miércoles, octubre 26, 2016

LA SEXTA FLOTA

foto del Diario Sur


Sucedió un día durante el curso escolar 1957–1958.
 Málaga se levantó alarmada: enfrente del puerto de la ciudad  se divisaban los buques de la Sexta Flota Americana. Dado que el portaaviones no podía entrar en el puerto por falta de calado, permanecía en el horizonte rodeado de los barcos de guerra. Los marines llegaban en oleadas  al muelle en lanchas, y en poco tiempo las calles de Málaga se vieron copadas por uniformes blancos de los marineros.

Al regresar el domingo al internado de la Escuela de Formación Profesional, sobre las diez de la noche como estaba ordenado, vi el Paseo de los Martiricos  colmado de marineros fornicando con  mujeres apoyadas en los gruesos troncos de los eucaliptos. En clase no se hablaba de otra cosa y por las noches nos asomábamos a las rejas de la entrada a la escuela para ver las parejas en plena faena.
El domingo se organizó un partido de fútbol entre la Sexta Flota y el Málaga C.F, que figuraba en segunda división. Ganaron los malagueños. En el descanso salió un malabarista que le dio dos vueltas al campo tocando el balón con los pies, la cabeza y los hombros sin que la bola tocara el suelo, finalizando su actuación empalmando un chut desde medio campo que entró por el centro de la portería.

Los marines permanecieron en la ciudad una semana y cuando zarparon rumbo al Medio Oriente una gran multitud fue a despedirlos al puerto.
El diario Sur informaba a los pocos días del preocupante aumento de las enfermedades venéreas  en la ciudad. Los marines habían dejado en Málaga sus dólares; pero también su veneno.

Veinticuatro años más tarde, me encontré a los marines americanos de la Séptima Flota en Swazilandia, un pequeño paraíso que ofrecía de todo lo que un turista necesitara: Casinos, hoteles, discotecas, tiendas de ropa, armas, diamantes, mujeres, muchas mujeres jóvenes y guapas que se agarraban a pares a tu brazo al bajar del autobús y ya no te dejaban.
 Habíamos ido trescientos españoles a liberarnos durante un fin de semana del estrés del trabajo y el yugo del Apatheid, decididos a disfrutar al máximo de las bondades que ofrecía el pequeño reino.


A la vuelta, dos tercios de los españoles que fuimos presentaban síntomas de estar contagiados. La mayoría no fue gran cosa y con antibióticos se curaron; pero hubo casos de Chancro blando. Ésos aún estaban de baja laboral (sin cobrar sus salarios) cuando yo regresé a España cuatro meses más tarde. No subieron al avión que nos traía de regreso a casa. Se quedaron en Sudáfrica porque no osaban enfrentarse a sus esposas ni a llevar la enfermedad a sus hogares.



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