lunes, marzo 27, 2017

LA VIRGEN DE LA CABEZA




 Corría el año 1983. No lograba encontrar trabajo. Llevaba tiempo enviando currículos y  llamando por teléfono a empresas del Montaje, cuando una de ellas, MONCASA, con la que había trabajado en la Central Nuclear de Cofrentes antes de irme a Sudáfrica,  me llamó para realizar una reparación en la fabrica de cementos de Puente Nuevo, Córdoba: Cambiar los quemadores y reforzar las toberas  que conducían las llamas con planchas de acero con alto contenido de tungsteno.
Era un trabajo malísimo, a realizar dentro de unos silos que contenían  ceniza. Al caminar nos hundíamos en ella  hasta las rodillas y no podíamos respirar a pesar de las mascarillas, pues la ceniza flotaba en el ambiente.
 La empresa nos llevaba al lugar de trabajo en un autocar, que salía de enfrente de la estación de Renfe de Córdoba a las seis de la mañana y tardaba una hora en realizar el trayecto. Por la tarde nos traía de vuelta a Córdoba.
Al principio me hospedaba en el Hotel Alaquen II, muy cerca de la Estación. Ocupaba una habitación individual, sin baño. La ducha había que pagarla aparte. Permanecí tres o cuatro días allí, hasta que encontré una habitación en una casa particular a media pensión.
 La casa tenía su misterio, por eso creo interesante contar esta experiencia:
Al entrar notaba un fuerte olor a velas e incienso, al igual que una iglesia. El olor salía de una habitación que casi siempre permanecía cerrada, y sólo cuando alguna persona acudía a visitar a "La Señora" se abría durante unos segundos para permitir la entrada, el tiempo justo para que yo vislumbrase el interior: una sala con docenas de velas encendidas ante  imágenes de santos, un incensario despidiendo humo colgado del muro y  muchos jarrones con flores.
Nunca pregunté nada, consciente de que si la dueña no me daba explicaciones era porque no me importaba.
Por las noches cenaba con ella y dos inquilinos más  en el comedor. Comida casera normal pero muy rica. Ella la hacía para su familia, simplemente añadía más cantidad para que hubiese para nosotros.
La dueña ganaba dinero y nosotros también, pues antes yo cenaba bocadillos o tapeaba cualquier cosa, lo cual resultaba más caro, menos nutritivo y peor comida.
Al cabo de dos meses, realizada la reparación, me despidieron. Esa noche, después de cenar, le dije al ama de casa:
— Señora, prepáreme la cuenta que mañana me voy. Me han despedido.
—¡Vaya, hombre, qué pena! ¿Y dónde va a trabajar a hora?
— De momento en ningún sitio, tendré que buscar trabajo donde sea. Ésa es mi vida: contrato aquí, contrato allá, siempre fuera de casa
— Espere un momento que voy a hablar con La Señora.
 Entró en la misteriosa habitación y cerró la puerta tras ella. Yo me quedé pensando qué podía decirle y para qué. Al cabo de unos minutos mi patrona abrió la puerta  y me dijo:
— Pase usted, La Señora le atenderá.
Entré un poco impresionado por lo que apareció ante mis ojos.
La habitación estaba como dije anteriormente atestada de floreros, imágenes y cuadros de santos, e iluminada por docenas de velas. Pero al fondo había una puerta que daba a otra habitación. La mujer llamó con los nudillos, abrió la puerta y me invitó a entrar.  Era una especie de capilla.
Una señora de unos setenta años, muy gruesa, con cabellos largos y blancos peinados hacia atrás, estaba sentada en un gran sillón con alto respaldo, una especie de trono de terciopelo rojo. Miraba fijamente a una  imagen  de piedra colocada en un altar cubierto de flores y un cirio encendido a cada lado.

— Este es el señor del que le he hablado, madre...— dijo mi patrona.


Entonces la anciana se giró hacia mí y me dijo estas palabras:
— Vas a encontrar un trabajo para mucho tiempo al lado de tu casa, ya no tendrá que vivir solo y apartado de tu familia.
Yo me quedé pasmado, no me esperaba esto. No creía en esas cosas pero por respeto no lo confesé. Sólo se me ocurrió preguntar:
— Ojalá sea verdad. ¿Le debo algo, señor
— A mí, nada. Págaselo a la Señora.
— ¿Qué Señora? ¿No es usted?
— No; la Señora es la Virgen de la Cabeza. Si cree que debe estarle agradecido, vaya a verla al Santuario y ofrézcale un ramo de flores.
Dicho esto, volvió a quedarse mirando fija al a imagen. Su hija me tomó del brazo y me invitó a salir.

Al día siguiente, tras abonar mis gastos, me monté en mi SIMCA 1000 y regresé a El Puerto.
Apenas había  pasado una semana desde que llegué a mi casa cuando me llamaron por teléfono. Era una empresa de contenedores que hacía un año se había instalado en El Puerto, a la que yo había enviado una solicitud meses antes. Querían entrevistarme para ocupar, previo examen, un puesto de jefe de equipo y supervisor de seguridad en la cadena de montajes.
Me contrataron y permanecí en la empresa durante seis años. La empresa estaba a dos kilómetros de mi casa, podía venir a comer con mi familia todos los días.

Pensé muchas veces en aquella familia de Córdoba, y me preguntaba si había sido casualidad o en verdad la Virgen de la Cabeza tenía algo que ver. Pero me prometí ir a visitar el Santuario cuando tuviese ocasión y llevarle flores a la Virgen. Pero el tiempo fue pasando, yo trabajaba donde me salía trabajo, tal como hacía antes, y fui olvidando mi promesa.

Dieciocho años después, mi hijo me hizo abuelo y mi esposa y yo fuimos a Guadalajara a conocer a Iván, nuestro nieto. Al pasar por Andújar vi un cartel que señalaba la carretera del Santuario de la Virgen de la Cabeza. Impulsivamente salí de la autovía de Andalucía y me dirigí hacia él.
Sólo estaba a 40 kilómetros, pero la carretera era tan estrecha y con tanta pendiente, que se me hizo larga como si hubiese recorrido cien. Visitamos el histórico lugar, que sólo conocía por haber leído un libro sobre el famoso asedio del Santuario por el ejército republicano durante la Guerra Civil, y deposité a los pies de la imagen de la Virgen un ramo de flores. Promesa cumplida.


1 comentario:

  1. Juan Pan Garcia, realmente usted tiene en su mochila historias muy atrapantes, algunas de la cosecha de su creatidad literaria y otras , como ésta,: que termino de leer que formo parte de su vida. Gracias por darlas a conocer.

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