sábado, diciembre 29, 2012

BALANCE DEL AÑO 2012

Finalizado el año, justo es hacer balance de actividades y resultados. Ni qué decir tiene que la mía ha sido la vida ociosa del jubilado ordenadoradicto que pasa las horas del día escribiendo y leyendo cuando no mirando fotos propias o ajenas, participando en certámenes literarios sin posibilidades de éxito y gestionando los continuados fracasos escribiendo sandeces que a algunos les suena a ingenio.
 Diferente es el balance de mi querida esposa:
Este año, además de realizar las labores de la casa y cuidar de mí regalándome deliciosos menús, se ha leído los siguientes libros:

Palmeras en la nieve

Dime quién soy

Tiempo entre costuras

Mil soles espléndidos

Cometas en el cielo

Vivir

El Príncipe de las tinieblas

La trilogía del club de los Viernes

El Jardín escondido

Mientras vivimos

El lector de Julio Verne

El niño judío

Muerte en Sevilla

Agua de limonero

Donde el corazón te lleveraz

A la sombra del ombú
Misión olvido

Juego de damas

Vida de una gheisa

 El cliente
 A la sombra del granado

  En total, 21 novelas, de las cuales yo he leído 16.

En la actividad de Manualidades de Ganchillo, aprendido en la Asociación de Mujeres "Los geranios", Carmen ha realizado para ella y para regalar en Navidad a la familia las siguientes toquillas en hilo normal y de seda:

                                     

                                              






                                                


                                                 

                                                  
 
                                                   

Aunque a simple vista no se aprecia, las toquillas llevan  diferente dibujo







Y además hemos realizado juntos  cuatro viajes: a Córdoba, Peñíscola, Málaga y Andújar, un total de 17 días. Yo tengo uno más en mi cuenta: Cuevas de San Marcos.
Gracias a ello hemos visitado en Córdoba: los patios cordobeses, la Mezquita, el Alcázar y las Caballerizas reales, el Cristo de los Faroles, el Palacio de la Diputación, así como media docena de museos.
En Cuevas de San Marcos me lo pasé en grande con unos amigos poetas que fuimos invitados a participar en las I Jornadas Culturales de la Peña Juan Casillas. Allí también visitamos el entorno del pantano y su museo arqueológico.
En Peñíscola hemos visitado su famoso castillo de Los Templarios y hemos participado en un recital poético en un lugar privilegiado del castillo: el salon de audiencias del Papa Luna; también hemos visitado el Museo del Mar y El Bufador.
En Málaga hemos visitado el centro histórico: Catedral, Alcazaba y Puerto, hemos entrado en el Museo Thissent para admirar medio millar de cuadros de un centenar de autores de los siglos XVIII al XX; el mercado de las Atarazanas, hemos cenado en el Bar Pimpi y en el Puerto.
También hemos participado en el recital poético celebrado en el Rectorado de la Universidad.
En Andújar hemos pasado un día con unos amigos que conocimos en el Encuentro de Málaga. Con ellos hemos almorzado en el Mercado de Abastos, y comido y cenado en la cafetería Menphis

 Todo ello me hace pensar que, a pesar de que no se ha cumplido mi sueño de publicar mi última novela, el balance resulta positivo: No nos podemos quejar. Ojalá que el año 2013 podamos continuar realizando esos viajes y no echemos en falta estas alegrías.






jueves, diciembre 27, 2012

¿QUIÉN DIJO MIEDO ?


Hoy luce un sol espléndido y la temperatura ha alcanzado los 16º C. Mi mujer estaba contenta porque hoy celebra la tradicional comida navideña con sus compañeras de la Asociación de Mujeres "Los Geranios" y no deseaba que el tiempo lo estropease  todo.

 La cita era a las dos de la tarde en el local de la asociación, desde allí partirían hacia el restaurante "La Dorada", y ella parecía nerviosa porque no le gustaba dejarnos solos a mí y a nuestro hijo Moisés, que ha venido de Madrid a pasar las fiestas con nosotros.

Pero como la hemos animado a salir con sus amigas y que no se preocupase de nosotros porque ya nos vestimos solos, ella  ha estrenado vestido, nos ha dado cuatro besos y se ha marchado.

Y Moisés y yo nos hemos puesto en marcha: el uno pelando patatas y cebollas, desgranando cabezas de ajo;  el otro sacando el caldo del puchero con garbanzos que Carmen guardó ayer en la nevera, cortando unas morcillas de cebolla y unas lonchas de jamón de York, vertiendo el arroz,  preparando la cazuela y encendiendo el horno.
 


