martes, septiembre 20, 2016

LA BOTELLA DE CAVA




Desde el día de la Virgen del Carmen tenía en la nevera una botella de cava valenciano de buena relación precio- calidad. Cuesta en torno a los seis euros, igual que el Freixenet que venden por millares en Carrefour en las navidades, y es incluso mejor que aquél. Yo no compro cava catalán ni otros productos: si no quieren ser españoles que se lo coman y  beban ellos.
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Aquél día la puse esperando que viniesen mi hijo y nuera a comer y celebrar el santo de Carmen; pero nadie acudió a casa.
Y desde entonces cada día al abrir el frigorífico veía la botella.
Hoy me vino a la mente la parábola del Gran Maestro en la que cuenta que un rey invito a muchos nobles a un banquete de bodas y todos se excusaron. Entonces mandó a sus siervos a recoger a todo indigente que encontrase y los sentara a la mesa. Y así dieron cuenta del banquete. (Evangelio S.Mateo  22: 1 - 14)

Yo no he llamado a nadie, simplemente he abierto la botella y me la estoy bebiendo con mucha alegría en la comida y después en la sobremesa.
                                                                                                             No se extrañen, que yo he viajado mucho y eso también es Cultura.
En Cava la gente bebe cava en las comidas y en los bares. Saben que con solo las exportaciones navideñas de botellas no es suficiente para progresar y, como aman a su pueblo y los beneficios del pueblo revierten en ellos, consumen su cava a todas horas.

Los catalanes son muy diferentes a otras comunidades. Los andaluces, por ejemplo, somos los más grandes productores de vino y brandy. Y en vez de consumir para que florezcan las bodegas y haya más trabajo  pedimos cubatas de ron con cola  o whisky con sevenap, enriqueciendo a americanos, ingleses, escoceses y cubanos en vez de a nuestros bodegueros, que son los que nos  dan trabajo.  
Si uno se da una vuelta por el pueblo ve una gran cantidad de edificios en ruina y abandonados, son bodegas que siempre han sido pioneras en la exportación y consumo de vinos.

La elaboración del vino conlleva mucho trabajo desde que se planta la cepa: la poda, el labrado de la tierra, la vendimia y el llenado de los barriles. Luego están las plantas embotelladoras, las imprentas que hacen las etiquetas, las fábricas de tapones, os transportistas y distribuidores, y, finalmente, el camarero que sirve el vino en el bar o en el hotel.

 Todo eso se hacía en El Puerto hasta finales de los años 70. Luego comenzó a notarse el cambio en las costumbres sociales de  la gente, que en vez de un vino fino de jerez  pedían un cubata o una copa de wiski con hielo.
Ya no se apunta gente para la vendimia ni contratan luego a más gente en las bodegas. Todo lo hacen las plantillas fijas que les quedan y algún inmigrante no muy exigente.

Desde hace treinta años vivo en esta ciudad, y sé que existe una bolsa permanente de parados que fluctúa de 11 a 13 mil personas. Lo peor es que muchos parados cuando van al bar piden un cubata o un cortito en vez de apoyar el producto de su tierra.
Así nos va.

 Catalunya ha sido siempre diferente a nosotros. En todo.
 Es una referencia mundial en las diferentes ramas de la Cultura: Editoriales, premios literarios, venta de libros, música, teatros, cine, deportes... Su gastronomía, sus viticultura, su folklore, sus fiestas, su afán ahorrador e inversor, su amor por "la Pela"... Pero dejando aparte a una minoría de exaltados independentistas — que acabarán arruinando  a su país, y que ya está provocando el malestar y el boicot de cientos de miles de  españoles—, el resto es gente amable, trabajadora y emprendedora que ama a su tierra. 

Yo he trabajado varios meses con catalanes y son personas extraordinarias. Lástima que no se manifiesten en contra de lo que el millón de independentistas exaltados exigen en las calles. Un millón de ocho millones de habitantes no son mayoría. Si los otros siete millones salieran a la calle, otro gallo cantaría.

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