción, bastante confortables, y al otro, los cuartos comunes del baño, duchas y gimnasio. Frente a los barracones había unos pequeños chalecitos adosados para los jefes y técnicos. Me tocó un gallego de Orense por compañero de bungalow. Se nota que no había salido nunca de la familia, porque aquella misma noche se la pasó llorando y diciendo que quería regresar a España.

La primera sorpresa que tuve fue constatar que allí no oscurecía nunca: una antorcha de más de trescientos metros de altura, ubicada a un kilómetro dentro de los terrenos de la factoría,  lanzaba una llama enorme e iluminaba un radio de tres kms como si fuese de día, por lo que tuvimos que vivir siempre con la persiana echadas y las ventana cerradas para amortiguar el intenso olor a gasolina y gases quemados que inundaba el campamento. La luz de la antorcha podía verse de noche a sesenta kms del campamento.

A las cinco de la mañana daban el desayuno, y a las seis salían los camiones para llevarnos hasta el pie de obra, ubicado a cinco kms del campamento. Pero antes de entrar en la refinería, debíamos pasar un control militar.

La segunda sorpresa  fue el horario de comidas: a las cinco de la mañana servían una comida fuerte, lo que en España se come al medio día; a las doce se paraba el trabajo (una tradición inglesa sagrada: la hora del té) para tomar un aperitivo con un dulce y una fruta; y a las seis de la tarde comenzaban a servir la cena. Salíamos del comedor aún medio dormidos con una bolsa que conetnía una pieza de fruta, un dulce y una pequeña lata de conservas. Los ingleses se habían provisto de un termo y se llevaban su té para la jornada.

 Un español perspicaz, que había pedido la cuenta y se había quedado a vivir en un carromato con una mujer sudafricana, bellísima, abandonando a su familia en España, tuvo la feliz idea de ponerse a vender bocadillos  de tortillas de patatas a dos Rands a la puerta del campamento, y en un rato ganaba lo que nosotros en todo el día, pues a casi ninguno de nosotros agradaba la comida inglesa aunque fuese gratis (le echaban mermelada a la carne a la brasa, y la guarnición de guisantes tenía picante para exportar a todo un continente) y preferíamos comprar bocadillos de tortilla de patatas, de atún o chorizo.

El camión que nos conducía hasta el tajo avanzaba por una carretera gris de tierra apisonada mezclada con cemento y se detenía en la entrada de la refinería. Esta tenía el aspecto de un campo de concentración: Un puesto de guardia en el que una docena de militares apuntaban con sus armas al camión mientras un oficial se plantaba delante con el brazo alzado y gritando  de tal forma  que posiblemente mi familia lo oyera desde Valencia. Mientras el oficial pedía los permisos al conductor los soldados nos obligaban a saltar al suelo y a ponernos en fila para revisar nuestros documentos uno a uno.

No sé si era intencionadamente o casualidad, pero donde el camión se detenía siempre había un hoyo lleno de agua y al saltar nosotros nos poníamos empapados hasta las rodillas. Un encargado protestó un día y le llevaron a empujones adentro del cuartelillo y ya no lo volvimos a ver más.

Aquella noche hicimos una asamblea en el campamento y pedimos a la empresa información sobre el compañero y amenazamos con no volver a trabajar si no aparecía. Entonces nos dijeron que lo habían enviado a España por insultar a los soldados. Un compañero de Bilbao tomó la palabra y convenció a todos para no acudir a trabajar y regresar a España. La dirección de la empresa acudió muy preocupada por el cariz que estaban tomando las cosas, nos dijo que los soldados cumplían con su deber pues se había producido atentados terroristas en la refinería antes de nuestra llegada, y precisamente por eso el Gobierno había traído mano de obra especializada extranjera: no se fiaba de los nativos. También nos recordó el discurso que todos aceptamos a la llegada: No meterse en política; obedecer y ocuparse de realizar el trabajo para regresar a casa cuanto antes con el contrato ganado. Desde aquel día cambiaron el camión por unas furgonetas en las que íbamos sólo los españoles. Pero en el control, debíamos descender del vehículo para pasar revista.

Llegados al lugar de trabajo, nos quedábamos asombrados ante la cantidad de obras que se realizaban al mismo tiempo: una central termoeléctrica, la refinería, la planta de residuos químicos y una gruesa tubería que llevaba el combustible producido hasta los enormes depósitos en que lo guardaban y distribuían a todo el país. Se calculaba en veinticuatro mil personas las que trabajaban en el proyecto Sasol. Yo estaba con el grupo del gaseoducto principal.

Como no tenían petróleo y sufrían el bloqueo de los países democráticos, el Gobierno sudafricano estaba usando la tecnología alemana del tercer Reich: Extraer petróleo del carbón, un mineral que parecía inacabable en el país.

 El carbón salía de la boca de la mina por una cinta transportadora que se elevaba en el aire y lo dejaba caer en los depósitos de una central química, donde por medio del empleo del calor y condensación de gases hacia destilar el precioso líquido negro, que luego era refinado y conducido hasta las gasolineras distribuidas por todo el territorio. Como la producción no era suficiente para alimentar los vehículos de una nación en la que dos millones de blancos vivían en un paraíso rodeado de cuatro millones de negros, y todos aquéllos poseían motos y coches lujosos y maquinaria agrícola, se racionaba el carburante: los fines de semana no habrían las gasolineras.

Ante nuestros asombrados ojos se abría una extensa llanura que cubría la distancia   entre Johannesburgo y Secunda. A un lado y otro de la carretera  aparecían numerosas plantaciones de  ananás y grandes granjas de  vacas y avestruces. Cientos de cuadrillas de mujeres negras, con las cabezas cubiertas con pañuelos coloridos, se inclinaban sobre las matas  vigiladas por el capataz. Por la carretera nos cruzábamos con centenares de personas que se desplazaban corriendo por la cuneta. Una pequeña aldea había crecido en torno al campamento. En ella vivían los técnicos sudafricanos que trabajaban en la refinería antigua; los trabajadores autóctonos de la nueva sección que venían buscando trabajo procedentes de otras provincias,  se  traían sus caravanas y vivían en ellas apiñados en un camping cercano.



En los meses siguientes conocería una vida de lujos, injusticias sociales, crueldad, sometimiento, explotación y miedo que minarían mis creencias y la esperanza en el Hombre.

4 comentarios:

  1. Gracias por compartir todas estas experiencias.
    Una época terrible la que viviste en ese país.
    Un país racista a más no poder.
    Me ha gustado mucho el post.
    Espero que cuando te animes compartas más experiencias de tu vida allí.

    Saludos.

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  2. Hola, Amigo Toro salvaje.Muchas gracias. Me alegra el que te haya gustado. Comprendo que es demasiado largo y la gente se echa para atrás.Es por ello que hoy te agradezco doblemente tu visita.
    Este es el último capítulo de una lista de nueve entradas que tengo distribuidos por el blog, sobre todo en el mes de septiembre de 2009. Las quiero recoger todas en un cuaderno. Saludos

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  3. Qué historia aquella mi querido Juan.
    Dura experiencia pero pasa a formar parte de la riqueza que uno va acumulando.
    Muy buen relato a pesar de la dureza del caso y vivencias.
    Abrazos mi querido amigo.

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  4. Así es, queriada amiga, genessis. Estas experiencias han servido para edificarme y fortalecerme. Gracias por estar siempre. Besos

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