 Una vez todos los ingredientes  bien juntitos en la cazuela, la hemos introducido en el horno y mientras el calor hacía su trabajo nos hemos tomado una copa de rioja con una loncha de  jamón ibérico.
Éste es el resultado: arroz al horno
 
 
 Bueno, mejor dicho: lo que le  hemos dejado a Carmen para que lo pruebe:  un platito listo para calentar en el microondas

 

domingo, diciembre 23, 2012

EL GORDO DE NAVIDAD

 
Pensaba yo, iluso de mí, que  tocarme la lotería navideña sería el cambio que los Mayas hace siglos  presagiaran, pero llegó la fecha y se celebró el sorteo y, como es costumbre, no me ha tocado nada.


Sigo tal como estaba: mileurista, que vive en un piso soñando con mudarse a una casa con patio y jardín donde plantar naranjos, césped, rosales  y diversas plantas. No; no podré comprarme la casa de mis sueños, una que está en venta desde hace cuatro años.

 
 En estos casos se suele decir que no importa, que estamos bien como estamos, que lo principal es la salud, que otros necesitan más el dinero que nosotros...

 
Ayer en televisión una señora de Alcalá de Henares  que había rechazado comprar el número que ha sido agraciado y prefirió otro que no le ha dado nada, respondía a la reportera que «Era feliz sabiendo que el premio había caído en los hogares de  sus vecinos más necesitados; ella tenía sus necesidades cubiertas y se alegraba por ellos».
¡Ja,ja,ja!, permítanme que me ría.

 
Suena bien de cara al tendido, pero no deja de ser una declaración hipócrita: lo que esa señora hubiera querido, como yo y como todo el que compra un número, pues para eso lo compra, es que le hubiese tocado a ella; los demás, que se jodan.

 
Ésa es la pura realidad, lo demás es engañarse a sí mismo. Seguramente, esa pobre mujer se dio de cabezazos contra la pared cuando escuchó el número que había ganado en la radio o en la televisión. Entonces se dio cuenta del tremendo error cometido.

 
 Asegurar el futuro, recibir  a domicilio a los mejores médicos sin esperar colas de varios meses, vivir holgadamente sin temblar ante las decisiones del Gobierno, chulear a los banqueros en vez de humillarse ante ellos. Viajar a  lo sitios soñados, disfrutar de la vida y de los placeres... todo ello hubiera sido posible si mis  décimos hubieran coincidido con el número premiado con el Gordo.

 
Ya  me veía yo como  Berlusconi: sentado en el borde de la piscina de una lujosa mansión, rodeado de hermosas jóvenes posándose sobre mí como moscas hambrientas; y a mi mujer tendida en una camilla mientras un mulato  joven y musculoso, solamente vestido con una pequeña toalla a modo de falda, la cual no logra cubrir del todo su tercera pierna, se afana en darle un placentero masaje en la espalda y las nalgas.

 
Tampoco hubiera despreciado un segundo premio con el cual adquirir ese chalet de dos plantas que veo cada vez que voy a caminar por la ruta del colesterol, con 200 metros de jardín vallado, paneles solares, piscina y barbacoa. Poder contratar a una asistenta para las labores de la casa y dejar descansar a mi mujer; viajar a Sevilla en taxi para ir a  los  teatros y sala de fiestas, y  llamar por teléfono a mi mujer y decirle que se me ha hecho tarde y que debo  pernoctar en  un hotel (sin decirle, por supuesto, que  me acompaña una belleza para que me cuente cuentos para dormir y cuando tenga hambre me dé teta).

 
Incluso me hubiera venido bien un tercer premio para comprarme el dichoso chalet, aunque luego me rompiese las espaldas y las piernas cavando en el jardín para plantarle flores a mi parienta. Vendería este piso viejo y con el dinero obtenido tendría un colchón para amortiguar los pellizcos del Gobierno y de  Hacienda

 
Ya me gustaría, visto  que  nada me ha tocado, que me hubiese tocado el cuarto o quinto premios para realizar el viaje al Iguazú, esa maravilla de Argentina, donde también residen algunas de mis mejores amigas virtuales, a las cuales hace años que prometí visitar, abrazar y besar. Por ese orden.

 
Pero nada de eso ha sucedido: sigo igual de pobre que antes, peleando con el monedero para llegar al día 30 de cada mes, maldiciendo cada vez que me obligan a realizar gastos imprevistos, como la ITV; restringiendo los viajes y salidas de ocio; ocupando un piso en la última planta de un edificio en el que viven 20 vecinos, la mayoría morosos y en pleitos con la Comunidad, pues ni acuden a las asambleas ni pagan la cuota, dejando que el edificio se caiga a trozos, habiendo de  espolvorear el motor del ascensor con Viagra para que tenga fuerzas  para subir hasta la última planta. Todo ello  me impide invitar a mi casa a los amigos porque siento vergüenza de ver el estado del edificio.

