lunes, diciembre 12, 2016

ÁNGELES


ÁNGELES

Ángeles se fue de su tierra una mañana ventosa de diciembre del año 1972. Recuerdo que aquel día había dejado de llover y el sol se estrellaba contra los muros de piedra y arcilla color tierra de Jalance, un perdido pueblo de Valencia, y ella, una chica esbelta, de unos treinta años, pelirroja y pecosa, con el cabello recogido detrás con una trenza, se dirigía andando por en medio de la calle, cenagosa y llena de charcos, a la parada del coche de línea. Iba  cargada con una maleta de madera, de las que usaban los quintos.
"Otra criatura que se marcha", pensé.
Cuando pasó delante de mi casa, salí a su encuentro y me ofrecí a  llevarle el equipaje.

Al llegar al cruce de la carretera Ángeles se giró a dar su última mirada al pueblo que la vio nacer, el mismo en que habían nacido sus padres, sus abuelos y bisabuelos, y que poco a poco se había quedado muerto, sin trabajo, sin comercios, sin niños en la escuela y sin maestros. 
Intuyo que estaba harta de trabajar en la taberna, y de ser el colchón de su jefe, un bocazas que alardeaba ante los señoritos que frecuentaban su bar de haberse beneficiado a las chicas  más guapas del pueblo.

La joven se acarició el vientre mientras de sus ojos marrones pugnaban por salir unas lágrimas. Yo la observaba en silencio. Creo que estaba embarazada.
Ella seguía mirando al pueblo, a la calle por donde habíamos venido, donde destacaba un cartel vertical del Bar Vicente.

— ¡Hijo de puta!, ojala se te caiga la carne a trozos– murmuró.

A un centenar de metros apareció el  coche de línea y Ángeles aferró su maleta y se despidió de mí.

— ¿Qué te ha pasado, hija, adonde vas?— inquirí con el alma por los suelos.

— Al fin del mundo. 



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