miércoles, julio 23, 2014

FRAGMENTO DEL RELATO "EL TÚNEL DEL INFIERNO", DEL LIBRO "CASTILLO VIEJO"



......
   La noche no tardaría en llegar. Miré hacia atrás  y vi a lo lejos a mis perseguidores. Me metí entre las encinas y traté de despistarles. Patricia cerró un poco más su abrazo alrededor de mi  cintura y agachó la cabeza para evitar las ramas de los árboles. Los tres jinetes moros iban ganando terreno y yo intentaba encontrar una salida a nuestro problema antes de que aquéllos nos alcanzaran. A lo lejos se divisaba el castillo del Señor de Montanchez, edificado en la cima de una montaña escarpada. De pronto vi a mi izquierda en una ladera del monte una construcción visigoda, una iglesia-fortaleza en medio de una huerta de árboles frutales y hortalizas. Unos monjes estaban recogiendo  un rebaño de cabras y las introducían en un corral vallado.
   Corrimos hacia el convento dando gritos y pidiendo auxilio; los monjes se detuvieron,  asustados, al vernos llegar tan apresurados y gritando.
  –¡Por favor, ayúdennos! Nos persiguen unos sarracenos para matarnos. Están ya cerca; no tardarán.
  –¡Entrad, entrad! ¡Rápido!-dijo un monje- Luego nos explicaréis…
  Bajamos del caballo y entramos en la ermita; uno de los frailes cogió la brida del animal y se lo llevó a una caballeriza situada en la parte posterior; el otro nos condujo ante el padre Prior.
  – ¿Quiénes sois?-preguntó el Prior-¿Qué queréis?
  – Piedad, Señor. Somos cristianos y deseamos casarnos; pero un moro intentó forzar a mi novia y no tuve más remedio que matarlo. Ahora nos persiguen unos cuantos de los suyos… Están cerca, como a media legua – le respondí.
     – Está bien;  quitaos esas ropas  y que os den hábitos. Ella que vaya a esconderse tras el altar: allí no entran los moros. Trataremos de arreglar este asunto.
Poco después oímos  el trote de caballos y los gritos de los árabes, que llegaron a las puertas del santuario y comenzaron a gritar llamando a los frailes. Los  caballos se elevaban sobre sus cuartos traseros y relinchaban; los jinetes blandían sus cimitarras, mientras vociferaban amenazas hacia el convento. El Prior salió a recibirles y tras una leve inclinación de cabeza, preguntó:
  – ¿Qué sucede? ¿Por qué esos gritos?
  – Venimos persiguiendo a un asesino que ha matado a nuestro jefe y raptado a su esposa preferida. Se ha escondido aquí, lo sabemos, y si no nos lo entregáis arrasaremos el lugar. No dejaremos una sola piedra en pie. Es de noche ya… Mañana, al salir el Sol, queremos que esté aquí mismo para darle su merecido; si no está, moriréis todos y prenderemos fuego al edificio.


   El bereber hincó la espuela en el costado del caballo, que dio un salto elevándose sobre sus patas traseras y giró hacia el bosque de encinas y olivos que rodeaban la ermita. Los otros, tras echar una mirada de odio al monje y apuntarle con sus espadas, le siguieron.

 El Prior se santiguó y entró en el convento, cerrando las gruesas puertas tras de sí. Luego se arrodilló ante el altar de la capilla y rezó durante unos minutos. Lo vi preocupado, angustiado por lo que podía suceder al día siguiente. Era normal, vivíamos una situación límite. Desde el comienzo de la invasión, el conquistador árabe, General Muza, había prometido respeto para todos los creyentes, sea cual fuere su religión, y hasta ese día se habían respetado entre ellos los árabes, judíos y cristianos. Pero todos sabíamos de la crueldad que mostraban para los insurgentes, ladrones y asesinos… El  Prior tenía un caso difícil que resolver aquella misma noche:

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