 
Y, claro, viendo la situación en que viven  millones de personas en España, debería decir lo mismo que esa señora de Alcalá: «Otros lo necesitan más que yo y estoy contento de que les haya tocado»

 
¡Y un carajo! Lo que estoy es hundido, decepcionado, ¡joder! Si la Constitución dice que todos somos iguales y con los mismos derechos, ¿por qué coño no me toca a mí la lotería  y a otros sí?

 
 De alegrarme por los demás, ¡nada! Siento que la diosa de la Suerte me ha maldecido: jamás me ha regalado nada y lo poco que he conseguido lo he tenido que sudar con sangre y lágrimas; y últimamente no  me toca ni mi mujer. Ella es más conformista, más sensata, más dulce... Me dice: Cariño, no pasa nada, quizás tengamos más suerte en la del Niño...

 
¡Anda, anda...!, déjate de niños, cariño, que no está el horno para bollos ni para pestiños.

viernes, diciembre 21, 2012

LA VIDA DE PI, la película



 
Cuando hace poco más de un mes vi el trailer de la película me prometí  que no dejaría de verla. Las escenas, fantásticas; la música y los efectos especiales, extraordinarios, fuera de lo común. Verla en 3D debe ser algo maravilloso, para recordarla siempre.
 Yo la he visto en formato normal y me he quedado sorprendido, no es la película infantil  que yo me esperaba,  sino  más bien para un público en general. El comienzo sí puede catalogarse como destinada a un público infantil: docenas de diferentes  especies animales desfilan por la pantalla en un parque  paradisiaco. La razón es que  Pi Patel, el protagonista de  la historia, ha nacido en el zoológico de la ciudad de la India en la que viven, cuyo padre es el dueño.
 Más tarde, cuando el adolescente Pi Patel comienza a sentir los arañazos del primer amor, sus padres se ven obligados a abandonar el parque y trasladarse en un buque a Canadá con todos sus animales, para intentar venderlos  y comenzar una nueva vida.
 
Nadie se  imagina que en una zona del Pacífico les atrapará una terrible tormenta en la que el buque se hundirá con los padres, los hermanos de Pi y los animales. Son las escenas más impresionantes de la película, el espectador siente una mezcla de pánico, piedad y dolor ante los vanos esfuerzos de los náufragos por sobrevivir.
 

 Al final, y  gracias a una barcaza, sólo se salvarán dos seres:  Pi y un tigre de bengala. Ambos se disputarán la canoa salvavidas.
 




 Hay momentos en que sufrí verdaderamente con ellos al ver su lucha por la supervivencia, estando ambos solos en el océano, sufriendo el sol, el hambre y las tormentas.

 El instinto hará que ambos se ayuden el uno al otro porque se necesitan para salvarse de las terribles amenazas del mar; pero luego, ya al final, cuando ambos llegan a la costa, el tigre se marcha y lo deja solo sin siquiera mirar atrás.

 El chico es muy creyente y habla mucho de Dios, a quien lo mismo reza que recrimina el duro castigo al que le ha sometido. Para un no creyente esta puede ser la cara mala de la película: al principio, demasiada religión y demasiadas  explicaciones. Yo hubiera preferido más imágenes y menos monólogo.

Aparte de eso, todo en  la película es genial: La banda sonora, la fotografía, la historia, la interpretación, la magia del cine que hace posible lo imposible.

 Si podéis verla, no dudéis en hacerlo, yo os la recomiendo.

 Del 1 al 10, yo le pondría un 7
 

TENGO MIS DUDAS







Mientras ayer caminaba por las calles de Cádiz, me preguntaba si valía la pena dedicar tanto tiempo a  remar en la barca de los sueños cuando ésta hace aguas, a cultivar la amistad cuando sientes una daga en la espalda,  a intentar hacer reír a otros cuando la pena humilla mi ánimo y embarga mi alma...

Tal vez yo tenga la culpa por no saber expresar lo que siento, por creer en lo imposible, por soñar despierto, por confundir amistad con deseo y amor con sexo, por pensar con los genitales en vez de usar el cerebro... Duele ver cómo las flores hermosas que alegran la casa se mueren si no se riegan y también se vuelven mustias  por exceso de agua

El término medio es lo justo, ni mucha ni poca —dice una voz en mi interior muy bajito—: saber decir lo apropiado en el momento preciso, sonreír sin mostrar los dientes, ser amable pero no efusivo, estar atento a sus necesidades... ése es el secreto del buen amigo.

O del buen funcionario, ¿no?, y en eso me convertiré si hago caso de esa vocecita de mierda que me martillea el cerebro. ¡No te digo!  

De todos es sabido que si no juegas no te toca, si no arriesgas no ganas, si no hablas no te  oyen, si no escribes no te leen, si no....  Y sin embargo, por si acaso sucediera lo que dicen que anunciaron los Mayas y aquel fuera muestro último día, a mi amiga del alma  yo sólo le dije "Te quiero, estoy por tus huesos, y te comería a besos" ¡Y se ha molestado, joder! Me miró de arriba abajo (o de bajo arriba,  a su gusto lo dejo), con sus grandes ojos color miel, y me ha dicho: "Vete  a Cáritas, que allí ayudan a los viejos y a los  hambrientos", y después salió corriendo. 
¿En qué quedamos? ¿Debo comportarme con ella como un funcionario aunque no cobre la paga extra? ¡Puta vida ésta!

martes, diciembre 18, 2012

«EL DÍA QUE JESÚS NO QUERÍA NACER»,




 En estas fechas,  marcadas  en el calendario natural por el  florecimiento del Cactus de Navidad, casi todas las actividades culturales de mi pueblo están centradas  en la Navidad: Concursos de belenes, de villancicos, exposiciones, obras de teatro, lecturas de cuentos...
 



Ayer fui con mi esposa a ver los ornamentos de las calles: se nota la crisis de las arcas municipales por los recortes en iluminación. Luego, asistimos por segundo año consecutivo a la representación de la obra de Antonio García Barbeito  «El día que Jesús no quería nacer»,  pieza teatral que en estas fechas se ofrece en varios lugares de España y del extranjero.


En la representación de anoche, celebrada esta año en la iglesia de san Joaquín, de El Puerto de Santa María,  vimos a nuestro amigo Martín Delgado, el maestro jubilado que presenté en una  entrada reciente cantando villancicos en el Bar Andalucía, dirigir la obra haciendo el papel de narrador. Gran papel este, pues en este caso no solo conlleva narrar la historia sino también  canta.
Al finalizar, Martín Delgado y su amigo cantaron unos villancicos
 


Hacer un video con un teléfono móvil a más de treinta metros de distancia está condenado al fracaso. si le das al zoom la imagen  sale borrosa ; pero al menos el sonido se escucha bien.
 
 Los actores son voluntarios y miembros de un taller de lectura que leyeron el cuento y tras muchos ensayos lo han recreado en el escenario.

El argumento es el siguiente:

  Un ángel, perdido en una caja entre las piezas de un belén, va anunciando a los otros personajes del nacimiento que Jesús no nacerá porque el mundo está lleno de odio, envidia, avaricia…, pero el ángel queda mudo cuando entiende que si no nace el Niño no será posible ni la paz, ni la alegría ni la libertad.

Ángel:

¡Cómo va a nacer Dios! ¿No veis la gangrena de la

maldad, vestida de perfumes, cómo devora la carne del

hombre? ¿O es que acaso no llevamos veinte siglos

cerrándole las puertas a la Alegría que quiere quedarse

con nosotros? ¿De qué os extrañáis? Si no sois capaces

de mirar a los que tenéis cerca, ¿seríais capaces de

reconocerlo a Él? ¡No, no nacerá Jesús!

¡Reyes, majestades, desandad el camino, que

vuestros pajes tomen la reata de vuestros camellos.

Emprended la vuelta. Jesús no nacerá, sabedlo!

 
En youtube  he encontrado  la obra teatral en dos partes


 

 
 
El texto completo lo podéis leer en este enlace:


 

jueves, diciembre 13, 2012

¡UF, QUÉ SUSTO!


Últimamente, mi mujer ni hace ganchillo ni lee novelas, me tiene un poco abandonado y  me deja solito en casa... ¡Con el miedo que yo le tengo a la Soledad!, una vecina descarada y  muy gruesa que cuando me ve  se pone en jarras mirándome descarada con el cigarro en la boca y echando humo por la nariz y por el lado derecho de la boca.

Ayer  seguí  a mi mujer disfrazado de funcionario viejo, con cara de no haber cobrado la paga extra. Quería saber adónde iba cuando salía de casa y con quién me ponía las astas

La vi mirar su reloj en la plaza y dirigirse a la puerta de una planta baja que estaba encajada. La empujó y entró sin mirar atrás.

Avancé unos metros pegado a la pared, quise doblar la esquina sin que ella me descubriera, pero me di cuenta de que la esquina ya estaba doblada de antes de que yo llegara y no hubo más remedio que salir a pecho descubierto. Me dirigí a la puerta del local en que  había entrado y la empujé despacito para no hacer ruido. Lo que descubrí me dejó pasmado: un grupo de mujeres riendo y cantando, mientras daban buena cuenta de unos platos de  pestiños y chuches.

 ¡Uf! –exclamé, respirando hondo y tocándome la frente en el lugar donde los cuernos crecen incipientemente–, por esta vez me he librado, mi mujer me quiere, no es lo que yo había pensado. Ella solo estaba con sus amigas pasando un buen rato. ¡Y yo  que pensaba que me había traicionado!  Sonreí de oreja a oreja y me fui al bar a beberme unas cervezas. Y como para calmar mi conciencia por haber desconfiado de ella, me puse a tararear  la canción que dice: "El que tenga un amor, que lo cuide, que lo cuide..."

 Y es que el pasado verano mi Carmen se hizo socia de la Asociación de Mujeres « Los geranios», y cada tarde se va a pasar un rato con sus amigas y me deja solo con el canario y las ninfas.





martes, diciembre 11, 2012

UN EMIGRANTE ESPAÑOL EN SUDÁFRICA

SUDÁFRICA

Hace 32 años....

 Los primeros días de diciembre de 1980 los pasé inmerso en un mar de dudas, ansiedad y, al mismo tiempo, de  esperanza. La situación laboral en España iba de mal en peor, el  paro llegaba al medio millón de afiliados a la Seguridad Social y el futuro no presagiaba nada bueno. El panorama político era peor: los grupos fascistas civiles y militares no aceptaban la Democracia y desde el nacimiento de ésta se escucharon ruidos de sables y se cometieron asesinatos, como el de los abogados de atocha.

 Yo era un desempleado más, y llevaba 6 meses en mi casa. Había trabajado para Iberdrola en la construcción de la Central Nuclear de Cofrentes y  estaba a la espera de que la empresa me llamase para trabajar en otra central; pero la ETA estaba impidiendo que entrara en funcionamiento la Central de Lemonix a base de sabotajes y asesinatos de obreros (La central nuclear de Lemonix se inició en 1972 y era la primera de un ambicioso proyecto nuclear vasco que incluía cuatro centrales: Lemonix, Deva, Tudela e Ispaster), las compañías eléctricas y el Gobierno no se ponían de acuerdo en si debían de continuar con el Plan Energético Nacional o postergarlo, y las empresas constructoras se vieron obligadas a despedir al personal.

Fue entonces que apareció en Madrid un ingeniero de PREA, una empresa inglesa que buscaba personal altamente cualificado para construir una planta petroquímica en Sudáfrica. El sueldo era alto: 3 millones anuales de pesetas de las de entonces (180, 000 euros), incentivos aparte, y todos los gatos de viaje, manutención y alojamiento pagados, incluido un viaje a España cada seis meses. Cada seis meses recibíamos una gratificación extra de 300 mil pesetas (1800 euros) por cumplimiento de contrato. La oferta era tentadora, y como mi anterior  empresa  no  daba señales de vida, me decidí a ir.

Previamente debía aprobar un examen teórico práctico para demostrar mi capacitación

Para ello debía acudir al Instituto Politécnico «Virgen de la Paloma», en Madrid. Una vez realizado satisfactoriamente el examen, el Lloyds Register me entregó un certificado de homologación internacional que me declaraba apto para realizar el trabajo para el que se me contrataba. Luego hube de sacar el pasaporte y un visado en la Embajada de Sudáfrica. Fue después del Día de Reyes de 1981 que, finalmente, acudí a la oficina de la empresa inglesa en la calle Padre Damián, detrás del estadio Santiago Bernabeu, para firmar el contrato y recoger el billete de avión. Conmigo viajarían 60 trabajadores más.

Yo no había subido nunca en avión y al hacerlo aquel día frío, 9 de enero de 1981, sentí un poco de ansiedad. Me senté junto a un matrimonio portugués que a los pocos minutos me dijo residía en Johannesburgo, tras haber abandonado sus propiedades en Malawi acuciado por los fusiles de unos niños-soldados.

Salimos  a las seis de la tarde, ya estaba oscuro. A las siete nos trajeron la cena; luego proyectaron la película de Xanadú y al poco aterrizamos en Kinsasa para repostar. Para entonces ya me había habituado al avión y paseaba por el pasillo para charlar con mis compañeros de empresa.

Estaba amaneciendo cuando llegamos a Johannesburgo. Pasamos en fila ante los guardias, y éstos nos dieron unos impresos para rellenar, nos revisaron nuestras maletas y requisaron todas las revistas tipo Interviú, porque  presentaban desnudos. Dos horas más tarde, rodábamos en autocar en dirección a Secunda, en la provincia de  Transvaal, en busca de la refinería Sasol.

Al llegar nos reunieron en un gran salón donde un español nos traducía  el mensaje del director del holding americano que dirigía los trabajos, y el discurso del oficial militar sudafricano, responsable de la Seguridad en la Refinería: Prohibido hablar con negros y mestizos si no era para ordenar alguna cosa; nada de confraternizar ni expresiones amistosas. Prohibido ir sin el documento de identidad con foto  muy visible colgado en el pecho. Debíamos firmar un documento exonerando de responsabilidad a la empresa cada vez que se abandonara la protección del  campamento para ir a visitar pueblos y ciudades.

Bajo penas de expulsión del país, estaba  prohibido expresar opiniones políticas contrarias al Apartheid; prohibidas las huelgas. Debíamos mentalizarnos de que  veníamos a trabajar, no a cambiar el mundo.

 Después del discurso, nos mostraron nuestros alojamientos en barracones de una sola planta alineados en una parcela ajardinada y con zonas deportivas: campo de futbito, cancha de baloncesto, piscina y tenis. Cada barracón tenía un pasillo central y a un lado una fila de diez  habitaciones dobles con aire acondicionado y calefacción, bastante confortables, y al otro, los cuartos comunes del baño, duchas y gimnasio. Frente a los barracones había unos pequeños chalecitos adosados para los jefes y técnicos. Me tocó un gallego de Orense por compañero de bungalow. Se nota que no había salido nunca de la familia, porque aquella misma noche se la pasó llorando y diciendo que quería regresar a España.

La primera sorpresa que tuve fue constatar que allí no oscurecía nunca: una antorcha de más de trescientos metros de altura, ubicada a un kilómetro dentro de los terrenos de la factoría,  lanzaba una llama enorme e iluminaba un radio de tres kms como si fuese de día, por lo que tuvimos que vivir siempre con la persiana echadas y las ventana cerradas para amortiguar el intenso olor a gasolina y gases quemados que inundaba el campamento. La luz de la antorcha podía verse de noche a sesenta kms del campamento.

A las cinco de la mañana daban el desayuno, y a las seis salían los camiones para llevarnos hasta el pie de obra, ubicado a cinco kms del campamento. Pero antes de entrar en la refinería, debíamos pasar un control militar.

La segunda sorpresa  fue el horario de comidas: a las cinco de la mañana servían una comida fuerte, lo que en España se come al medio día; a las doce se paraba el trabajo (una tradición inglesa sagrada: la hora del té) para tomar un aperitivo con un dulce y una fruta; y a las seis de la tarde comenzaban a servir la cena. Salíamos del comedor aún medio dormidos con una bolsa que conetnía una pieza de fruta, un dulce y una pequeña lata de conservas. Los ingleses se habían provisto de un termo y se llevaban su té para la jornada.

 Un español perspicaz, que había pedido la cuenta y se había quedado a vivir en un carromato con una mujer sudafricana, bellísima, abandonando a su familia en España, tuvo la feliz idea de ponerse a vender bocadillos  de tortillas de patatas a dos Rands a la puerta del campamento, y en un rato ganaba lo que nosotros en todo el día, pues a casi ninguno de nosotros agradaba la comida inglesa aunque fuese gratis (le echaban mermelada a la carne a la brasa, y la guarnición de guisantes tenía picante para exportar a todo un continente) y preferíamos comprar bocadillos de tortilla de patatas, de atún o chorizo.

El camión que nos conducía hasta el tajo avanzaba por una carretera gris de tierra apisonada mezclada con cemento y se detenía en la entrada de la refinería. Esta tenía el aspecto de un campo de concentración: Un puesto de guardia en el que una docena de militares apuntaban con sus armas al camión mientras un oficial se plantaba delante con el brazo alzado y gritando  de tal forma  que posiblemente mi familia lo oyera desde Valencia. Mientras el oficial pedía los permisos al conductor los soldados nos obligaban a saltar al suelo y a ponernos en fila para revisar nuestros documentos uno a uno.

No sé si era intencionadamente o casualidad, pero donde el camión se detenía siempre había un hoyo lleno de agua y al saltar nosotros nos poníamos empapados hasta las rodillas. Un encargado protestó un día y le llevaron a empujones adentro del cuartelillo y ya no lo volvimos a ver más.

Aquella noche hicimos una asamblea en el campamento y pedimos a la empresa información sobre el compañero y amenazamos con no volver a trabajar si no aparecía. Entonces nos dijeron que lo habían enviado a España por insultar a los soldados. Un compañero de Bilbao tomó la palabra y convenció a todos para no acudir a trabajar y regresar a España. La dirección de la empresa acudió muy preocupada por el cariz que estaban tomando las cosas, nos dijo que los soldados cumplían con su deber pues se había producido atentados terroristas en la refinería antes de nuestra llegada, y precisamente por eso el Gobierno había traído mano de obra especializada extranjera: no se fiaba de los nativos. También nos recordó el discurso que todos aceptamos a la llegada: No meterse en política; obedecer y ocuparse de realizar el trabajo para regresar a casa cuanto antes con el contrato ganado. Desde aquel día cambiaron el camión por unas furgonetas en las que íbamos sólo los españoles. Pero en el control, debíamos descender del vehículo para pasar revista.

Llegados al lugar de trabajo, nos quedábamos asombrados ante la cantidad de obras que se realizaban al mismo tiempo: una central termoeléctrica, la refinería, la planta de residuos químicos y una gruesa tubería que llevaba el combustible producido hasta los enormes depósitos en que lo guardaban y distribuían a todo el país. Se calculaba en veinticuatro mil personas las que trabajaban en el proyecto Sasol. Yo estaba con el grupo del gaseoducto principal.

Como no tenían petróleo y sufrían el bloqueo de los países democráticos, el Gobierno sudafricano estaba usando la tecnología alemana del tercer Reich: Extraer petróleo del carbón, un mineral que parecía inacabable en el país.

 El carbón salía de la boca de la mina por una cinta transportadora que se elevaba en el aire y lo dejaba caer en los depósitos de una central química, donde por medio del empleo del calor y condensación de gases hacia destilar el precioso líquido negro, que luego era refinado y conducido hasta las gasolineras distribuidas por todo el territorio. Como la producción no era suficiente para alimentar los vehículos de una nación en la que dos millones de blancos vivían en un paraíso rodeado de cuatro millones de negros, y todos aquéllos poseían motos y coches lujosos y maquinaria agrícola, se racionaba el carburante: los fines de semana no habrían las gasolineras.

Ante nuestros asombrados ojos se abría una extensa llanura que cubría la distancia   entre Johannesburgo y Secunda. A un lado y otro de la carretera  aparecían numerosas plantaciones de  ananás y grandes granjas de  vacas y avestruces. Cientos de cuadrillas de mujeres negras, con las cabezas cubiertas con pañuelos coloridos, se inclinaban sobre las matas  vigiladas por el capataz. Por la carretera nos cruzábamos con centenares de personas que se desplazaban corriendo por la cuneta. Una pequeña aldea había crecido en torno al campamento. En ella vivían los técnicos sudafricanos que trabajaban en la refinería antigua; los trabajadores autóctonos de la nueva sección que venían buscando trabajo procedentes de otras provincias,  se  traían sus caravanas y vivían en ellas apiñados en un camping cercano.



En los meses siguientes conocería una vida de lujos, injusticias sociales, crueldad, sometimiento, explotación y miedo que minarían mis creencias y la esperanza en el Hombre.

sábado, diciembre 08, 2012

¡MARAVILLOSO INTERNET!

El Internet es un medio maravilloso para adquirir información, publicar nuestros textos, para comunicarse, conocer gente y hacer amigos.

Ha sido gracias a Internet que en los dos últimos años  he podido asistir y participar en encuentros culturales organizados por grupos de internautas amantes de la poesía. También ha sido Internet quien ha hecho posible que conociera en persona a seres virtuales entrañables, cuya desbordante alegría, sinceridad y empatía han tejido una fuerte y estrecha amistad entre ambas familias. De esa manera he conocido a la familia Antonio Porras y Loli, a la de Nelo en Valencia, a Conchi y Pepe en El Gastor, a la de Xary Cano, y a la familia Esteban de Miguel y Mercedes Dueñas.

El pasado miércoles, Mercedes me dijo que iba a estar unos días desconectada de Internet porque se iba a pasar unos días a casa de su madre, en Andujar, para recoger los pomelos de su jardín. Añadió que si yo quería pomelos tenía que ir a ayudar a recogerlos y que luego nos invitaría a comer a un sitio muy bueno del centro de la ciudad.

Y le tomé la palabra.
Pero como soy muy considerado y responsable no quise abusar de mi presencia y me presenté en su casa al día siguiente a las dos de la tarde, cuando calculé que ya habían terminado de recoger los frutos del pomelo: ¡11 bolsas de 15 kilos cada una: 165 kilos de fruta de un solo árbol!





Y nos fuimos a comer a uno de los mejores sitios de Andujar: Cafetería Memphis, que se halla en la avenida 12 de agosto, nº 20.
En ningún lugar de Andalucía he comido el rabo de toro tan exquisito como lo preparan allí. Pero es que, además, pides una cerveza y la tapa que te ponen es tan grande, que si repites ya estás lleno.
Lo pasamos tan bien y nos gustó tanto lo que comimos, que luego volvimos a cenar y lo pasamos realmente bien con muchas risas, mucho brindis y mucha alegría.


 





Al día siguiente amaneció lloviendo y se truncó la visita a la ciudad; pero sí pude conocer una de las singularidades de Andujar: El Mercado de Abastos.
El Mercado de Abastos de Andujar, antigua plaza de toros, es circular y fue recientemente reformado. La sección central está dedicada a las flores y plantas, las cuales  mantienen todo su esplendor gracias a la luz que le proporciona la cúpula diáfana que ocupa el centro del edificio.









Pero al decir antes lo de singular me refería a la costumbre de almorzar en el mismo mercado. La gente compra lo que desea comer y se lo entrega al dueño del bar. Luego se sientan en una de las mesas y mientras esperan piden algo para beber: refrescos, bebidas alcohólicas, café o caldo de cocido. Varias mesas estaban ya ocupadas, pero encontramos una libre y nos sentamos.
Como hacía frío pedimos unas tazas de caldo de puchero, y a los pocos minutos comenzaron a llegar los platos que habíamos encargado: sardinas asadas, chuletas de cordero, morcillas y chorizos a la brasa.
 





Por el pasillo central pululaban vendedores de objetos y ropas, pero también indigentes que se acercaban a las mesas pidiendo. Incluso un hombre bien vestido y obeso, que miraba lo que comían en las mesas y  pedía que lo dejaran probarlo. Una y otra vez. En una y otra mesa. Se tragaba la morcilla entera y se iba a otra mesa a pedir algo. Era digno de fotografiar, pero por respeto no lo hice. Creo que estaba enfermo, y me temo que algún día caiga reventado en medio del Mercado.

 

 La virgen Santa Mercedes Dueñas.

Otra cosa que me dejó estupefacto es el arte que tienen algunos para vender. Siempre me han dicho que un buen representante es  capaz de venderle arena a un árabe en el desierto, pero el caso al que asistí en el Mercado de Andujar no se me olvidará:

Estábamos tranquilamente degustando las sardinas recien asadas cuando vemos acercarse a un hombre con los brazos abiertos y sonriendo. Miraba a Mercedes y decía:
"¡Qué alegría, mujer, encontrarte de nuevo, cuánto tiempo si verte!"
 Se fue hacia ella y le estampó un par de besos, reiterando la alegría que sentía de volver a verla mientras ella trataba de recordar cuándo fue la última vez que le compró a aquel hombre.
Al final el hombre consiguió venderle media docena de paquetes de calcetines, cada uno conteniendo media docena de pares. Y además, un café calentito.


Entre el vendedor que se ganaba honestamente y con arte la vida, y el gordo y tragón que nos quería quitar las costillitas de cordero asadas, nos parecíamos a San Francisco de Asís, que  atraía y llamaba hermanos hasta a los animalitos.
  También tuvimos el placer de conocer a la madre de Mercedes, la señora María Ballesteros, una encantadora octogenaria amante de la lectura (tiene las paredes del salón recubiertos de colecciones de libros del Círculo de Lectores) y cuyas delicadas manos crearon valiosas joyas de artesanía manejando magistralmente las agujas en labores de punto en cruz y de lana. Carmen y ella simpatizaron al instante y se intercambiaron consejos y muestras de punto de ganchillo.




Obras de arte realizadas en punto de cruz por María Ballesteros



En fin, que el Día de la Constitución de este año no lo recordaré  por lo que significa ese día: la Carta Magna no se ha revelado como lo que la inmensa mayoría de los españoles esperábamos de ella, ni garantiza los derechos que en ella se estipula. Al amparo de la Constitución, la clase política se ha comportado como lo que verdaderamente es: una jauría de vividores y corruptos que se ha enriquecido y cubierto sus espaldas con injustificables privilegios, mientras ha arruinado el futuro y las esperanzas de varias generaciones de jóvenes y ha extirpado los derechos adquiridos tras décadas de lucha de sus mayores.

 No, nada que ver con la Constitución. El día 6 de diciembre lo recordaré como uno de los encuentros entre amigos más felices de los últimos años. Y, además, me traje dos bolsas de pomelos. Me vienen de perlas, pues yo acostumbro a tomarme el zumo de uno cada mañana en ayunas: previenen muchas enfermedades, aportan mucha vitamina C y son buenos para adelgazar.